Kakeru (Sheep in the Box) vista en Sitges 2026.
Exceptuando los puntos humorísticos del padre no puedo decir que me salga del cine habiendo visto un peliculón, considerando mi entusiasmo por el cine asiático. Y eso que la película plantea temas que hoy en día ya se están hablando, sin embargo la película no ha conseguido emocionarme cinematográficamente. Y, por supuesto, no vamos a convertirla en una obra maestra solo porque sea japonesa y nada menos de Koreeda.
Sinopsis:
En un futuro cercano, una pareja marcada por la pérdida de su hijo acepta acoger en casa a un niño humanoide creado a su imagen con inteligencia artificial. Lo que empieza como un intento desesperado de aliviar el dolor se convierte en una nueva vida familiar, tan luminosa como inquietante. ¿Puede la tecnología devolvernos a quienes amamos?
Hablando de la película…
Una película puede plantear cuestiones muy actuales sobre la inteligencia artificial, las relaciones humanas, la identidad o los vínculos afectivos y, sin embargo, no conseguir que esas ideas se transformen en una experiencia cinematográfica memorable. La idea como aceptamos la inteligencia artificial aplicada a Re-robots con relación a las personas, familiares fallecidos y que los puedes volver a tener comprándolos al peso.
Lo que plantea Sheep in the Box es verdaderamente inquietante. La posibilidad de convertir el duelo en una operación comercial. Ya no se trataría solamente de recordar a nuestros muertos, sino de recuperarlos mediante una reproducción artificial que podemos comprar.
Aparecen tres cuestiones que merecen una reflexión.
La muerte deja de ser una ausencia definitiva. ¿Realmente recuperamos a la persona fallecida o adquirimos una imitación que nos ayuda a soportar su pérdida?
El afecto se convierte en mercancía. Si podemos comprar una reproducción de alguien querido, ¿quién determina su precio? ¿La tecnología, la fidelidad de la reproducción o nuestra desesperación?
El duelo puede quedar suspendido indefinidamente. En lugar de aprender a vivir con una ausencia, convivimos con una presencia artificial que quizá nos impida aceptar la muerte y enfrentarnos a nuestra propia condición de mortales.
Y todo ello sucede en un momento en el que determinadas corrientes científicas y tecnológicas comienzan a plantear el envejecimiento como un proceso que podría combatirse o retrasarse. Entre ellas el trans-humanismo. La investigación sobre longevidad aspira a prolongar la vida saludable y algunos de sus defensores sueñan con superar ampliamente los 120 años.
Pero mientras la ciencia investiga cómo retrasar nuestra muerte, la inteligencia artificial abre otra posibilidad inquietante. ¿Y si, en lugar de evitar que muramos, aprendemos a fabricar algo que continúe existiendo en nuestro lugar?
Volviendo al argumento
El niño Kakeru gracias a la información e intervención de un adolescente como él, le quita de su cuerpo un GPS un localizador, a partir de aquí el niño se va relacionando con otros Re-robots por la zona que han sufrido maltrato de las personas humanas que los han comprado. Los niños forman una colonia aparte que al final de la película deciden irse a vivir a un bosque buscando la autosuficiencia eléctrica con un artilugio que ponen en el río. Parece ser que los humanos llegan a un punto que desenchan o intentan desprenderse de esos niños. Incluso la madre protagonista que en un principio es la más entusiasta con esta experiencia, también se le pasa por la cabeza devolverlo. El padre le prohíbe al niño que le llame papa, sino señor. Lo compara a una roomba de limpiar los suelos. El padre sabe que se apaga, se enciende y recarga baterías, que no se puede mojar, ni comer, etc. etc. La sorpresa es que durante el tiempo que está con los "padres" desarrolla una cualidades mentales superior a la edad del niño. En las escenas finales vemos como los padres han evolucionado aceptando que el niño se aleja de ellos como si fuera un estudiante marchando a la universidad.
El GPS: de objeto comprado a individuo libre
Me parece una escena fundamental la del adolescente que ayuda a Kakeru a quitarse el localizador. Hasta ese momento, Kakeru es una propiedad identificable, localizable y controlada. Al quitarse el GPS, realiza un acto que podríamos interpretar como su primera afirmación de independencia.
La película nos lleva a una contradicción extraordinaria. Los humanos compran esos niños porque desean recuperar a alguien que han perdido, pero cuando los niños desarrollan una personalidad propia, dejan de responder a las expectativas de sus compradores. Querían recuperar a un hijo, no conocer a otro ser.
El padre y la Roomba: el humor como mecanismo de defensa
El padre establece una frontera: tú eres una máquina y yo soy una persona. Por eso no quiere que le llame papá, sino señor. Sin embargo, me pregunto si esa actitud también es una forma de protegerse emocionalmente. Si reconoce a Kakeru como hijo, tendría que enfrentarse nuevamente a la posibilidad de perderlo.
Los niños maltratados: el fracaso de la humanidad
Aquí la película introduce una cuestión ética bastante incómoda. Los humanos compran robots para satisfacer sus necesidades emocionales. Pero algunos terminan maltratándolos o abandonándolos.
Lo paradójico es que esos robots, creados para reproducir comportamientos humanos, acaban organizándose de una manera aparentemente más solidaria que sus propietarios. El detalle del río me parece especialmente significativo. Los robots necesitan electricidad, pero deciden producirla por sí mismos. Es decir, buscan una independencia no solamente emocional y social, sino también energética. Sin esa autonomía, seguirían dependiendo de quienes los compraron.
La despedida: ¿un hijo que se emancipa o un producto que deja de funcionar como esperábamos?
Los padres terminan aceptando que Kakeru se marche. Pero existe una diferencia enorme, Kakeru no ha vivido una infancia convencional ni ha necesitado años para desarrollar sus capacidades intelectuales. Con lo cual, los padres no han recuperado al niño que perdieron. Han convivido con una entidad diferente que ha desarrollado su propia identidad y para querer verdaderamente a Kakeru, los padres deben renunciar a poseerlo.
Para mi Kakeru no me ha despertado ningún sentimiento maternal. No estamos hablando de que el niño te resulte antipático, sino de algo bastante diferente. No he establecido un vínculo emocional con él.
¿Una película sobre la despoblación infantil de Japón? Lo dejo ahí.
¿Una nueva oferta funeraria? Y también lo dejo ahí.
Precisamente Black Mirror abordó este asunto en el episodio Be Right Back (Vuelvo enseguida), de 2013.
Hay otra cosa que me parece curiosa: la madre comienza siendo la más entusiasmada con la llegada del sustituto y termina planteándose devolverlo. ¡Qué palabra tan terrible cuando estamos hablando de alguien que reproduce a un hijo muerto! Devolverlo. Como si fuera un electrodoméstico que no ha satisfecho nuestras expectativas. Sheep in the Box plantea un futuro en el que podemos comprar una segunda oportunidad para convivir con nuestros muertos, pero no garantiza que sepamos querer a quienes regresan en su lugar.
El duelo y la aceptación
Creo que la madre aunque habían pasado unos años no había completado el duelo de un hijo. Si soy sincera los humanos no superamos la muerte de un hijo.. Incluso muchas parejas, muchos matrimonios se separan a raíz de este suceso tan traumático. Incluso uno de los progenitores se vuelve a casar y tener hijos. Mientras la otra parte no rehace su vida. En esta película la madre asume que no es su hijo y empieza a quererlo como otro ser con especiales características. Superar una pérdida no significa necesariamente olvidar ni dejar de sufrir. Algunas personas consiguen reconstruir su vida sin que desaparezca el dolor.
Sheep in the Box nos invita a reflexionar sobre la muerte, el duelo, la inteligencia artificial y el derecho a una existencia independiente. Sus planteamientos son interesantes y actuales, pero su desarrollo parece dirigirse más al intelecto que a las emociones. Comprendemos a sus personajes, reconocemos sus conflictos y entendemos sus decisiones. Sin embargo, cuando termina la película, nos llevamos muchas preguntas y pocas emociones.
El detalle que más me ha sorprendido: los oficios de los padres
La madre es arquitecta y el padre es carpintero. Ambos trabajan, de distintas maneras, en la construcción. Y ahora reciben un hijo que también ha sido construido. ¿Qué significa crear algo y qué significa darle vida? ¿Porque construir un cuerpo significa construir una persona?
El Principito y el título original La oveja dentro de la caja (Sheep in the Box) En el libro, el aviador dibuja una caja y le dice al principito que la oveja que desea está dentro. La oveja existe en la imaginación de quien contempla la caja. ¿No sucede algo parecido con Kakeru? Los padres ven el cuerpo de su hijo fallecido, pero aquello que creen encontrar en su interior depende de sus recuerdos, deseos y expectativas. La caja contiene lo que necesitamos imaginar que contiene.
Una crítica japonesa que puede interesar especialmente. He encontrado un artículo del cineasta japonés Kazuya Konaka, publicado en Bunshun el 6 de junio de 2026. Konaka observa algo muy importante: Kore-eda parece evitar deliberadamente que el espectador se identifique demasiado con el niño artificial. Ya dije yo que no sentí el impulso de decir, «¡ay, qué niño tan rico!». Según la interpretación de Konaka, esa distancia podría formar parte de la propuesta cinematográfica y no ser necesariamente un defecto involuntario.
La adopción, los animales y las distintas formas de familia
Otro comentario japonés, firmado por Hotaka Sugimoto en Eiga.com, señala dos detalles que merecen atención. Uno es que la hermana de la madre ha recurrido a la adopción, lo que introduce una comparación entre aceptar a un niño humano que no es biológicamente propio y adquirir un humanoide con la apariencia de un hijo fallecido. El otro es la presencia del gato, que el crítico relaciona con la posibilidad de trasladar nuestros afectos a otros seres. Es lo comenté de que la madre acaba queriendo a Kakeru por lo que es, no por representar a su hijo muerto.
El bosque y la electricidad
Los ReRobots instalan un mecanismo en el río para producir su propia electricidad. Ese detalle permite ir más allá del simbolismo. Los robots no están regresando a la naturaleza para dejar de ser máquinas. Están buscando una manera de continuar siendo máquinas sin depender de los humanos.
Un amigo crítico cuando estábamos hablando de la película en PARLANCHINES (Youtube Amor DiBó) estableció una conexión cinematográfica muy interesante! La comparación con Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, y su adaptación cinematográfica de Fahrenheit 451 (1966), dirigida por François Truffaut, tiene bastante sentido.
Dos comunidades que se refugian en la naturaleza
En Fahrenheit 451, los libros están prohibidos y son quemados. Al final, Montag encuentra una comunidad de personas que vive apartada de la sociedad y que memoriza obras literarias para conservarlas.
En Sheep in the Box, los ReRobots que han sufrido el control, el rechazo o el maltrato de sus propietarios también terminan formando una comunidad fuera de la sociedad humana.
La semejanza no está simplemente en que ambos grupos se marchen al bosque.
Está en que los dos construyen una forma alternativa de existencia frente a una sociedad que no les permite vivir libremente.
Pero hay una diferencia preciosa: en Fahrenheit 451, los seres humanos se convierten simbólicamente en libros para salvar la cultura. En Sheep in the Box, las máquinas intentan convertirse en una comunidad autónoma para salvar su propia existencia.
Y he encontrado algo que hace todavía más interesante la comparación
En una entrevista publicada en junio de 2026, Kore-eda explicó por qué eligió el bosque para el desenlace.
Según el director, las inteligencias artificiales podrían desarrollar formas de conexión más parecidas a las relaciones que establecen los árboles dentro de un bosque. Bradbury y Truffaut: el bosque protege la memoria cultural de los seres humanos. Kore-eda: el bosque permite imaginar una comunidad de inteligencias artificiales que busca vivir de manera independiente.
Sheep in the Box plantea interrogantes que probablemente nos acompañarán durante las próximas décadas. Kore-eda nos invita a reflexionar sobre el duelo, la inteligencia artificial y la posibilidad de que nuestras creaciones reclamen una existencia independiente. He comprendido sus personajes, sus conflictos y sus decisiones, pero no he conseguido emocionarme con ellos. Y quizá esa sea mi principal reserva ante una película que me ha proporcionado más reflexiones después de verla que emociones mientras la contemplaba.

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