sábado, 4 de abril de 2026

La Grazia de Paolo Sorrentino


FICHA TÉCNICA

Título original: La Grazia
Año: 2025
Duración: 133 min.
País: Italia
Dirección: Paolo Sorrentino
Guion: Paolo Sorrentino
Fotografía: Daria D'Antonio
Compañías: Fremantle, The Apartment, Numero 10, PiperFilm
Género: Drama, comedia política

Reparto:  Toni Servillo como Mariano De Santis (Presidente). Anna Ferzetti como Dorotea (Confidente e hija). Orlando Cinque como Colonnello Labaro. Massimo Venturiello como Ugo Romani. Milvia Marigliano como Coco Valori. Giuseppe Gaiani como Lanfranco Mare. Linda Messerklinger como Isa Rocca. Vasco Mirandola como Cristiano Arpa

Sinopsis ampliada: 

Mariano De Santis, presidente ficticio de la República italiana, encarna una figura que parece salida de otro tiempo: culto, profundamente católico, defensor de valores humanistas… y, precisamente por eso, condenado a una crisis interior cuando el presente le exige tomar decisiones que su conciencia no puede simplificar.

La aprobación de una ley de eutanasia, convertida en el eje moral del relato, actúa como detonante de una grieta que no es solo política, sino espiritual. Lo que en otros sería un cálculo parlamentario, en De Santis se transforma en un calvario íntimo.

Sorrentino construye un viaje donde el poder se vuelve un espacio casi claustrofóbico: salones majestuosos, pasillos silenciosos y miradas que pesan más que cualquier discurso. A medida que el presidente se enfrenta a asesores, religiosos, médicos y ciudadanos, la película revela algo incómodo: el poder no decide, el poder es decidido por las dudas que uno no logra resolver.

Y ahí aparece la “Grazia” del título: ¿es redención, debilidad o simplemente el último refugio de alguien que ya no cree en su propio papel?


Claves visuales y tono sorrentiniano

Sorrentino vuelve a su terreno: lo ceremonial convertido en espectáculo existencial. Cámaras flotantes. Espacios palaciegos casi irreales. Silencios que dicen más que los diálogos

Aquí no hay prisa. Hay contemplación y cierto sarcasmo elegante.


Anécdotas y curiosidades

Sobre el director


Paolo Sorrentino vuelve a explorar el poder tras Il Divo, pero con un enfoque más íntimo y menos caricaturesco.

Ha declarado en entrevistas que esta película nace de su fascinación por “los hombres que dudan cuando todos esperan certeza”.

Introduce un tono más contenido que en La grande bellezza, casi ascético.


Sobre el rodaje


Parte del rodaje se realizó en palacios históricos italianos, lo que aporta una autenticidad casi documental al entorno político.

La directora de fotografía Daria D'Antonio trabajó con luz natural en muchas escenas para reforzar la sensación de realidad frente al artificio del poder.

Se evitó el uso de música en momentos clave para dejar al espectador “solo” con la conciencia del protagonista.


Hablando de la película con spoilers... 


5 escenas clave 


El despacho en penumbra

El presidente, solo, revisa el documento de la ley de eutanasia. No lo lee: lo mira como si fuera una sentencia. Aquí empieza todo: no la política, sino la culpa.


La conversación con el confesor

En un espacio austero, De Santis busca guía espiritual y encuentra ambigüedad. Sorrentino lanza una idea incómoda: ni la fe ofrece respuestas claras.


El encuentro con una familia afectada

Una familia que defiende la eutanasia confronta al presidente. No hay gritos, solo dolor contenido. La política deja de ser abstracta y se vuelve carne.


El consejo de ministros

Todos hablan, opinan, presionan. El presidente calla. El silencio como acto político: no decidir también es decidir.


La decisión final

No importa tanto qué decide sino cómo lo hace: con una mezcla de resignación, fe y derrota. La “gracia” no es salvación: es aceptar que no hay salida limpia.


Sorrentino aquí no busca tanto deslumbrar, como incomodar con elegancia. La película no trata de la eutanasia. Trata de algo más punzante: ¿Qué ocurre cuando un hombre bueno ocupa un lugar donde ya no es posible ser bueno sin traicionarse? Y ahí está la bofetada sutil: no hay villanos, no hay héroes… solo seres humanos atrapados en decisiones que siempre llegan demasiado tarde.


La puesta en escena: Roma imperial, poder decadente


La directora de Fotografía, Daria D'Antonio y el equipo de la Dirección de Arte de la película pone al servicio del guión de Paolo Sorrentino, la grandiosidad que en un pasado fue la Roma Imperial. 

Sorrentino hace algo muy suyo, nos invita a viajar en su trampa visual. Nos muestra espacios gigantescos y sobrios para subrayar la pequeñez moral del individuo. El presidente no está a la altura del espacio que habita. El decorado es más sólido que el personaje. Es casi una ironía arquitectónica.


La escena del representante de Portugal: lo cómico como bofetada


Esa llegada en cámara lenta, bajo la lluvia, con protocolo absurdo, No es solo humor (aunque lo es, y muy fino), es una parodia del ritual político. Nadie ayuda porque el protocolo pesa más que la humanidad. Todo es elegante pero profundamente ridículo

Sorrentino te está diciendo: “El poder se toma muy en serio a sí mismo y por eso resulta grotesco.”


¿Un presidente que actúa casi como juez?


En una democracia moderna, el poder está dividido. Pero Sorrentino no está hablando de sistemas políticos, sino de conciencia individual. El presidente no es un político. Es un hombre obligado a juzgar la vida y la muerte. Por eso adopta ese rol casi judicial, casi divino.

Es una exageración simbólica. El poder moderno como sustituto de Dios, sin la sabiduría de Dios.


La esposa fallecida y la infidelidad: ¿incongruente?


El Presidente no tiene culpa, tiene resentimiento y orgullo mancillado ya que su esposa le fue infiel con alguien que ella nunca confesó. Resulta anacrónico que en 40 años haya conservado en su alma ese suceso que le supera. Mi cuestionamiento es el siguiente: Si un Presidente de una nación, de un país, tiene esa categoría tan miserable con su esposa por muy juez que sea su profesión, además de Presidente, habla muy mal de su comportamiento. Me decepciona. El guión descubre que el engaño de su mujer no es con un hombre sino con una mujer. Cuando él conoce la verdad se calma. Yo me digo ¿En serio... todo el problema se diluye como un azucarillo por que el amante de su mujer es otra mujer? Me da la risa.

 

La ética íntima del Presidente de una nación. 


No es culpa, es orgullo herido

No es un hombre atormentado por haber fallado. Es un hombre incapaz de digerir que le fallaran. Eso no es tragedia moral. Es narcisismo herido que se disfraza de dignidad. Y claro, 40 años después… no estamos ante fidelidad a un amor, sino ante fidelidad a una herida. Ahí el personaje deja de ser profundo y empieza a ser mezquino.


El problema de fondo: la talla moral

“Si un Presidente tiene esa categoría moral en su vida íntima… habla muy mal de él para gobernar un País”. Y además introduce una contradicción brutal. Quiere decidir sobre la vida y la muerte (eutanasia). Pero no ha sabido gestionar una traición afectiva en 40 años. Y ahí el guion se tambalea.


El giro: no era un hombre… era una mujer

Aquí llegamos al punto donde mi reacción (“me da la risa”) es muy reveladora… y muy legítima. Porque ese giro plantea algo delicado. El conflicto que ha definido su vida. Se disuelve cuando cambia el género del “rival”. Y entonces la pregunta salta sola: ¿Su dolor era amor… o era competencia masculina?

El personaje no se sentía traicionado emocionalmente, sino desplazado en su identidad masculina, y al saber que no había “otro hombre” su ego deja de sentirse amenazado. Es un retrato de la frágil masculinidad o al menos menos humillante. La incapacidad de Sorrentino para imaginar un dolor masculino que no sea competitivo.

Aquí, el guión de Sorrentino resuelve la mezquindad como si fuera un parche, no una tesis.


La hija: hija, madre y casi jefa de Estado en la sombra

No es solo hija, es cuidadora emocional, es gestora de su fragilidad, es casi su conciencia operativa. Hay una inversión de roles clarísima. El padre (presidente) es el débil. La hija (sin cargo) es la estructura.

Sorrentino plantea algo muy reconocible. El poder público suele sostenerse sobre mujeres invisibles en lo privado. La hija representa, la estabilidad, la responsabilidad, el sacrificio silencioso. Mientras él duda, se bloquea, se repliega en su conflicto interior.

El guion hace algo curioso, durante toda la película ella es imprescindible, ella sostiene todo.

Pero al final se va a Montreal y no de forma trágica, ni conflictiva, ni dramática. Deja de ser “muleta” para recupera su vida y romper el rol de cuidadora, aunque sea una liberación tardía. Resulta paradójico el personaje de su hija abandonando toda una vida de entrega, sin apenas fricción. Y una se queda con la sensación de que, una vez más, bajo la solemnidad del conflicto, el guion opta por una salida elegante… pero emocionalmente insuficiente.






Amor DiBó

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