El arquitecto como espejo: por qué el cine actual necesita construir (y destruir) creadores
Voy a traer The Brutalist a ésta hipótesis porque si con El Arquitecto hablábamos de un creador nórdico devorado por el sistema francés, con la película de Corbet entramos en otra dimensión: la del arquitecto como superviviente, como exiliado interior, como hombre que construye para no derrumbarse.
Y sí, creo que hay un filón, pero no es casual ni meramente estético. Detrás de esta "moda" —que incluye títulos como Fargo (sí, la serie también tiene su arquitecto), El límite infinito sobre Buckminster Fuller, o documentales como Rams— se esconde algo más profundo: el arquitecto se ha convertido en la metáfora perfecta del creador contemporáneo.
¿Por qué ahora?
La crisis de la autoría: En un mundo donde todo se hace en equipo, donde la inteligencia artificial genera imágenes y los algoritmos deciden qué vemos, la figura del arquitecto representa la última resistencia del autor individual. Alguien que todavía puede señalar un edificio y decir "eso lo soñé yo".
El choque entre visión y realidad: Vivimos tiempos de promesas tecnológicas desmedidas (metaverso, inteligencia artificial, ciudades inteligentes) y realidades frustrantes (crisis climática, vivienda inaccesible, especulación). El arquitecto encarna esa tensión entre lo que imaginamos y lo que podemos construir. Entre el render perfecto y el ladrillo que se cae.
La política de los espacios: The Brutalist, como El Arquitecto, nos recuerda que los edificios nunca son neutros. Son instrumentos de poder, huellas de ideologías, testamentos de épocas. En un momento de polarización política, preguntarnos quién decide cómo vivimos —y cómo se llama a sí mismo ese "quién"— es más relevante que nunca.
La fragilidad del genio: Ambas películas desmontan el mito romántico del creador solitario e infalible. Sus arquitectos sudan, dudan, se equivocan, claudican. Son humanos, demasiado humanos. Y eso, en tiempos de influencers que venden vidas perfectas, resulta casi revolucionario.
Hablando de las películas...
¿Qué se intuye con esta moda?
Intuyo una nostalgia del futuro. Una necesidad de recordar que construir algo que merezca la pena, sea un edificio, una película o una vida, requiere tiempo, obsesión, fracaso y, sobre todo, convicción. En una época de consumo rápido y gratificación instantánea, el arquitecto nos recuerda que lo valioso tarda en llegar.
También intuyo una crítica al poder. Tanto El Arquitecto como The Brutalist retratan sistemas políticos, económicos, sociales que terminan devorando al creador. El arquitecto es la mosca en la sopa del poder: incómodo, necesario, condenado.
Y por último ¿qué significa crear hoy? Cuando un director hace una película sobre un arquitecto, ¿no está hablando en realidad de sí mismo? ¿De su propia batalla contra los productores, los estudios, las taquillas, la crítica? El arquitecto es el álter ego del cineasta: alguien que también debe negociar entre su visión y el presupuesto, entre el sueño y la realidad, entre el mármol rosa y el mármol gris.
Así que sí, creo que hay filón. Pero no porque los arquitectos estén de moda, sino porque necesitamos desesperadamente historias sobre gente que aún intenta construir algo con sentido en medio del ruido. Y si encima podemos verlos fracasar, aprender, resistir y, a veces, dejar una obra que los sobreviva, mejor que mejor.
El arquitecto que no habita: la distancia entre el sueño y la grieta
Debo confesar que yo recelo de los arquitectos. ¿Porqué?. El arquitecto diseña espacios que no habitará, materiales que no limpiará, esquinas que no rodeará cada mañana con el café en la mano. Es como un novelista que escribe sobre la guerra sin haber pisado un frente, o un guionista que construye diálogos sin haber escuchado jamás una conversación de verdad.
Y sí, esa distancia genera en mi un desfase peligroso. El arquitecto piensa en volúmenes, en luz, en concepto. El habitante piensa en si la ducha salpica demasiado, si el sol de la tarde convierte el salón en un horno, si esa esquina tan "poética" acumula polvo imposible de alcanzar. Son dos lenguajes que a menudo no se encuentran. Y te acuerdas de la familia del arquitecto mientras te das golpes con los armarios de la cocina, ó la sala de estar, huele a fritanga impresa, de forma pegajosa, en la tela del sofá.
El dinero y sus tentaciones
Lo de las cantidades desorbitadas es otro capítulo delicado. Cuando un arquitecto recibe un presupuesto casi sin límite para una institución, algo en la ecuación se rompe. Porque el dinero fácil suele traer dos consecuencias:
La desconexión con la necesidad real: Cuando puedes hacer "lo que sea", dejas de preguntarte "qué es lo necesario". La arquitectura se convierte en escultura habitable, y el habitante pasa a ser un estorbo para la foto.
La tentación del gesto grandioso: El presupuesto inflado invita a la firma, a la seña de identidad, al "edificio icónico". Y ahí, en esa búsqueda de la posteridad, es donde suelen sacrificarse las cosas pequeñas: las que solo nota quien vive, no quien visita.
El caso Moneo: entre el Pritzker y las grietas
Hablando de Moneo... En abril de 1997, el Kursaal de San Sebastián, considerado su proyecto más arriesgado, sufrió el derrumbe de una escalera del auditorio cuando aún estaba en obras. Luis Fernández-Galiano lo describió como "el primer revés de su vida profesional" y lo elevó a categoría simbólica: "Las tribulaciones de Rafael Moneo por el fallo de unas soldaduras adquieren una dimensión simbólica: son a la vez penitencia por el atrevimiento, justicia poética ante el desafío a la gravedad, y admonición que anticipa la destrucción última de la arquitectura".
Ese incidente no fue aislado. En la cultura oral de la arquitectura española circulan historias sobre filtraciones, problemas estructurales, desajustes entre el proyecto y el uso real. Y sí, también sobre presupuestos que invitan al asombro.
Pero lo más interesante de Moneo es su propia conciencia de esa distancia. En una entrevista, cuando le preguntaron por qué no se había hecho su propia casa, respondió: "El proyecto de la casa familiar es uno de los más difíciles en términos de arquitectura porque te lleva a pensar que con ella te exhibes, te despojas de tu intimidad y haces evidente lo que piensas y tu ideología. Hay un punto de impudor". Prefiere vivir en una casa de los años treinta, "por coherencia y por respeto al patrimonio".
Ahí hay una confesión fascinante: el arquitecto que diseña para los demás, pero no se atreve a diseñar para sí mismo. Como si intuyera que habitar lo propio expone demasiado, que la casa propia es un espejo sin filtros. ¿No es esa, precisamente, la confesión de que el arquitecto sabe, en el fondo, que sus diseños contienen algo de inhabitable?
El arquitecto como autor, el edificio como víctima
Volviendo a nuestra conversación anterior sobre El Arquitecto y The Brutalist: lo que une a Spreckelsen, al personaje de Corbet y a figuras como Moneo es esa tensión entre el autor que quiere dejar huella y el edificio que debe ser habitado. Entre la firma y la función. Entre el mármol rosa soñado y el mármol gris que finalmente se pone.
Mi sospecha es que el sistema premia y silencia a la vez: premia la audacia formal, la innovación, el gesto; silencia las goteras, las esquinas mal resueltas, los espacios que nadie usa como el arquitecto imaginó. Y mientras tanto, el dinero institucional sigue fluyendo hacia esos nombres que garantizan "prestigio", aunque luego sean otros, los habitantes anónimos, quienes paguen el pato.
Al final, quizá la pregunta no sea por qué los arquitectos no habitan lo que diseñan, sino por qué el sistema sigue consagrando a quienes diseñan para no habitar. Y ahí, en esa pregunta, se juega algo más que una anécdota profesional. Se juega cómo queremos que sean los espacios donde vivimos, trabajamos, soñamos.
La relación entre Laurence Cossé y Stéphane Demoustier
Por lo que he podido rastrear, no hay constancia de diferencias públicas o conflictos abiertos entre la escritora y el director. De hecho, los indicios apuntan más bien a una relación de respeto mutuo, aunque con matices:
Participación conjunta en medios: Tanto Cossé como Demoustier han participado juntos en programas de radio para promocionar la película, como en France Inter con Laure Adler.
El director reconoce la deuda: Demoustier ha declarado abiertamente que leyó el libro en 2016 y que quiso adaptarlo inmediatamente, aunque los derechos ya estaban vendidos y tuvo que esperar años para recuperarlos .
Pero hay una diferencia fundamental: Varias fuentes señalan que el enfoque de la película es distinto al del libro. Mientras que el libro de Cossé abarca toda la historia de La Défense desde los años 70 hasta la actualidad, Demoustier se centra casi exclusivamente en la figura de Spreckelsen. Como él mismo dice: "lo que me interesó fue este arquitecto, que era casi un punto ciego en el libro, debido a lo poco que se sabe sobre él".
¿Podría haber tensión creativa?
El libro de Cossé es un "roman-enquête", una investigación novelada muy documentada que algunos lectores consideran que debería clasificarse como "creative non-fiction" más que como novela. Es meticuloso, con entrevistas, archivos y una mirada amplia.
La película de Demoustier se toma libertades creativas significativas. La más notable: la invención del personaje de Liv, la esposa de Spreckelsen, interpretada por Sidse Babett Knudsen. Un personaje completamente ficticio que, como hemos hablado, resulta fundamental en la película.
Hablando de Spreckelsen, Cossé suelta esta perlita: "Los grandes daneses, llamados también dogos alemanes, a menudo están locos". Es un juego de palabras intraducible pero delicioso: "grand danois" en francés significa tanto "gran danés" (la raza de perro) como "danés grande" (por la estatura de Spreckelsen). Y "braques" significa "locos, chiflados". La autora se ríe del arquitecto y de su obsesión con un solo trazo. Es irónico, cariñoso y nada trágico. Perfecto para tu blog.
Cossé confesó con ironía, que documentarse para el libro "ha reducido a polvo uno de los pilares de mi equilibrio psíquico". Logrando interesar al lector en temas tan áridos como el hormigón pretensado.
Amor DiBó
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