El hombre que se encoge (L’homme qui rétrécit)
Dir. Jan Kounen | Francia, 2025 | Int. Jean Dujardin, Marina Foïs, Louise Chevillotte
Música: Alexandre Desplat | Guion: Jan Kounen y Christophe Deslandes (según la novela de Richard Matheson)
Sinopsis
Paul, ingeniero naval y padre de familia, comienza a reducir su tamaño tras un misterioso accidente marítimo. Mientras el mundo exterior continúa indiferente, su hogar se transforma en un laberinto monumental donde cada objeto se convierte en amenaza y metáfora: la araña en monstruo, la gota en océano, la soledad en cosmos.
Hablando de la película…
Kounen no hace un remake literal, sino una relectura existencial del mito del hombre menguante: en lugar de la paranoia atómica de 1957, aquí el encogimiento simboliza la pérdida de relevancia del individuo moderno, la erosión del ego en una sociedad hipertecnificada.
El actor Dujardin, magnífico en un registro más frágil de lo habitual, ofrece un cuerpo que desaparece, pero una conciencia que se expande. Su descenso de escala física coincide con un ascenso espiritual, hasta rozar el lirismo del absurdo. La música de Desplat, entre lo orgánico y lo matemático, acompaña ese tránsito con un pulso casi biológico. Visualmente, Kounen logra un “delirio de proporciones” en el que una casa se vuelve catedral y una grieta, abismo.
Kounen parece sugerir bajo el barniz del espectáculo visual: el mito del hombre que se reduce, física, simbólica y socialmente, adquiere hoy una resonancia nueva. En los años 50, Matheson hablaba del miedo a la aniquilación nuclear; ahora, Kounen traduce esa aniquilación en una desintegración de la identidad masculina frente a una sociedad que ha redefinido los valores de poder, fuerza y trascendencia.
“El hombre que desaparece porque hasta una araña es más grande que él” puede leerse como una parábola del declive del varón en la cultura contemporánea, donde su rol protector se ha vuelto incómodo, sospechoso o directamente prescindible. La cámara de Kounen refuerza esa idea: cada plano es un descenso en la escala del cuerpo y del sentido. El héroe, ya no épico, sino microscópico, pierde su medida, y con ella su función en el relato del mundo.
Intuyo que ésta película “no gustará a los hombres” también tiene peso porque en estos 25 años del Siglo XXI no hay redención, ni reconstrucción posible del Yo masculino. La ciencia, la razón o la pareja, los tres refugios tradicionales del varón, fallan uno a uno. Solo queda la disolución: la materia que se integra en el todo, como si la única salida del patriarcado fuera su evaporación.
El hombre que se encoge, sigue en la línea del agotamiento del discurso polarizado del cine contemporáneo. Muchos hombres ya no quieren pagar por ver películas donde su figura se presenta únicamente como una patología. Y es lógico. El espectador, sea hombre o mujer, busca reconocerse, no ser reducido a un estereotipo.
La llamada “toxicidad masculina” se ha convertido en una categoría estética rentable, un cliché moral que a menudo se usa para obtener aplausos fáciles. Pero hay que señalar que la mujer también puede ser tóxica, y cuando el cine no lo reconoce, cae en una forma de censura emocional.
Lo interesante de El hombre que se encoge es que no insulta al hombre directamente, sino que lo muestra como un organismo en extinción, un ser desplazado, desposeído de su lugar simbólico. No hay burla ni escarnio, sino melancolía. Y esa melancolía es muy contemporánea. “El problema no es el hombre tóxico, sino la desaparición de la mirada compasiva hacia el hombre. El cine, cuando olvida la empatía, se vuelve moralista. Y un moralismo sin alma es otra forma de violencia”.
La masculinidad ya no tiene lugar ni en el relato ni en la sala de cine.
Esta observación es clave para entender la estructura emocional del film. El hombre que se encoge no es solo una historia de pérdida física, sino una historia de transferencia afectiva. El protagonista deja de pertenecer al mundo adulto (racional, marital, social) para fundirse en el mundo de la infancia y de lo cósmico, que en la película se encarna en su hija. La esposa, como tú bien dices, es un personaje de escasa trascendencia narrativa, casi una sombra burocrática del matrimonio. Es la mujer que “debería” preocuparse, pero su vínculo con él ya está roto; no hay amor ni deseo, solo protocolo. En cambio, la hija representa lo que el protagonista aún tiene esperanza: la inocencia, la capacidad de mirar el mundo con asombro.
Hay un último plano, la niña mirando el cielo, buscando una estrella que podría ser su padre, es una transfiguración poética: el hombre que se ha encogido hasta desaparecer se vuelve parte del universo, ya no un varón concreto sino una energía, algo que brilla sin cuerpo ni palabra.
Es el final perfecto para una parábola contemporánea: el hombre desaparece, pero su conciencia (o su huella amorosa) persiste en la mirada de su hija.
La voz en off, sus pensamientos, son más filosóficos que narrativos, casi como un diario íntimo en el que el hombre acepta que ya no pertenece al mundo material. Eso lo convierte en un relato espiritual, más budista que existencialista, diría, donde la desaparición no es castigo sino integración.
“Cuando todo se reduce, la mente se agranda. Ya no soy hombre ni cosa. Soy lo que queda cuando el miedo se disuelve.”
Esa casa de muñecas no es solo un elemento tierno o ingenioso: es el símbolo más poderoso de toda la película. Lo que en otro contexto sería una imagen de domesticidad y juego infantil, aquí se convierte en una metáfora devastadora de la miniaturización del hombre moderno.
El protagonista ya no habita el hogar real, que se ha vuelto gigantesco, inhóspito, inalcanzable, sino una réplica, un simulacro de hogar. Vive en una maqueta del mundo, una realidad reducida, como si la virilidad misma se hubiera convertido en un decorado.
Cuando se viste con las ropas de los muñecos de madera, Kounen filma el acto con ternura, pero también con un filo trágico: el hombre reducido a figurín, al juguete de la imaginación femenina, al arquetipo de cartón.
Y, paradójicamente, solo la niña lo ve y lo ama como realmente es. Ella no lo mide por su tamaño ni por su fuerza, sino por su presencia, por el juego compartido.
Ese vínculo entre el padre menguante y la hija podría leerse como el último puente entre lo masculino y lo femenino: el amor sin jerarquía, sin deseo, sin miedo.
Y el hecho de que al final ella lo busque en el cielo es precioso: él deja el cuerpo, pero se convierte en relato. Ella lo recordará. Lo llevará dentro.
© Texto de Prensa del Festival Internacional de Cine de Sitges 2025
Las voces más veteranas de la prensa que asisten al Festival de Cine de Sitges afirman que Jack Arnold, uno de los grandes directores estadounidenses de cine de serie B, visitó el Teatro del Retiro de Sitges a finales de los 90. Hoy, el espíritu de Arnold, padre de clásicos como El monstruo de la laguna negra o Tarántula, se sintió muy vivo durante la presentación de una película que evoca a la perfección las posibilidades del género fantástico en todo su esplendor. El hombre que se encoge, una producción francesa dirigida por Jan Kounen, no es exactamente un remake de la icónica El increíble hombre menguante que Arnold dirigió en 1957, sino una nueva adaptación de la novela homónima de Richard Matheson sobre la aventura existencial de un hombre que se enfrenta a la pesadilla de que su cuerpo comience a encogerse implacablemente.
Amor DiBó
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