FICHA TÉCNICA
Marty Supreme se inspira libremente en la figura de Marty Reisman, legendario jugador profesional de ping-pong estadounidense, conocido tanto por su talento como por su carácter excesivo, su vida errante y su relación casi patológica con la competición.
Josh Safdie aborda el material no como un biopic clásico, sino como un retrato nervioso de la obsesión, la masculinidad performativa y el precio psicológico del genio autodidacta. No interesa tanto el éxito deportivo como el desequilibrio interior que lo sostiene.
Hablando de la película…
Anécdotas y curiosidades
Primer proyecto en solitario de Josh Safdie tras la ruptura creativa con su hermano Benny. Marty Supreme funciona también como una declaración de intenciones de autor. más introspectiva y menos coral que Uncut Gems.
Timothée Chalamet se entrenó intensivamente en ping-pong, trabajando con jugadores profesionales para dominar no solo la técnica, sino la gestualidad nerviosa, casi teatral, de Reisman. El objetivo no era la perfección deportiva, sino la fisicidad obsesiva.
Rodaje en localizaciones reales de Nueva York, incluyendo salas de juego marginales, clubes deportivos envejecidos y espacios poco glamurizados, reforzando el tono sucio y casi documental.
Gwyneth Paltrow regresa a un papel dramático exigente, alejándose de su imagen pública asociada al bienestar y el control, para encarnar una figura ambigua, emocionalmente esquiva.
Tyler The Creator aporta una presencia excéntrica y magnética, alineada con el gusto de Safdie por personajes que desestabilizan el eje narrativo.
El montaje, como es habitual en Safdie, prioriza la sensación de asfixia y urgencia, incluso en escenas aparentemente triviales.
5 escenas clave
1. El primer duelo clandestino
Marty juega en un sótano mal iluminado contra un rival mayor, entre apuestas mínimas y miradas de desprecio. No es solo un partido: es una prueba de identidad. El ping-pong aparece ya como sustituto de cualquier vínculo humano.
2. Entrenamiento compulsivo en soledad
Secuencia casi muda: Marty golpea la pelota contra la pared durante horas. El sonido repetitivo se vuelve opresivo. Safdie convierte el gesto mecánico en síntoma de alienación.
3. La humillación pública
Un torneo oficial donde Marty pierde por arrogancia más que por falta de talento. El fracaso no lo humaniza: lo vuelve más agresivo, más errático. Aquí se quiebra definitivamente la idea del “héroe deportivo”.
4. La escena íntima fallida
Un intento de conexión emocional (probablemente con el personaje de Paltrow) que se desmorona porque Marty solo sabe hablar de sí mismo, del juego, de la victoria. El ping-pong como lenguaje único y cárcel emocional.
5. El partido final
No se presenta como clímax glorioso, sino como desgaste físico y mental. Ganar o perder es secundario: lo importante es el vacío posterior, cuando la obsesión ya no tiene a quién devorar.
El personaje de Marty es un superviviente, pícaro y la obsesión es un elemento nada censurable para cualquier profesional del deporte o de otros ámbitos. Su obsesión arrolladora, compulsiva, trágica y a la vez cómica, por la parodia de si mismo.
Marty Supreme: obsesión sin culpa
Marty no es un adicto a corregir ni un genio a domesticar. Es, ante todo, un superviviente. Un pícaro urbano que aprende a leer el mundo como una mesa de ping-pong: anticipando el golpe, engañando al rival, usando el error ajeno como ventaja. Su obsesión no es una patología a censurar, sino una herramienta de supervivencia en un entorno hostil, competitivo y profundamente desigual.
En Marty Supreme, la obsesión no se juzga. Se asume. Porque en el deporte, como en el arte, la ciencia o cualquier oficio llevado al límite, la obsesión es condición de posibilidad. No hay excelencia sin repetición enfermiza, sin aislamiento, sin una cierta ceguera voluntaria hacia el resto del mundo.
Obsesión arrolladora: trágica y cómica
Lo fascinante del personaje es que su obsesión es desbordada y excesiva, pero también paródica. Marty es consciente, a ratos, de su propia caricatura. Se interpreta a sí mismo como mito viviente, como leyenda ambulante, como campeón incluso cuando nadie lo está mirando. Ahí emerge el tono safdiano más interesante: la obsesión no solo destruye, también ridiculiza.
Marty resulta trágico porque no sabe vivir fuera del juego, pero es cómico porque su épica es desproporcionada, exagerada, casi grotesca. La grandeza y el patetismo conviven sin jerarquía.
El pícaro como figura moderna
Lejos del biopic edificante, Marty pertenece a la estirpe del pícaro contemporáneo: No busca redención. No aspira a la normalidad. No pide comprensión.
Sobrevive porque insiste, porque vuelve a golpear la pelota incluso cuando el cuerpo ya no acompaña. Su ética no es la del éxito, sino la de la resistencia.
Una obsesión que no pide perdón
Safdie no propone una fábula ejemplar. Propone una observación incómoda: la obsesión que produce monstruos es la misma que produce leyendas. Separarlas es un lujo moral que solo pueden permitirse quienes no compiten.
Marty Supreme no pregunta si la obsesión merece la pena. La da por hecha. Y nos deja con la risa amarga de quien reconoce en Marty algo demasiado humano.
Hay un tema que nos heló la sangre a los críticos de cine que estuvimos en el pase de prensa aunque enseguida lo entendí porque soy fan de Larry Davis. Sin más misterios a que me refiero: hizo una "broma" que no pude escribir textualmente porque la vi en el cine y a oscura, iba de Auschwitz y el personaje de Marty que representa estar el los años 1950 dice con claridad: "Solo yo puedo hacer un chiste de ese nivel porque soy judío". Y a eso enlazo con Larry Davis. La serie Curb Your Enthusiasm nos hace reír porque al ser judío hace chiste de las peculiaridades más cómicas. Otra de la que me acuerdo es de Ricky Gervais le cuenta un chiste sobre el Holocausto a Jerry Seinfeld, pero que Jerry no se ríe porque el chiste lo hace un "goim"
1. El chiste de Auschwitz en Marty Supreme
Lo que hiela la sangre no es el contenido, sino el marco. Safdie sabe exactamente lo que está haciendo: coloca el chiste en boca de un personaje judío, situado en los años 50, cuando el Holocausto no es memoria museificada sino herida reciente, aún sangrante.
Cuando Marty dice algo así como “solo yo puedo hacer un chiste así porque soy judío”, no está pidiendo permiso:está marcando frontera.
No es humor para rebajar la tragedia, sino humor como apropiación del trauma. Una forma brutal, incómoda y muy judía de decir: esto es nuestro dolor, y también nuestro lenguaje.
Y ahí Safdie no se equivoca: ese tipo de humor existió. No en los salones, sino en los márgenes, en los vestuarios, en los bares, en los espacios donde el sarcasmo era una forma de no volverse loco.
2. Larry David y el humor como autopsia cultural
Referencia a Larry David es clave.
Curb Your Enthusiasm funciona porque Larry no hace chistes “sobre los judíos” para los demás, sino desde dentro, con una mezcla de autoescarnio, neurosis y falta absoluta de épica. No hay solemnidad, pero sí conciencia de pertenencia.
Larry David se ríe: de la culpa, del victimismo, del exceso de ritual, de la identidad como corsé
Y lo hace porque no está negando la historia, está viviendo con ella encima.
Eso conecta directamente con Marty: la broma no busca risa fácil, busca afirmación identitaria en forma de provocación.
3. El ejemplo Gervais–Seinfeld: cuando el problema no es el chiste, sino quién lo cuenta
Ricky Gervais le cuenta un chiste sobre el Holocausto a Jerry Seinfeld y Jerry no se ríe. No porque no entienda el mecanismo cómico, sino porque viene de un goim.
Ahí no hay censura moral: hay desconfianza histórica.
El mismo chiste: en boca de un judío → puede ser autocrítica, supervivencia, exorcismo en boca de un no judío → suena a apropiación, frivolidad o falta de riesgo personal
No es una cuestión de “lo que se puede o no se puede decir”, sino de quién paga el precio simbólico del chiste.
4. ¿Mi opinión?
Creo que la escena de Marty Supreme es incómoda a propósito, y hace bien en no suavizarse. No está ahí para provocar titulares, sino para recordarnos algo esencial: Hay humores que no buscan absolución, solo pertenencia. El error sería leer la escena como una provocación posmoderna. No lo es. Es histórica, identitaria y cruelmente honesta.
La escena funciona, no como chiste, sino como acto cultural.
También hay otra escena significativa que me llamó la atención: el romper un trozo de piedra de una Pirámide en Egipto, haciendo un regalo a su madre "porque lo contruyeron ellos "los judíos". Esa escena es tremenda. Y no por lo pintoresca, sino por la cantidad de capas incómodas que activa en apenas un gesto.
Voy al grano, porque aquí Safdie afila de verdad.
La pirámide como botín identitario
Romper un trozo de una pirámide —acto vandálico, casi infantil— para regalárselo a su madre no es un gesto de orgullo histórico, sino de apropiación mítica. Marty no dice “los judíos participaron”, dice “la construimos nosotros”. No es historia: es relato heredado.
Y ahí está lo interesante: Safdie no valida el mito, lo expone. La frase No es para oprimir a otros, sino para blindarse frente a un mundo que percibe como permanentemente hostil.
Decir “las pirámides las construimos nosotros” es el gesto del que necesita creer que pertenece a algo antiguo, poderoso, indestructible.
La madre: transmisión sin filtro
Que el regalo sea para su madre es clave. La escena habla de cómo las identidades se heredan como relatos, no como datos.
Como verás tiene mucha tela que cortar esta película. Me dolió un poco que perdiera Japón al final del partido de ping-pong porque soy una enamorada del cine japonés. Que me doliera que perdiera Japón es porque no es ideológico: es cinefilia sentimental.
Y tiene gracia (y mala leche safdiana) porque Japón, en el ping-pong, representa todo lo contrario a Marty: disciplina, elegancia, técnica depurada, tradición sin alarde
Mientras que Marty es: improvisación, ruido, trampa simpática, ego desbocado
Que gane Marty no es una victoria “justa”, es una victoria narrativa: gana el pícaro sobre el sistema, el exceso sobre la forma, el caos sobre la ceremonia. Y claro… eso duele cuando una ama el cine japonés, que suele apostar por la contención, el silencio y el gesto mínimo.
Si por mi fuera el Oscar 2026 se lo daría a Timothée Chalamet. Olé y olé.
Amor DiBó
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