domingo, 31 de mayo de 2026

Espectadores Zombi. Teoría de Amor DiBó

 

"La metáfora del espectador zombi ya ha sido utilizada en ámbitos académicos. En 2013, Landi Raubenheimer la empleó para analizar la paradoja de la interactividad digital. En el artículo Spectatorship of screen media; land of the zombies? Fue publicado en 2013 en la revista académica Image & Text.

Landi Raubenheimer, profesora e investigadora de la Facultad de Arte, Diseño y Arquitectura de la University of Johannesburg. Habla del espectador digital, interactividad, teoría estética, pasividad disfrazada de actividad. Y yo hablo de algo más cotidiano y cinematográfico. El espectador interrumpido, la pérdida de escucha, el móvil durante la proyección, la incapacidad de habitar una historia, y el entretenimiento para no ser abandonado.  


El Espectador Zombi

No como insulto. No como alguien estúpido. Sino como alguien que ha sido entrenado para consumir sin habitar. No es un público ignorante. Es un público con una atención tan fragmentada que ha hecho de la interrupción un hábito. 

Porque el cine nació precisamente de un pacto. “Apagamos nuestras luces individuales para mirar juntos una misma historia." Y ahora la película está proyectándose en una pantalla de veinte metros. Y, sin embargo, el espectador mira una pantalla de quince centímetros.

En el aquí y ahora ya hay un círculo perfecto y bastante inquietante.  El entretenimiento zombi necesita espectadores zombis. Y los espectadores zombis terminan pidiendo entretenimiento zombi. 


¿Cuál es la calidad del Público que ve películas y series?

La “calidad” del público no es una medida fija ni decreciente, sino un cambio en su contexto y hábitos. Los datos de sobre-estimulación, conexión permanente, incapacidad de aislarse, podemos pensar que el público sea “peor”, sino que es diferente:

Antes: El espectador era cautivo (sala oscura, sin móviles, inversión de tiempo y dinero) y se entregaba a la experiencia. La calidad se medía por la capacidad de asombro y atención sostenida.

Ahora: El espectador está sobre-saturado y tiene control total (pausa, velocidad, multitarea). Su calidad se define como selectividad extrema y demanda de inmediatez. Un público que “desconecta pronto” no es malo, sino que ha sido entrenado por el propio ecosistema de plataformas para valorar más el gancho inicial que el desarrollo lento.


¿Es cierto que pérdida de calidad no es intelectual, sino de atención?

¿Las escuelas de cine enseñan con calidad o sus métodos son siervos de las plataformas de streaming?


Depende de la escuela y del programa, pero la tendencia a adaptarse a las normas del streaming es real y problemática. Muchas escuelas de cine siguen enseñando el lenguaje cinematográfico y rechazan el “si puedes verbalizarlo no lo muestres” siguen el principio de “muestra, no cuentes”. Además de la mirada crítica y la reflexión.


Por otro lado el servilismo a los protocolos de streaming: Existe una presión real para que las escuelas preparen a los alumnos para los mercados laborales dominantes (Netflix, Prime Video, SkyShowtime HBOMAX, etc.).  Eso se traduce en enseñar:  


El guion con ganchos cada 5-7 minutos (para evitar el abandono).

Explicitar verbalmente la trama constantemente (porque el espectador puede estar mirando el móvil).

Adaptar el ritmo de edición a los datos de atención (escenas cortas, diálogos frontales).

Estructuras predecibles (el “tercer acto adelantado” como reclamo).

Muchos docentes denuncian que se ha pasado de enseñar cine como arte a enseñar cine como contenido predecible y olvidable. 


El espectador interrumpido (o cómo dejamos de escuchar incluso antes de que empiece la historia)

Durante años se ha repetido, con ese tono entre nostálgico y condescendiente, que el público ha perdido calidad. Como si el espectador fuese un electrodoméstico antiguo: antes robusto, ahora defectuoso. Pero la realidad, como casi siempre, es menos cómoda y más punzante: el público no ha empeorado, ha sido entrenado.


Y no empieza en el cine. Empieza en la mesa. En esa escena doméstica, aparentemente inofensiva, donde un padre o una madre comienza a contar una noticia, un recuerdo, algo que ha leído o vivido. No ha terminado la segunda frase y ya hay un gesto de impaciencia, una interrupción educada o un desvío de atención hacia el móvil. No hay mala intención. Hay algo peor: prisa.


Antes, escuchar formaba parte del vínculo. Se escuchaba incluso lo que no interesaba demasiado, porque el valor no estaba solo en la información, sino en quien la compartía. Había rodeos, pausas, digresiones. El relato respiraba. Y el oyente también.


Hoy, en cambio, se escucha como se consume: con un cronómetro invisible en la mano. Si no hay claridad inmediata, si no se llega rápido al punto, el discurso pierde legitimidad. Hemos pasado de escuchar para compartir a escuchar para extraer. Y los recuerdos, como el buen cine, no funcionan así.


No es que no sepamos escuchar. Es que ya no concedemos valor al tiempo que no es nuestro.

Ese es el verdadero entrenamiento invisible del espectador contemporáneo. Uno que no se ha producido en la escuela —aunque algo tenga que ver—, sino en el ecosistema que habitamos. Un ecosistema donde plataformas como Netflix o Amazon Prime Video han convertido la atención en una moneda volátil: se gana en segundos y se pierde en milésimas.


El espectador ya no entra en una historia: la examina. La somete a prueba. Decide si merece su tiempo antes de haberla entendido. Y en esa lógica, la paciencia deja de ser una virtud para convertirse en una pérdida.


Se suele decir que hemos perdido atención. Es cierto, pero es apenas la superficie. Lo que realmente se ha erosionado es la resistencia al tiempo del otro. Ya no toleramos no entender de inmediato. No soportamos el silencio, la ambigüedad, la espera. Queremos sentido… pero sin proceso.


Porque el cine no es solo narración, es duración. Necesita espacio para sugerir, para insinuar, para no explicarlo todo. Necesita que el espectador se quede un poco más allá del primer impulso de abandono. Pero ¿cómo pedirle eso a alguien que ya no puede sostener ni siquiera el relato de alguien cercano en una comida familiar?


Aquí es donde entran las escuelas de cine, ese territorio cada vez más tensionado entre formar creadores o abastecer una industria. Por un lado, aún resisten. Se sigue enseñando que una imagen puede pensar, que un silencio puede ser más elocuente que un diálogo, que el cine no está obligado a subrayarlo todo. Todavía hay aulas donde el tiempo no es un enemigo.


Pero por otro lado, la presión es real. El alumno no quiere solo expresarse, quiere trabajar. Y trabajar hoy implica, muchas veces, adaptarse a un modelo donde el espectador puede irse en cualquier momento. Donde cada escena compite con miles de estímulos. Donde el algoritmo no mide belleza, sino retención.


Así, sin necesidad de decretos oficiales, se imponen nuevas normas: engancha rápido, explica por si acaso, no dejes respirar demasiado, recuerda constantemente al espectador de qué va todo. No porque el creador sea peor, sino porque el contexto exige no perder al espectador… aunque sea a costa de no llevarlo demasiado lejos. Y en ese punto, el cine queda atrapado en una negociación silenciosa, entre lo que una obra necesita para existir y lo que un contenido necesita para no ser abandonado.


Mientras tanto, el espectador sigue ahí. No peor. No más tonto. Pero sí más impaciente, más selectivo, más entrenado para irse. Quizá la cuestión no sea si ha perdido calidad. Quizá la cuestión sea otra, más incómoda: Si ya no sabemos escuchar al otro sin exigirle inmediatez ¿qué clase de historias estamos todavía dispuestos a habitar?



Público en el cine usando el móvil “La oscuridad ya no nos une: ahora cada uno ilumina su propia distracción.”


El origen de contar historias alrededor del fuego para existir era que la oscuridad no solo es ausencia de luz, es el espacio donde nace el relato. Sin distracciones, sin ruido visual, sin escapatoria. Y en medio, el fuego. Foco único, calor, comunidad, narración. 


El cine como heredero del fuego

La sala de cine no es otra cosa que la evolución de ese ritual. Hubo un tiempo en que la oscuridad nos obligaba a mirarnos y a escuchar. Nos reuníamos alrededor de una única luz para compartir historias, porque en ellas estaba nuestra memoria y quizá también nuestra supervivencia. Hoy seguimos en la oscuridad, pero el fuego se ha fragmentado. Cada uno sostiene su pequeña llama en la mano, suficiente para no perderse e insuficiente para encontrarse con los demás.







Amor DiBó

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sábado, 30 de mayo de 2026

Entertainment Zombi. Teoría de Amor DiBó

 
Entertainment Zombi. Teoría de Amor DiBó
Jugada Maestra (How to Make a Killing) John Patton Ford

El 11 de mayo de 2026 acudí al pase de la película. How to Make a Killing (Jugada Maestra) de John Patton Ford. Película de UK. Remake de la película de 1949 “Kind Hearts and Coronets” (“Ocho sentencias de muerte”). 


La vi en versión original en ingles y mientras leía los subtítulos tenía la sensación de que el guion tenía el todo perfil, de que se había hecho con IA. 


¿Estoy en lo cierto ó estoy equivocada? 


Voy a analizar la película con algo tan cotidiano como la alimentación. Tiene la etiqueta de saludable respetando  los protocolos de seguridad alimentaria pero no quiere decir que sea sano. A a película Jugada Maestra podría ponerle la etiqueta de “Entertainment Zombi". Parecen películas vivas, pero enseguida sabemos que hay algo que, ó está muerto ó camino de encefalograma plano. 


¿Puede que te choque mi razonamiento? 


Es algo que muchos espectadores empiezan a percibir.  Y la metáfora funciona, porque no hablo de películas malas. Hablo de otra cosa más inquietante: productos audiovisuales que aparentan estar vivos, correctos, fluidos, entretenidos, incluso técnicamente brillantes, pero que no dejan un “residuo humano”. 


Es como comer una  ultra-procesada hamburguesa “Saludable”: tiene proteínas, vitaminas añadidas, diseño apetecible… sin embargo el cuerpo nota que falta algo orgánico. El paladar emocional detecta una ausencia.


Mi sensación, no depende necesariamente de que los guiones hayan sido escritos literalmente con IA. A veces basta con que estén escritos como si una IA hubiera optimizado el resultado.


Para mi ahí está la clave. Mucho cine contemporáneo empieza a construirse mediante: algoritmos de ritmo, diálogos hiper-funcionales, ironía automática, psicología explicada en vez de sentida, frases diseñadas para clips, actores que construyen “personajes” asépticos. Son emocionalmente higiénicos. Todo funciona aunque nadie siente la verdad. Porque el cine de hace dos días, tenía la magia de construir desde territorios muy pragmáticos y artificiales: cámaras, focos, marcas de posición, montaje, contratos, horarios, dinero, actores fingiendo emociones, diálogos escritos y escenas repetidas veinte veces. Y, aun así, de toda esa maquinaria nacía algo verdadero. El espectador reconocía una emoción humana verdadera dentro del artificio. Ahora percibo que parte del cine contemporáneo ha cruzado una frontera: ya no utiliza lo artificial para llegar a lo humano… sino que empieza y termina dentro de lo artificial.


El cine siempre mintió para decir verdades. Ahora algunas películas dicen mentiras técnicamente perfectas para producir emociones prefabricadas. Es como entrar en una casa perfectamente decorada para Airbnb. Todo está impecable, todo combina, todo funciona… pero nadie parece haber vivido realmente allí. Eso produce una sensación muy extraña. Películas que están vivas técnicamente, aunque espiritualmente anestesiadas.


Hace pocos años el cine podía estar equivocado, exagerado o incluso ser torpe y sin embargo conectaba con los espectadores. Ahora muchas obras son eficientes, calculadas y perfectamente consumibles Parecen diseñadas para no molestar demasiado al sistema nervioso. Y eso creo que conecta mucho con el término “zombi”. Movimiento sin alma. Simulación de vida. Actividad sin misterio.

 

El cine como simulacro de emoción


Repito “Parecen películas vivas pero hay algo en el alma del ser humano que sabe que están muertas”. Parece casi una idea sacada de Frankenstein o de Invasion of the Body Snatchers.

Algunas películas antiguas, técnicamente imperfectas, siguen emocionando e interesando décadas después. Mientras ciertos productos actuales desaparecen de la memoria apenas sales del cine. 


Es debido a que el ser humano puede tolerar la imperfección. Lo que le cuesta soportar es la ausencia de alma disfrazada de vitalidad.


¿En la película Jugada Maestra son los asesinatos tan aburridos? Si. Parecen demasiado fáciles de cometer y ocultar? Si. Los investigadores del FBI no son eficientes? Si. Logra un entretenimiento convincente? Bueeeno. 


Para mi, la etiqueto como un entretenimiento zombi, parece que es una gran película pero al salir de verla es bastante olvidable. Señalo una sensación de “vacío funcional”. Es decir, los asesinatos ocurren, la trama avanza, los investigadores aparecen, hay tensión artificial, todo “cumple”… no obstante nada pesa realmente.


“Los asesinatos parecen demasiado fáciles de cometer y ocultar” 


Muchos guiones de thriller actuales han perdido la fricción del mundo real. 


Antes, en un thriller, el crimen dejaba suciedad moral: ansiedad, errores, paranoia, casualidades incómodas, culpa, cuerpos difíciles de esconder, policías obsesivos, miedo físico.


Ahora, el asesinato funciona casi como un botón narrativo: matas, avanzas de escena. Eso genera una experiencia extraña. El espectador entiende racionalmente que “hay peligro”, todo sucede pero nada deja cicatriz. Por eso hablo de “entretenimiento zombi”.


¿Los investigadores del FBI son eficientes? No. Eso suele ocurrir cuando el guion no quiere construir investigación real, sino mantener el flujo rápido del entretenimiento. Los personajes dejan de comportarse como personas competentes y empiezan a actuar como mecanismos del algoritmo narrativo.


El espectador sensible nota entonces: “No estoy viendo seres humanos. Estoy viendo piezas moviéndose para que la película no se detenga.”


Ahí aparece la condición del Olvido



Antes una película mala podía ser desastrosa… a pesar de ello era memorable. Ahora muchas películas son “correctamente consumibles” y precisamente por eso, desaparecen de la cabeza en horas.


Son como contenido optimizado: para pasar el rato, no incomodar, no exigir demasiado, mantener ritmo, generar sensación de producto terminado. En definitiva no generan conversación interior.


El “entretenimiento zombi” no fracasa mientras lo ves. Fracasa después, cuando descubres que no ha dejado huella dentro de ti. Y eso conecta muchísimo con la cultura audiovisual actual. Plataformas, scroll infinito, consumo rápido, escritura “eficiente”, personajes funcionales, diálogos preparados para clips o trailers. Paradójicamente, cuanto más “fluido” es el contenido, más fácil es que se evapore de la memoria.

Porque la memoria humana muchas veces se engancha precisamente a la rareza, al silencio, a la imperfección, el riesgo, la incomodidad, el misterio.


¿Este guion lo escribió una IA? 

¿Por qué el ser humano empieza a escribir como si quisiera parecer una IA eficiente?


Porque tal vez el problema no sea una técnología, sino una cultura que teme el silencio, elimina lo incómodo, acelera el ritmo, sobre-explica emociones, evita el riesgo, convierte todo en contenido consumible.


El ser humano es competitivo por su naturaleza animal. 

¿Es posible que quiera competir con la IA?  

¿Podemos convencernos de que la estupidez esté en esa cualidad humana? 


Quizá parte del ser humano contemporáneo no quiere diferenciarse de la máquina… sino demostrar que puede funcionar como ella.

Porque durante siglos el orgullo humano estaba en la imaginación, el misterio, la intuición, el deseo, la contradicción, incluso la locura creativa.

Ahora el orgullo está en ser rápido, ser eficiente, ser viralizable, ser adaptable, ser tendencia, ser algoritmo-compatible.

Y ahí puede surgir una paradoja: el humano empieza a competir con la IA en el terreno donde la IA siempre acabará ganando.

Por eso muchas personas terminan copiando patrones: frases iguales, rostros iguales, filtros iguales, cortes de pelo clonados, gestos idénticos en TikTok, modas que duran semanas, opiniones prefabricadas.

No porque sean “malas personas”. Sino porque el sistema recompensa la repetición reconocible.

Ejemplo del “brócoli” 🥦 


Hoy la gente ya no busca verse singular… busca verse inmediatamente identificable dentro de una corriente. Como si dijeran: “Quiero pertenecer visualmente al algoritmo social.” Consigue homogeneizar  una situación muy rara que produce un ruido colectivo. 






Amor DiBó

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jueves, 28 de mayo de 2026

Una pistola, una bala y un oso panda de Oriol Cardús


FICHA TÉCNICA

Una pistola, una bala y un oso panda es una película española dirigida y escrita por Oriol Cardús.
Se trata de una comedia negra con elementos de thriller psicológico y surrealismo existencial.

El reparto principal está formado por Alain Hernández, José Troncoso y Teresa Ferrer.
Completan el elenco Patricia Conde, Petra Martínez, Emma Ozores, Carles Martínez, Francesc Ferrer, Dafnis Balduz y Mar Ulldemolins.

La fotografía es de Daniel Losada, la música de Dani Trujillo, el montaje de Joan Solsona y la dirección artística de Maite Sánchez.
La producción corre a cargo de Sin Parpadear S.L.
Duración aproximada: 1h 25 min.
Rodada en diferentes localizaciones de Cataluña.

Sinopsis

Saúl es un director de cine hundido emocionalmente: abandonado por su pareja, sin trabajo y encerrado en casa como un náufrago doméstico que ya ni discute con el despertador porque directamente ha firmado la rendición.

Todo cambia cuando aparece en su rellano un misterioso paquete con un revólver, una bala y una nota enigmática. A partir de ahí, acompañado de sus amigos Raúl y Maite, inicia una deriva delirante donde la realidad, los sueños, los traumas y el absurdo empiezan a mezclarse como si Woody Allen hubiese tomado café con Hayao Miyazaki después de una noche especialmente rara.


Anécdotas del rodaje, actores y director


La película supone el primer largometraje de ficción de Oriol Cardús tras una larga trayectoria en publicidad, documentales y cortometrajes.

Cardús estudió en la ESCAC y también pasó por la Escuela Internacional de Cine y TV de San Antonio de los Baños, en Cuba. Antes de lanzarse al cine había dirigido cerca de doscientos anuncios publicitarios para marcas internacionales.

El rodaje se desarrolló durante siete semanas en múltiples localizaciones catalanas: Barcelona, Hospitalet, Igualada, Mataró, Tarrassa, Begues o la Cerdaña.

El director explicó que combinaron rodaje digital y analógico, algo poco habitual en una ópera prima de este presupuesto.

El film contó con financiación íntegramente privada y un presupuesto cercano a los 5 millones de euros. Una rareza casi exótica en el cine independiente español actual: encontrar dinero privado para una comedia existencial con panda metafísico tiene algo de milagro administrativo.

El oso panda funciona como una proyección simbólica del subconsciente del protagonista. Según materiales promocionales, pasa de presencia onírica a “materializarse” dentro de la aventura.

Las influencias citadas por el propio entorno de producción van desde Martin Scorsese hasta los Hermanos Marx, pasando por Miyazaki o incluso Winnie the Pooh. Cuando una película te menciona a Scorsese y un oso panda filosófico en la misma frase, sabes que la lógica ha pedido una excedencia.

José Troncoso interpreta al contrapunto cómico “freaky y entrañable” de la historia, mientras que Teresa Ferrer ejerce como brújula moral del grupo.

Hablando de la película… 

STOMACH IT de Peter Klausner


El tema que me ha despertado STOMACH IT es muy interesante porque toca un subgénero discreto pero muy potente. Los limpiadores de escenas de muerte, vaciado de pisos, “special cleaning”, limpieza de suicidios, kodokushi (muertes solitarias) y trabajadores que gestionan los restos materiales de una tragedia. En Japón esto tiene incluso nombre profesional: tokushu seisō gyōsha (empresas de limpieza especial). Y sí, el daño colateral psicológico aparece. Absorber las historias de los objetos, las habitaciones y las ausencias.

STOMACH IT efectivamente la película gira precisamente alrededor de un limpiador de escenas traumáticas y la imposibilidad de “digerir” emocionalmente esos restos humanos y simbólicos.


Japón

Departures (Okuribito, 2008)
No son limpiadores de escenas, sino preparadores mortuorios (nokanshi). Un violonchelista acaba trabajando con cadáveres. Habla de la dignidad de la muerte y del peso emocional del oficio. Ganó el Óscar a película internacional. El equivalente elegante y humanista al universo que roza STOMACH IT.

Room Laundering (Jiko Bukken: Kowai Madori / Room Laundering, 2018)
Aquí sí entramos en tu terreno. Una joven trabaja “limpiando” pisos donde hubo suicidios o muertes, para que vuelvan al mercado inmobiliario. El término japonés jiko bukken designa precisamente esos inmuebles estigmatizados.

The Projects (Tokyo Kodoku – documental / reportajes varios sobre kodokushi)
Hay documentales japoneses sobre empresas que vacían apartamentos de personas fallecidas solas. Más documental que ficción, pero muy reveladores.

The Mourner (The Mourner, de Shinzo Arai)
No trata limpieza, pero sí personas que viven alrededor de la muerte y del recuerdo de desconocidos.


Corea del Sur

Move to Heaven
Esta seguramente te gustará. Un joven con síndrome de Asperger y su tío trabajan en una empresa que limpia y ordena pertenencias de fallecidos (trauma cleaners). Cada episodio reconstruye una vida a través de objetos. Humanísima y muy sensible.

Cleaning Up
No va de muertes sino de limpiadoras, pero conecta con la idea de personas invisibles que observan vidas ajenas desde los restos.


Tailandia / Asia

The Medium
No es exactamente limpieza, pero sí el impacto psicológico de convivir con restos simbólicos y espacios contaminados por el trauma.

The Housemaid
Más social y psicológica: la casa absorbe secretos y heridas.


Documentales y realidad japonesa


Documentales sobre kodokushi (“muertes solitarias”) y empresas de vaciado de apartamentos. Busca términos como: Japan lonely deaths cleaning apartments”, “kodokushi cleaners”, “special cleaning Japan”. Hay varios trabajos televisivos y reportajes muy duros.


“¿Alguien ha pedido una metáfora orgánica?”. Lo curioso de STOMACH IT es que parece coger esta profesión real y llevarla al terror corporal tipo Cronenberg: el protagonista intenta separar trabajo y emoción cubriendo fotos, retirando objetos personales y alejándose del vínculo afectivo… pero el cuerpo acaba “tragándose” el trauma. Literalmente.


¿quién limpia al que limpia? Porque todos miramos al fallecido, a la familia, al crimen… sin embargo,  pocas veces al trabajador que entra después con bolsas, guantes y silencio. El daño invisible quizá sea suyo.


Además hay una diferencia curiosa entre ambas miradas. 

Cine asiático (muchas veces japonés): La habitación conserva el alma. El objeto recuerda. El silencio pesa. El trauma se queda en el espacio. El limpiador casi actúa como arqueólogo emocional. Con unos rituales hacia el fallecido, pidiendo permiso, oraciones que respeten el alma del fallecido y despidiéndose del lugar con un silencio que sirve para el fallecido y para las personas que ejecutan el trabajo de limpieza. 

Cronenberg / terror corporal occidental: El trauma entra en el cuerpo. Se vuelve carne. El monstruo eres tú procesando algo imposible.  “¿Qué miedo da el monstruo?”, sino qué precio paga quien entra el último en una tragedia y apaga la luz. 


Por eso STOMACH IT parece hacer un puente interesante: el objeto abandonado japonés + el cuerpo que colapsa a lo Cronenberg. 


El oficio no solo limpia la escena; intenta limpiar la memoria.