Y hay algo especialmente potente: Joint Security Area no imagina realmente una reconciliación política. Imagina algo mucho más pequeño y, quizá por eso, más doloroso: que cuatro hombres puedan dejar de ser enemigos cuando dejan de representar a sus respectivos Estados.
La esperanza de Joint Security Area
La película se estrenó en un momento muy particular. En junio de 2000 había tenido lugar la primera cumbre intercoreana entre Kim Dae-jung y Kim Jong-il. Era la época de la Sunshine Policy, cuando parecía posible que la relación entre las dos Coreas entraran en una etapa diferente. Por eso creo que Park Chan-wook hace algo muy inteligente: no derriba la frontera, aino que atraviesa la frontera emocionalmente.
Los soldados siguen perteneciendo a dos ejércitos enemigos. La DMZ continúa ahí. Las órdenes continúan ahí. Las armas continúan ahí. Pero durante unas horas aparecen los cigarrillos, las bromas, las conversaciones, los juegos y la curiosidad por el otro. Y eso convierte la frontera en algo casi absurdo.
Vista desde 2026, la película resulta bastante más triste
Aquí está, para mí, la gran diferencia con el espectador del año 2000. El espectador coreano podía preguntarse: ¿Y si algún día esto fuera posible?. Nosotros, 26 años después, podemos preguntarnos: ¿Cómo es posible que todavía no lo haya sido?
Porque la película plantea que el problema no está necesariamente en las personas. Cuando los soldados se conocen, descubren rápidamente que pueden entenderse, reírse juntos e incluso desarrollar afecto. El problema aparece cuando vuelven a entrar en la habitación la Historia, el uniforme, la bandera, la jerarquía y el miedo.
Hablando de la película...
Para Joint Security Area me viene perfecta para mirar el momento político, porque permite enfrentar la esperanza del año 2000 con la realidad geopolítica de 2026. Yo lo resumiría así, en diez líneas:
Corea del Norte y Corea del Sur siguen técnicamente sin un tratado de paz: el armisticio de 1953 detuvo la guerra, pero no la cerró políticamente.
Corea del Sur mantiene a Estados Unidos como principal garantía militar, con tropas estadounidenses estacionadas en el país y una alianza defensiva muy estrecha.
Corea del Norte ha convertido su arsenal nuclear y sus misiles en su principal seguro de supervivencia, haciendo mucho más difícil cualquier presión militar exterior.
China continúa siendo el gran sostén económico y estratégico de Pyongyang, aunque tampoco desea una Corea del Norte imprevisible ni excesivamente poderosa.
Para Pekín, la península funciona además como colchón estratégico: una Corea reunificada y aliada de Washington podría llevar la influencia estadounidense hasta su frontera.
Rusia ha recuperado un protagonismo que en 2000 era mucho menor, estrechando su cooperación política y militar con Corea del Norte, especialmente desde la guerra de Ucrania.
Japón observa el conflicto con enorme preocupación, tanto por los misiles norcoreanos como por el equilibrio militar entre China y Estados Unidos en Asia.
Las antiguas expectativas de reconciliación intercoreana de la época de la Sunshine Policy están hoy mucho más debilitadas; Pyongyang ha endurecido incluso su discurso sobre Corea del Sur.
Por eso la DMZ no separa únicamente dos Coreas: en cierto modo representa también el punto donde EE. UU., China y Rusia miden sus respectivos espacios de influencia.
Y ahí Joint Security Area resulta dolorosamente actual: los soldados están separados por unos metros; las potencias que hay detrás de ellos, por intereses que abarcan medio planeta.

























