Con Takashi Miike nunca de sabe si vas a salir del cine con dolor de cabeza, una sonrisa perversa o preguntándote qué demonios acabas de ver! Bad Lieutenant: Tokyo ya tiene un título que promete bastante. Y hay algo que me interesa especialmente, cómo Miike interpretará el universo del policía corrupto, excesivo y moralmente descompuesto que asociamos a Bad Lieutenant de Abel Ferrara (1992) y a la versión de Werner Herzog (2009). Y hay una otra cuestión que me interesa muchísimo cuando termine de ver esta película. ¿Miike consigue que te rías de algo que, en circunstancias normales, te produciría horror? Porque ese es uno de sus talentos más desconcertantes.
Harvey Keitel en Teniente corrupto (1992), de Abel Ferrara. Aquella interpretación era brutal. No necesitaba grandes explosiones ni efectos sonoros para incomodar al espectador. La degradación moral, física y espiritual del personaje era suficiente. Keitel parecía desnudarse emocionalmente ante la cámara. Y ahí encuentro una diferencia interesante: Ferrara te hace sufrir contemplando la autodestrucción de un hombre; Miike suele llevarte a territorios donde el exceso puede convertirse en una forma de provocación.
Cuando vi Teniente corrupto en 1992, lo que más te impresionó fue la interpretación de Harvey Keitel o la crudeza de las situaciones que Ferrara ponía ante tus ojos, porque aquella película tenía escenas difíciles de olvidar. Y yo para los límites físicos soy muy cobarde, y cuando veo esta situaciones me impresionan (serán las neuronas espejo). Te digo más, solo con ver películas americanas que beben y beben alcohol como si no hubiera un mañana. ¡Como si tuvieran un hígado de repuesto!. Me pregunto ¿cómo lo resisten? a ver es cine pero estoy segurísima que hay gente que va por la vida así. La suerte es que en el cine suele hacer desaparecer las consecuencias: las náuseas, los temblores, la pérdida de coordinación, el deterioro cognitivo y los problemas de salud. Además, hay algo cinematográficamente fascinante, el alcohol funciona muchas veces como una manera rápida de definir un personaje. Un vaso de whisky puede representar poder, soledad, desesperación, masculinidad o autodestrucción. En Teniente corrupto, el deterioro físico de Harvey Keitel no era un simple adorno narrativo. Su cuerpo se convertía prácticamente en el escenario de su derrumbe moral.
Hablando de la película...
Una cuestión es ¿hasta qué punto necesitamos que un actor se someta a situaciones físicamente extremas para comprender la destrucción de su personaje? Con Harvey Keitel no sabemos si terminó psicológicamente afectado por el rodaje, pero sí podemos decir que su interpretación transmite una degradación tan convincente que cuesta imaginar cómo conseguía desconectar del personaje cuando el director gritaba «¡Corten!».
Bueno ya he visto la película y no ha sido para tanto. Está muy comedido todo. El exceso no es tan brutal. Eso si en ésta versión aparece una mujer del FBI repartiendo puñetazos como si los nudillos de sus huesos de mano de mujer fueran de acero. A ver no es creíble pero la fantasía de mujeres que lo pueden todo como los Madelman, a mi como mujer, me da la risita. Una cosa es presentar a una mujer fuerte, entrenada y capaz de enfrentarse físicamente a un hombre, y otra convertirla en una criatura prácticamente indestructible.
El problema, desde el punto de vista de la credibilidad, es que los cuerpos humanos, masculinos o femeninos, tienen sus límites. Los nudillos se lesionan, los golpes duelen y una pelea real deja consecuencias. Aunque también cabe preguntarse si Miike busca precisamente esa exageración, porque su cine no siempre pretende obedecer las leyes de la anatomía.
Vayamos al grano de la versión de Miike con el personaje. ¿Es verdaderamente corrupto y atormentado, como el de Harvey Keitel, o más bien un policía extravagante metido en una película de acción? Si, extravagante. No muy inteligente diría yo, pero que recapacita. Los momentos oníricos de las drogas que toma se convierten en sueños muy normales. Nada terroríficos. El protagonista no parece un hombre que se precipite hacia a una destrucción sin retorno. En lugar de contemplar una tragedia, asistimos a las peripecias de alguien que aún puede corregir su comportamiento.
En un director como Takashi Miike, que tantas veces ha jugado con lo grotesco, la pesadilla y la alteración de la realidad, una podría esperar que esas secuencias fueran mucho más perturbadoras. El teniente de Harvey Keitel parecía vivir una pesadilla incluso cuando estaba despierto. El de Miike, puede drogarse, soñar y regresar a una realidad donde todavía tiene capacidad de rectificación. Yo creo que Miike ha afrontado esta versión muy a la japonesa, es difícil imaginar un teniente corrupto cuando el lema de Japón para su sociedad es que el clavo que sobresale hay que golpearlo para que esté igual que lo demás clavos. El proverbio japonés es: 出る杭は打たれる — Deru kui wa utareru. «El clavo que sobresale recibe el martillazo». Es una expresión muy conocida que refleja la presión social hacia la conformidad, aunque naturalmente no describe a todos los japoneses ni impide que exista corrupción en Japón.
El desenlace le da una dimensión bastante más amarga. El teniente hace tres cosas fundamentales: encuentra un dinero, salda sus deudas y se ocupa de unos niños. Es decir, empieza a comportarse como alguien que intenta recuperar cierta responsabilidad moral. Y entonces aparece un sicario en motocicleta y lo mata. Fin.
Aquí encuentro una paradoja muy interesante: el personaje comienza a enderezarse, pero la violencia de su pasado no le concede una segunda oportunidad. Ya que el teniente, por su conducta extravagante y corrupta, ha sobresalido demasiado. Cuando intenta regresar al orden, ya es tarde. El martillazo llega igualmente. No hay recompensa moral ni redención garantizada ni la posibilidad de supervivencia.
El teniente intenta hacer el bien con el dinero que procede del mal. Y esa contradicción moral puede ser precisamente una de las claves de la película. El dinero procede de un mundo de prostitución, drogas y crimen organizado. El teniente lo utiliza para saldar sus deudas y cuidar de unos niños. Cuando parece haber encontrado una manera de reconducir su vida, un sicario lo asesina.
«En Bad Lieutenant: Tokyo, Takashi Miike no necesita convertir cada pecado en una pesadilla ni cada buena acción en una redención. Le basta con contar la historia de un hombre que intenta enderezarse cuando quizá ya es demasiado tarde».


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