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lunes, 5 de diciembre de 2016

Los Roper, la secuela que superó al original


Se llamaban “George” y “Mildred”. Inicialmente, eran la contrapartida burguesa al trío de jóvenes a los que les habían alquilado el piso superior del edificio en el que ellos vivían en la planta baja. A medida que avanzaban los episodios de Un hombre en casa, se iba poniendo de manifiesto que las carcajadas del público aumentaban cuando entraba en escena el matrimonio propietario del inmueble. No solamente los dos actores que encarnaban a la pareja (Brian Murphy y Yootha Joyce) tenían buena química sino que hacían que la comicidad de la serie se disparase: algo siempre objetivo y mesurable en términos de risas. Así pues, cuando se evidenció que el producto Un hombre en casa, empezaba a estar agotado (las series inglesas tienen la ventaja de concluir antes de que sea perceptible una bajada en la calidad y en la audiencia), la cadena inglesa ITV encargó una serie basada en la pareja. El éxito fue abrumador y los 38 episodios filmados marcan un hito en las series de humor británicas. 

DE LA CLASE MEDIA BAJA A LA CLASE MEDIA ALTA

De la misma forma que Un hombre en casa, podría ser considerado como un estudio sociológico sobre la juventud de los años 70 y cómo ese grupo social soportó los cambios que se habían producido desde finales de la década anterior, Los Roper, suponen la traslación de ese estudio al mundo de los adultos y, en concreto, a una familia de la clase media baja que, por un golpe de suerte, habían podido trasladarse a un barrio más acomodado y creían que eso bastaba para reconocerles un nuevo estatus social. De ahí que Los Roper tengan un trasfondo tragicómico: todos los esfuerzos realizados por “Mildred” para ascender en la escala social y vivir acordes con su nuevo emplazamiento, terminaban estrellándose: ni pertenecían a esa clase social (representada por el matrimonio vecino y por su hijo), ni la alta burguesía estaba dispuesta a facilitarles la tarea. En el Reino Unido siempre ha existido un elitismo que ha tendido a estratificar la sociedad. De ahí que, en medio de la comicidad, subsistiera siempre ese trasfondo dramático e incluso hiriente.

domingo, 4 de diciembre de 2016

Un hombre en casa, la serie que precedió a Los Roper


Hay series que son importantes en sí mismas y que prolongan su éxito después de desaparecidas gracias a spin-off notables. Cheers (1982-1993), por ejemplo, no desapareció al cabo de las once temporadas, logró mantenerse a través de uno de sus personajes, Frasier (1993-2004), durante otro ciclo que, incluso, en algunos aspectos, superó la comicidad del original y, desde luego, lo actualizó. Otro tanto ocurrió con una serie británica precedente emitida por Televisión Española en los momentos más duros de la transición, entre el 11 de abril de 1978 y el 5 de enero de 1979, Un hombre en casa (1973-1976) que tuvo dos secuelas, una de ellas que superaba el original, Los Roper (1976-1979) y otra que no contó con el mismo éxito y se extinguió en apenas una temporada, El nido de Robin (1977). 
UN HOMBRE EN CASA O LA FANTASÍA DEL MENAGE A TROIS
Uno de los factores del éxito de la serie en aquellos momentos (la “revolución sexual” apenas tenía 10 años en EEUU cuando empezó a filmarse esta serie y llegó tardíamente a España, coincidiendo más o menos con su emisión en nuestro país) era el “menage-a-trois”. Todo hacía pensar que, antes o después, los protagonistas de la serie, terminarían haciéndola realidad. Sin embargo, los episodios son castos y esta posibilidad que permanentemente planeaba en la lujuriosa mentalidad del espectador (y que los guionistas cultivaban en cierta medida), nunca terminaba de concretarse, pero siempre había la esperanza de que en el episodio siguiente, “algo” ocurriera. Y nada, que no. Al protagonista, “Robin”, le gustaba la morena (“Crissy”). A fin de cuentas era el personaje juicioso, moderado, enérgico y bienpensante. La rubia (“Jo”), por el contrario, más atractiva, fantasía sexy de muchos adolescentes de la época, era, literalmente, una tonta del bote. Y, para colmo, “Robin” le era completamente indiferente para la morena.

Esta correlación de fuerzas hacía que la serie, poco a poco, nos fuera pareciendo cada vez más a la obra de teatro de Jean-Paul Sarte, A puerta cerrada (en donde, el infierno son los otros), mucho más que al “menage-a-trois” esperado. Se trataba, en cualquier caso, de una comedia de situación diseñada para que el espectador se viera convulsionado semanalmente por treinta minutos de sonrisa permanente alternada con crestas de carcajadas. Cuando aparecían los créditos, los realizadores, guionistas, equipo técnico y actores, podían darse por satisfechos: la serie nunca defraudó al público.

LA JUVENTUD INGLESA DE AQUELLOS AÑOS

Los jóvenes eran así en aquella época: ya por entonces sus salarios alcanzaban difícilmente para pagar un piso, así que empezaban a verse obligados a vivir juntos tras abandonar el domicilio paterno (porque, entonces, raro era el joven que al cumplir 23 años seguía en la casa de sus padres). Especialmente a partir de 1973, cuando estalló la primera crisis económica mundial de la postguerra que ponía broche final a los “treinta años gloriosos” de la economía, los salarios se estancaron y, a partir de ese momento, fueron perdiendo, cada vez más,  poder adquisitivo, el paro aumentó y puede decirse que uno de los factores que contribuyeron al éxito de esta serie fue que respondía bastante bien a la realidad de la juventud británica de la época.