“Pálida Luz en las colinas” transcurre en Japón en 1952 y Londres en 1982. Niki (Camilla Aiko) regresa para entrevistar a su madre Etsuko (Yo Yoshida en 1982 y Suzu Hirose de 1952) sobre su vida en Nagasaki tras el bombardeo. Dos tragedias, una colectiva y otra íntima.
Con cierto reposo me comprometo a decir que el director Kei Ishikawa debía hacer prestado atención a Kazuo Ishiguro cuando éste decía que su novela no era de sus mejores. Y porqué lo sugiero? porque “mi entusiasmo se está vaporizando”, no por debilidad crítica sino porque a medida que pasa el tiempo recobro una cierta lucidez. Detecto una fricción, una incomodidad entre mi amor por el cine japonés y lo que la película realmente me ofrece. No consigue implicarme emocionalmente… pero sí me obliga a pensar.
Vamos a los temas históricos que están en la novela de Kazuo Ishiguro y que nos hace reflexionar y comprender la película de Kei Ishikawa.
Después de la perdida de Japón en La II Guerra Mundial con la bomba sobre Nagasaki. Los niños desaparecían. O morían o eran secuestrados. ¿Qué dicen algunos documentos japoneses? Conviene separar muy bien varias cosas, porque en el imaginario de posguerra se mezclan: niños muertos por la bomba, niños que quedaron huérfanos o separados de sus padres, niños de la calle y casos de explotación o venta para trabajo.
En la historiografía japonesa sobre la posguerra aparece el término sensō koji (“huérfanos de guerra”). Un estudio de Mariko Asano Tamanoi explica que, en las categorías de posguerra, además de los “war orphans”, también había “general orphans” y “abandoned or lost children”, y subraya que entre estos últimos había muchos menores cuyos padres estaban desaparecidos, muertos o simplemente imposibles de localizar en el caos del final de la guerra. Es decir un colapso familiar y administrativo, no una narrativa simple de secuestro criminal masivo.
Sobre Hiroshima y Nagasaki en particular, en el Museo de la Bomba Atómica, incluye la “dificultad en la vida cotidiana” de los huérfanos de la bomba atómica, los ancianos solos y las personas empobrecidas, así como la discriminación social posterior. Se produjo un ecosistema de vulnerabilidad extrema donde los niños podían desaparecer de la protección familiar y caer en manos de adultos, instituciones o redes laborales abusivas. Nagasaki, tras la bomba y la derrota japonesa hubo una epidemia de muerte masiva, desaparición de padres, desplazamientos, hambre, niños no localizados y huérfanos de la bomba, y dentro de ese caos algunos menores quedaron expuestos a abandono y explotación.
En Pálida luz en las colinas es clave… Los “desterrados” de la radiación: realidad histórica. Los supervivientes fueron conocidos en Japón como Hibakusha, y fueron estigmatizados durante décadas.
Otro tema que plantea la película durante el enfrentamiento del profesor y su alumno. Es el Japón mirándose al espejo y no reconociéndose. Dos discursos enfrentados. El profesor, es el Japón antes de la ocupación y representa la educación imperial. El orden, la disciplina, la tradición. Una identidad nacional sólida. La voz de un mundo que se ha derrumbado y que no lo acepta. El alumno, es el Japón bajo influencia americana. Representa la apertura, la democracia, el individualismo y la ruptura con el pasado . Produciendo pérdida de identidad dentro de un futuro de modernidad importada
La película no enfrenta a un profesor y a un alumno. Enfrenta a un país que ya no puede volver atrás… con otro que aún no sabe quién es. Un Japón suspendido en tierra de nadie.
El espectador de 2026, cuando ve el entusiasmo de los supervivientes de 1952 (la esperanza del cambio en Japón) se siente como un viajero del futuro. Queriendo avisar a ese Japón, arrastrando una herida no resuelta, que en 2026 ya no podemos fingir que la solución funcionó. En 1952 Japón soñaba con reconstruirse. En 2026 Japón ya está reconstruido… y aun así, algo no encaja.
Están magníficas las dos actrices Yo Yoshida y Suzu Hirose, hacen fácil situarnos en lo ya explicado de la historia de Japón. Los personajes femeninos protagonistas, no son solo mujeres… son estados emocionales. La que intenta adaptarse. La que se resiste. La que carga con la culpa. La que huye o cree que huye. Son distintas respuestas al mismo trauma: posguerra, pérdida, desarraigo. La maternidad aparece como herida, no como refugio, sino como territorio quebrado.
La memoria no es fiable y la película lo demuestra. No estás viendo hechos objetivos. Estamos viendo recuerdos filtrados por culpa, trauma y necesidad de sobrevivir. Por eso hay cosas que no encajan. Relaciones que parecen ambiguas. Decisiones que no se explican del todo. Las mujeres de la película no cuentan una historia, la esconden con recuerdos que no quieren ser claros.
Hay unos momentos sublimes. Están hablando dos mujeres de las heridas y las fracturas de sobrevivir, y en la mesa hay un jarrón con unas flores rosas en todo su esplendor. En Pálida luz en las colinas ese jarrón con flores rosas bellísimas, están ahí para contradecir lo que se dice. Las mujeres hablan de dolor, fractura, supervivencia y lo que vemos es belleza, plenitud, armonía. ¿Qué está haciendo la película ahí? la belleza puede ser una forma de ocultar la herida porque la vida misma, sigue floreciendo sin pedir permiso.
Otro momento, una mujer relata unos sucesos de espaldas a la protagonista y de espalda al espectador. Ella situada en ese tránsito de arquitectura japonesa, que va del interior al exterior. Ese momento es puro lenguaje cinematográfico y no está ahí por estética, sino para decir sin decir. En Pálida luz en las colinas esa mujer hablando de espaldas, colocada en el umbral: ni dentro ni fuera engawa, ese pasillo que conecta casa y exterior, no es casual. Ella está ahí porque no pertenece del todo al pasado (interior) ni tampoco al presente o al mundo exterior. Hablar de espaldas sin mirar a la protagonista. Está confesando algo que no puede mirar de frente. Una verdad que no se puede sostener con la mirada.
Por eso mi entusiasmo se vaporiza. No porque la película sea mala. Sino porque me deja en ese umbral que ella misma retrata: ni dentro, ni fuera. Pálida luz en las colinas es imprescindible para quienes busquen un cine de heridas históricas.


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