Después de ver la película de Jim Jarmusch "Father Mother Sister Brother" (2025), después de recorrer 130Kilómetros (entre ida y vuelta). Llego a mi oficina y leo un artículo de La Vanguardia “Un mundo cada vez más ‘delulu" de Lara Gómez Ruíz. Leer reflexionando es una de mis hobbys y este artículo me ha convencido de que voy a coger el abanico y ventolearlo un poco. Ahí vamos.
No es “delulu” quien entra en la ficción, sino quien deja que la ficción le ahorre el conflicto de vivir.
1. El concepto delulu como forma de evasión
El artículo parte de una escena cotidiana: una joven usa delulu en Instagram para decir que es “fantasiosa” (como Amélie Poulain, el personaje de cine que crea un mundo imaginario para sobrellevar la realidad). La autora lo usa para ilustrar un fenómeno más amplio: muchas personas, especialmente jóvenes, optan por refugiarse en realidades alternativas más amables ante el desencanto del mundo real.
2. Generación Z y precariedad como contexto
Se explica que el término delulu ha sido popularizado por la Generación Z (nacidos aproximadamente entre mediados de los 90 y principios de los 2000) en redes sociales como TikTok e Instagram, a menudo para expresar fantasía, ilusión o una actitud despreocupada frente a un presente incierto con dificultades concretas como la precariedad laboral y la crisis de vivienda.
3. Origen y significado lingüístico
Delulu proviene de delusional (“delirante”, “ilusorio”).
En la cultura digital se ha reinterpretado como un juego: “delulu is the new solulu”, una frase viral que sugiere que tener pensamientos idealistas o delirantes es “la solución” para sentirse mejor o encontrar propósito, aunque en origen fuera un término peyorativo.
4. Más que una moda, una actitud cultural
La autora no solo lo presenta como jerga, sino como un rasgo cultural más amplio en que el arte, la música y la ficción contribuyen a normalizar la idea de “crear mundos imaginarios” para sobrellevar lo cotidiano. La referencia a personajes como Amélie ilustra cómo esta actitud aparece también en películas o novelas, no solo en TikTok, como formas de resistencia o escape.
5. Reflexión crítica sobre la realidad
El texto sugiere que este fenómeno puede entenderse como síntoma de una sociedad que se enfrenta a frustraciones estructurales: transformar la evasión en filosofía de vida puede aliviar, pero también puede alejar de la realidad y de las soluciones concretas.
¿Está relacionado delulu con un síndrome mental?
No, no es un síndrome clínico ni un trastorno psiquiátrico. Es más bien una forma figurada, irónica o emotiva de hablar de autoengaño o de imaginar escenarios mejores.
Hablando de "Delulu"...
Delulu como fenómeno social
No es un síndrome mental, pero sí funciona como un indicador cultural, casi como una alarma suave de época. Te lo planteo en 4 ideas claras:
1. No es locura: es auto-narración defensiva
El delulu no implica perder contacto con la realidad, sino reescribirla emocionalmente. Es una forma de decir: “Sé que esto no es real, pero lo necesito para seguir.” Es imaginación consciente, no delirio clínico. Un pacto íntimo con la fantasía.
2. Respuesta a un mundo sin promesa
Generaciones anteriores tenían relatos de futuro (trabajo, casa, progreso). La Gen Z y parte de los millennials heredan un presente bloqueado. Cuando el mundo no ofrece horizonte, la fantasía deja de ser ocio y pasa a ser estrategia de supervivencia simbólica.
3. Del escapismo clásico al escapismo irónico
Aquí está la novedad: Antes se huía creyendo en la fantasía. Ahora se huye sabiendo que es mentira.
El delulu va siempre acompañado de ironía, memes y distancia: “Estoy delulu, pero lo sé.” Eso lo vuelve socialmente aceptable, incluso cool.
4. El riesgo: confundir consuelo con solución
La fantasía alivia, pero no repara. El peligro no es imaginar, sino quedarse a vivir ahí, convertir la auto-ficción en identidad estable y desactivar cualquier pulsión de cambio real.
En una frase
El delulu no es una enfermedad mental, es un parche poético sobre una realidad que ya no promete nada.
Dos mares mentales
1. El mar de lo real
Es denso, frío, con corrientes fuertes: límites materiales, frustración, tiempo, dinero, cuerpo. consecuencias
No es amable, pero es navegable. Exige esfuerzo y atención constante.
2. El mar de la fantasía (delulu)
Es cálido, estético, sin mareas: relatos ideales, versiones mejoradas del yo, futuros imaginados, afectos sin fricción. Aquí no hay naufragios… porque no hay travesía.
¿Qué ocurre cuando se encuentran?
Fase 1: Alternancia sana
La fantasía descansa al sujeto. Se entra y se sale. Como el arte, el juego, el amor imaginado.
Aquí no hay problema: la fantasía nutre a lo real.
Fase 2: Choque
La realidad empieza a desmentir el relato interno: el trabajo no llega, la relación no existe, el éxito no ocurre. Aparece la fricción. El sujeto siente vergüenza, enfado o cansancio.
Fase 3: Colonización
Aquí está el punto delicado.
La fantasía deja de ser refugio y pasa a ser hábitat permanente: se interpreta la realidad solo para confirmarla, se ignoran datos incómodos, se vive más en la narrativa que en la experiencia No es psicosis, pero sí empobrecimiento del contacto con lo real.
¿Quién devora a quién? Depende de algo clave:
Si la fantasía sirve a la realidad (devora solo el dolor innecesario) → creatividad, resistencia, estilo vital.
Si la fantasía sustituye a la realidad (devora la acción, el conflicto, el límite) → estancamiento, infantilización emocional.
La clave no es elegir un mar. Es saber volver a puerto. Quien no puede regresar al mar real no está soñando: está flotando. Y flotar mucho tiempo también cansa.
“Colonizar” implica algo muy preciso y muy inquietante: no llega de golpe, se instala poco a poco, cambia el lenguaje, reordena prioridades y acaba pareciendo lo normal. En este caso, la fantasía no entra como invasora violenta, sino como administradora amable de la vida psíquica. Primero promete alivio. Luego pide fidelidad. Al final reescribe el mapa.
La señal de que la colonización está en marcha no es el delirio, sino algo más sutil: la acción se posterga indefinidamente, la experiencia se sustituye por relato, el deseo se vive más en la cabeza que en el cuerpo o en el mundo
Cuando el mar real empieza a parecernos “innecesariamente hostil” y el mar imaginario “suficientemente habitable”, la fantasía ya no acompaña: gobierna.
Y lo más perverso: la colonización no se siente como pérdida, sino como coherencia interna.
Todo encaja… salvo la vida.
El cine lo ha trabajado con mucha más lucidez de lo que parece, precisamente porque puede mostrar cuándo la fantasía deja de ser refugio y empieza a gobernar. Te propongo 3 películas muy distintas entre sí, pero unidas por esa colonización silenciosa de la realidad:
1. The Double Life of Véronique (Krzysztof Kieślowski, 1991)
Aquí la fantasía no es explícita, sino intuitiva y simbólica.
Dos mujeres idénticas, dos vidas paralelas, una sensación constante de que existe “otra posibilidad” más plena, más afinada, más verdadera.
La protagonista empieza a vivir escuchando señales internas en lugar de enfrentarse a lo concreto.
La fantasía coloniza en forma de sensibilidad excesiva, de creencia en un destino alternativo que justifica la pasividad. No hay huida evidente, pero sí una renuncia suave a la acción.
2. Synecdoche, New York (Charlie Kaufman, 2008)
Probablemente el caso más brutal de colonización.
Un director de teatro intenta representar la vida… y acaba sustituyéndola.
La obra crece, se replica, se llena de dobles, hasta que la experiencia directa desaparece.
Aquí la fantasía artística devora completamente lo real: vivir se convierte en ensayar vivir.
Es delulu sin ironía: cuando el relato se vuelve más importante que la existencia.
3. El espíritu de la colmena (Víctor Erice, 1973)
Una niña en la posguerra española ve Frankenstein.
La película no trata de fantasía infantil, sino de cómo la imaginación coloniza un mundo real que no ofrece palabras ni respuestas.
La fantasía no es elección, es necesidad ante el vacío.
Aquí la colonización no es patológica: es poética y triste.
Pero deja claro algo esencial: cuando la realidad calla, la imaginación habla demasiado.
No vivimos en un mundo cada vez más delirante, sino en un mundo cada vez menos habitable.
La fantasía no irrumpe como enfermedad, sino como colonizadora amable: ofrece sentido donde la realidad ya no lo garantiza.
El problema no es soñar, sino que el sueño empiece a administrar la vida.
Amor DiBó
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