sábado, 28 de febrero de 2009

Generación Tapón... si destacas, al rincón de Estebán Hernández

Generación Tapón: si destacas, al rincón
Nunca llegarás arriba porque los que mandan, gente acomodada, gris y antigua, ejercen de barrera.
Nunca llegarás arriba porque tienen miedo a las innovaciones, al talento, a que les quites el puesto.
En síntesis, esa es la situación en que, afirman los implicados, vive la Generación Tapón, supervivientes de la segunda fila que Manuel Duarte, ex becario, ex contratado temporal y estudiante de un nuevo posgrado define como “profesionales de la fontanería”. No estamos hablando de ese becario que la empresa destina a llevar cafés y a hacer fotocopias; mas al contrario, “se trata de profesionales preparados que toman decisiones y hacen correctamente su trabajo pero que chocan con el muro insalvable que colocan los de arriba”. Y el problema añadido, asegura Duarte, de sufrir esa barrera, es tener que aguantar que quienes toman las decisiones “se apropien de nuestras ideas, proyectos y trabajos o se mofen de lo que producimos”.

Sin embargo, desde ámbitos empresariales se ven este tipo de afirmaciones como producto del resentimiento y como prueba del fracaso de personas que carecen de paciencia o que no han sabido superar las pruebas de calidad que la vida les ha ido colocando. De modo que el primer asunto sería preguntarnos si existe de verdad una Generación Tapón o si ésta no es otra cosa que la invención de una mediocridad rencorosa. Para Augusto Zamora, profesor de Derecho internacional en la Universidad Autónoma de Madrid, no hay manera de ponerla en duda: “las estadísticas mandan y son muy evidentes”.

Coincide el bloguero y periodista de La Voz de Galicia Nacho de la Fuente: “por supuesto que existe una Generación Tapón. Nunca hubo tantos profesionales tan bien preparados como ahora y con tantas ganas de progresar en sus trabajos y empresas. Y es algo que sucede en todos los sectores profesionales, pero especialmente en aquellos en los que hay mayor competitividad y donde la creatividad es un valor añadido”. Que son, además, aquellos en los que más patente se hace la distancia entre los discursos y las prácticas, entre lo que se dice y la realidad cotidiana. En España, señala de la Fuente “si alguien destaca en alguna faceta de su trabajo, lo normal es que sus jefes lo desplacen de forma sibilina para que no les cause problemas y para que no suponga un peligro para sus puestos. En otros países, como es el caso de Estados Unidos, al que destaca le aplauden y le recolocan para que sus habilidades vayan en consonancia con su puesto de trabajo”.

Las consecuencias inmediatas de la existencia de tal barrera son de orden material. La situación típica sería la del treintañero mileurista y con hipoteca que malvive en los estratos inferiores de la empresa rogando no quedarse sin trabajo. También afecta, según de la Fuente, a quienes rozan o superan los 40 años, que están viendo cómo sus oportunidades se disipan con el paso del tiempo “porque encima de ellos hay una generación que no sabe o no quiere darles protagonismo”. Y sería también el caso de jóvenes que están en la frontera (por arriba y por abajo) de los 30 y a los que, asegura Duarte, “los términos mileurista e hipoteca les quedan demasiado lejos. Para muchos de nosotros, ochocientoeuristas/novecientoeuristas, adquirir una casa es más una utopía que una posibilidad real”.

Hablamos, pues, de un sector de la población que creyó que los estudios les proporcionarían un trabajo acorde con su formación, que entendía las situaciones precarias como una inversión para el futuro y que no llegó a ver los réditos de tales esfuerzos. “Nos inculcaron la idea de la meritocracia e invertimos nuestros años en acumular títulos. De hecho, una gran mayoría sufrimos de “titulitis peterpaniana” intentando acumular diplomas y especialidades porque pensamos que de algo nos servirá el día de mañana. Pero el mañana llegó ya hace años”.


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