Lynne Ramsay: radiografía de una autora obsesiva
Hablando de la película...
“Locura explicada con rotulador fosforito”
Hay películas que te piden paciencia. Die My Love te pide resistencia. Desde el primer plano, la cámara se aferra al cuerpo de su protagonista como si el desnudarse fuera sinónimo de comprenderla. Pero lo único que conseguimos es cansancio visual y una sensación incómoda de voyeurismo disfrazado de arte. La supuesta crudeza emocional se convierte en un catálogo de piel y desesperación, donde el cuerpo femenino vuelve a ser campo de batalla para la mirada ajena.
Durante buena parte del metraje, la película parece convencida de que mostrar la desintegración mental es lo mismo que filmar desorden. Planos erráticos, histeria sonora, flashbacks sin contexto. Todo para convencernos de que asistimos al derrumbe de una mujer “auténtica”. Pero cuando al fin el guion se atreve a explicar por qué está como la vemos, es por un trauma de manual: la muerte de los padres en un accidente de avión cuando tenía diez años. El hechizo se rompe. No por revelador, sino por insultante. Reducir la complejidad de una depresión posparto a un trauma infantil tardío es tan burdo como justificar una tormenta porque alguien olvidó cerrar la ventana.
Y lo peor es que Die My Love parece creer que con eso alcanza redención. Que basta con un flashback trágico y un cuerpo desnudo para hacernos sentir el peso del dolor. Pero lo único que consigue es lo contrario: la distancia emocional total. Una película que pretende hablarnos del abismo femenino, pero acaba despeñándose en el suyo propio. El de la impostura.
La película evita las verdaderas implicaciones del dolor materno,
sustituyéndolas por esteticismo y ruido.
La película confunde el dolor con el narcisismo, la locura con el capricho y la víctima con la verdugo, es precisamente lo que la vuelve irritante: en lugar de observar el sufrimiento femenino con honestidad, lo convierte en un espectáculo egocéntrico que culpa al mundo por no entenderla.
El engaño del discurso: la película se presenta como un drama sobre la depresión posparto, pero lo que ofrece es una farsa macabra sobre una mujer destructiva que, en lugar de buscar ayuda, arrastra a todos en su torbellino.
El falso victimismo: justificar su violencia o manipulación por el trauma infantil o por la “locura de la vida cotidiana” es una salida fácil que borra toda responsabilidad moral.
El efecto espejo: en realidad, no es la vida la que vuelve loca a la protagonista; es ella la que contamina la vida de los demás. Esa inversión perversa de la culpa es lo que me ha indignado.
Y, sin embargo, hay algo que me ronda desde que salí del cine. Un colega crítico insinuó que quizá la protagonista, escritora internada en un manicomio, inventa su propia tragedia. Que ese accidente de avión en el que murieron sus padres podría ser una fantasía, una coartada emocional creada para justificar su desequilibrio. Si fuera así, Die My Love adquiriría un matiz perversamente interesante: el de una mujer que fabrica su dolor para seguir siendo el centro del relato.



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