martes, 14 de octubre de 2025

SITGES 2025: Singular de Alberto Gastegi

 

Ficha técnica

Título original: Singular  

Año: 2025  

Duración: 100 minutos  

País: España  

Director: Alberto Gastesi  

Guionistas: Alberto Gastesi, Alex Merino  

Género : Drama / Intriga / Ciencia ficción (thriller con elementos de inteligencia artificial)  

Productoras: Vidania Films, White Leaf Producciones  

Fotografía: Esteban Ramos  

Música : Jon Agirrezabalaga, Ana Arsuaga  

Reparto principal: Patricia López Arnaiz, Javier Rey, Miguel Iriarte, Iñigo Gastesi  

Estreno: 2025  

Otros datos: El filme compite en el Festival de Sitges, fue ganador del Pitchbox de Sitges en 2019, apoyos institucionales (ICAA, Gobierno Vasco, Comunidad de Madrid, RTVE, EITB).  


Sinopsis

Doce años después de la muerte de su hijo, Diana y Martín deciden reencontrarse durante un fin de semana en su antigua casa junto a un lago. Ella es especialista en inteligencia artificial, mientras que él abandonó la profesión y vive retirado de la civilización.  


Cuando aparece Andrea, un joven con un misterioso parecido con el hijo fallecido, empiezan a surgir antiguos secretos, nuevas sospechas y dilemas surgidos del pasado. Diana comienza a sospechar que Andrea puede formar parte de un plan más grande que cuestiona la naturaleza de lo humano, la memoria, la identidad y la posibilidad de reemplazo tecnológico.  


La película reflexiona sobre la culpa, la memoria, el dolor del duelo y la amenaza latente de ser “sustituidos” por formas de inteligencia artificial, explorando la frontera entre lo humano y lo artificial.  


Hablando de la película… 

El guion propone un thriller emocional partiendo de una premisa de ciencia ficción íntima: el protagonista intenta reconstruir el vínculo con su mujer, tras la muerte del hijo, en un entorno aislado donde la inteligencia artificial permite una especie de “reencuentro imposible”.


Hablamos del duelo humano frente a la posibilidad tecnológica de revivir lo perdido. Pero el desarrollo se dilata en repeticiones y en un tempo narrativo excesivamente contenido. Hay una “lentitud” en los conflictos que se insinúan más de lo que se elaboran.


Gastesi opta por un guion circular, con repeticiones de escenas o gestos, lo que refuerza mi opinión de estar viviendo el “síndrome del día de la marmota”: los personajes parecen atrapados en un bucle de memoria y culpa, sin un verdadero avance interior. El guion convierte ese bucle en una especie de atasco emocional.


Los diálogos son mínimos, casi ascéticos, buscando densidad poética pero cayendo a menudo en la vaguedad. El resultado: personajes que hablan poco, y piensan mucho, lo que provoca que el espectador perciba la historia como estática, incluso “congelada”.



Personajes

Diana (Patricia López Arnaiz) carga el peso del relato, pero el guion no le ofrece una progresión clara. Su duelo y su vínculo con la tecnología se diluyen en una tristeza sostenida, sin grandes revelaciones.

Martín (Javier Rey) representa el contrapunto emocional: prefiere olvidar antes que resucitar. Pero su arco dramático queda plano, subordinado a la atmósfera.

Andrea, el joven “singular”, podría ser el motor del misterio. Sin embargo, su ambigüedad no se resuelve: ¿es humano, copia o proyección? El guion prefiere mantenerlo en una zona gris que, en vez de inquietar, termina frustrando.


El guion toca asuntos interesantes, la culpa, la sustitución, la identidad artificial, pero lo hace de forma más metafórica que argumental. Podría haber sido una fábula sobre la clonación emocional o la reprogramación del duelo, y al final es que la IA tenga conciencia humana.


Singular empieza con la ilusión de ser una película sobre el futuro, pero en realidad se encierra en el salón del pasado. El guion arranca hablando de inteligencia artificial y termina pareciendo un duelo escénico de Chejov. Los primeros minutos insinúan tecnología, memoria sintética, ciencia del alma; pero enseguida todo se vuelve casi confesional, con personajes que se mueven poco, hablan menos y piensan demasiado.


Solo al final, cuando por fin vemos esas pupilas que se iluminan como si escondieran un microchip bajo la piel, recordamos que esto iba de máquinas inteligentes. Pero ya es tarde: la emoción se ha quedado fuera del laboratorio. Lo que pudo ser una historia sobre el futuro del duelo termina siendo un bucle emocional de alta melancolía, atrapado entre el algoritmo y el espejo.


El problema no es que Singular repita, sino que no sepa por qué repite. En la lógica de la inteligencia artificial, repetir es aprender; en la lógica del arte, repetir sin avanzar es estancarse. Todos sabemos que una IA necesita equivocarse mil veces antes de rozar la conciencia, pero aquí las repeticiones no crean evolución, solo fatiga.


Si el film hubiera abrazado esa idea, la reiteración como metáfora del proceso de humanización de la máquina, habría tenido un alma dentro del circuito. En cambio, se queda en la superficie del loop: los personajes repiten gestos, los planos repiten la tristeza, y el espectador repite el bostezo. La ciencia se queda sin fe, y la emoción, sin software.


Cuando Andrea le dice a Diana que se vaya, el espectador interpreta que hay algo siniestro en Martín: quizá una violencia contenida, o incluso la sospecha de que Martín no es quien aparenta ser (¿una versión replicada?).


Pero el guion no confirma nada. Ese aviso de peligro se esfuma, como si hubiera sido un error de tono o una pista de un thriller que nunca llega a existir. Resultado: el espectador se desorienta, no tanto por el misterio, sino por la falta de coherencia emocional. No sabemos de qué huye Diana ni qué sabe Andrea que nosotros no sepamos.


Podría entenderse también como un reflejo del aprendizaje de la IA: Andrea detecta una amenaza emocional, no física. Tal vez su programación (o su intuición “posthumana”) percibe el peligro de revivir el trauma. En ese caso, el “vete” no sería un acto de miedo, sino de compasión: un algoritmo que ha aprendido a proteger al humano del dolor… y ahí estaría el germen del alma que el guion nunca se atreve a explorar del todo.









Amor DiBó 

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