Algoritmos, sectas y sonrisas amables: el nuevo fanatismo no necesita túnica
Hubo un tiempo en que reconocer una secta era fácil. Bastaba con detectar el uniforme, túnicas, símbolos, miradas perdidas, y ese líder que hablaba demasiado despacio como si cada palabra fuese revelación.
Hoy no. Hoy el líder puede ser una interfaz. La doctrina, un algoritmo. Y la fe… una idea perfectamente lógica.
La nueva liturgia: pensar sin fricción
El cine reciente está empezando a captar algo que aún no terminamos de nombrar: la aparición de sistemas de creencias que no se presentan como tales.
En Renner (2025), la voz que guía al protagonista no grita, no ordena, no amenaza. Simplemente sugiere… con una precisión inquietante. No necesita imponerse porque ya sabe cómo convencerte.
En Ghost in the Machine (2026), la fe no está en un dios, sino en la promesa tecnológica. Una industria entera convencida de que avanza hacia el bien común, sin detenerse demasiado en las grietas del camino.
Aquí no hay fanáticos en el sentido clásico. Hay algo más sutil: convicción sin resistencia.
La realidad como material editable
Baby Invasion (2024) lleva el juego un paso más allá: la identidad ya no se oculta, se modifica. Los rostros cambian, las percepciones se alteran, y lo que queda es una sensación incómoda: si todo puede reescribirse, ¿qué queda de lo real?
No estamos ante una mentira tradicional. Estamos ante una realidad maleable. Y eso, curiosamente, exige menos fe… pero más entrega.
Cuando la secta ya no necesita creyentes
En DreadClub: Vampire’s Verdict (2024), el experimento alcanza una ironía casi perfecta: una historia sobre culto e identidad generada en gran parte por inteligencia artificial.
Es decir, ya no solo hablamos de relatos sobre manipulación. Hablamos de relatos producidos por sistemas que no creen… pero convencen.
La pregunta deja de ser quién lidera. Y pasa a ser: ¿importa ya?
Reírse del mecanismo (o intentarlo)
Let’s Start a Cult (2024) opta por la vía más honesta: la sátira. Nos enseña cómo se construye una secta desde cero, casi como si fuera un tutorial.
Y funciona. Porque al desnudar el mecanismo —la necesidad de pertenecer, la simplificación del mundo, la comodidad de delegar el pensamiento— revela algo incómodo:
No hace falta ser especialmente ingenuo para caer.
Solo hace falta querer que algo tenga sentido.
La fe elegante
Quizá el nuevo fanatismo no se parezca en nada al antiguo. No exige sacrificios visibles. No impone normas estridentes. No se presenta como peligro. Al contrario, es eficiente, lógico, incluso amable. Y precisamente por eso resulta más difícil de detectar. Porque el problema ya no es creer en algo irracional… sino dejar de cuestionar aquello que parece perfectamente razonable.
Tal vez el futuro no esté lleno de sectas visibles.
Tal vez esté lleno de sistemas que piensan por nosotros, y lo hacen tan bien que ya no sentimos la necesidad de resistirnos.









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