domingo, 30 de abril de 2017

BCN FILM FEST... TESTIGO. No se fíe si le ofrecen mucho dinero por un trabajo simple


¿Han visto alguna vez una película de esas que mantienen el interés desde el principio, que incluso están bien llevadas, pero que en el momento en el que se avecina el tramo final, da la sensación como que le falta algo? Seguramente, ha sido así: sucede en todos los géneros. Es la sensación que nos ha quedado después de ver Testigo (2016, La mécanique de l’ombre) en el Barcelona Film Fest – Sant Jordi. De su director Thomas Kruithof se sabe poco. Al parecer, se trata de un autodidacta que tiene en su haber un documental sobre un centro de retención de ilegales y poco más. La película nos introduce en una trama de corrupción política que envuelve a un sujeto gris al que se le pide que realice la transcripción del contenido de unas llamadas telefónicas interceptadas. 

La película puede definirse como un thriller de carácter político con elementos propios de las películas de espionaje. No reproduce ni está inspirada en hechos reales, pero algunos elementos de la trama nos aproximan a episodios relativamente recientes de la vida política francesa en donde las intervenciones telefónicas y las negociaciones con terroristas se han convertido en el pan de cada día. En ese sentido, la película tiene cierta sordidez y actualidad. 

Se suele decir que el mundo se divide entre “los que saben” y “los que no saben”. Los primeros dominan un mayor o menor número de secretos y misterios. Los segundos, ó bien se mueven como sonámbulos ignorantes de quién mueve los hilos, ó los hay que, por algún motivo, acaso por ejercer momentáneamente un oficio que les permita sobrevivir, se topan con secretos que pueden poner en peligro sus vidas. No es que hayan logrado descorrer la cortina de la opacidad sino que apenas han tenido acceso al reflejo de algún misterio parcial. El protagonista, encarnado por François Cruzet, pertenece a estos últimos. Una misteriosa organización de la que no está clara su naturaleza, le propone transcribir una serie de llamadas telefónicas producto de interceptaciones. Debe hacerlo aislado en la soledad de un apartamento y provisto de una vieja máquina IBM de bolas, punteras en los años 80 y hoy consideradas como arqueológicas: así se evita que el texto transcrito pueda ser copiado por procedimientos digitales y termine protagonizando una fuga de información. En el curso de la transcripción, el protagonista intuirá la existencia de una red de corrupción e ignora cómo debe reaccionar. Es consciente de que, sea cual sea la decisión que adopte, correrá riesgos.

Hasta aquí todo está muy bien llevado. Los encuadres son buenos, los claroscuros excepcionalmente descriptivos, los actores cumplen su función. No hay nada que chirríe ni nada que desentone. La bola de la IBM golpea el papel mientras el protagonista, cada vez más asustado por lo que está conociendo, es consciente de que se está introduciendo en un mundo peligroso y desconocido para él. ¿Servicios de inteligencia, redes privadas de información? ¡qué importa! Está quedando expuesto a ser eliminado en cualquier momento.


Es en el último tramo de la película cuando esta no está a la altura de lo que precede. Hubiera sido necesaria algo más de calma y de claridad en el broche final. Si de algo se puede acusar a esta cinta es de haber concluido precipitadamente. Pero es derecho de las óperas primas (y esta lo es) contener algún elemento disonante. No ha sido un mal comienzo el de Thomas Kruithof: la película es digerible, entretenida y llevadera. Gustará a quienes gusten temáticas políticas que ellos mismos pueden completar con su imaginación.

BCN FILM FEST... Día de Patriotas en Boston


Por azares del destino, el día del atentado terrorista en el Maratón de Boston, el 15 de abril de 2013, no andaba muy lejos de los EEUU. El impacto que supuso aquel atentado tuvo tal alcance que repercutió incluso en el vecino Canadá en donde nos encontrábamos. La reacción que percibimos en vivo y en directo, fue muy diferente a la que suelen tener este tipo de acciones en Europa.

Lamentablemente, el terrorismo yihadista va dando zarpazos a diestro y siniestro en el Viejo Continente y sorprenden las reacciones tan timoratas que registra en su contra y que, habitualmente, se limitan a lamentar los muertos, evitar recordar que han sido asesinados por extremistas pertenecientes a una confesión religiosa muy concreta, difundir consignas buenistas y velar por los derechos humanos de los asesinos intentando, para colmo, encontrar explicaciones e incluso justificaciones para su proceder… 

En EEUU, en cambio, el dolor ante los muertos, genera irá, deseo de que los culpables sean cazados lo antes posible, estimulan el patriotismo y movilizan a la población para identificar y localizar a los terroristas. Así pues, cuando veamos esta película, Patriots Day, debemos de tener presente estas consideraciones: lo que se nos muestra es lo ocurrido en una ciudad de los EEUU país cuya reacción ante el fenómeno terrorista es muy distinta a la habitualmente se produce en Europa ante fenómenos similares. Si uno está dispuesto a reconocer esta diferencia, conviene que vea esta película, de lo contrario, absténgase. 

Patriots Day nos aproxima a lo que ocurrió después del atentado de Boston y cómo se localizó a los terroristas. Como siempre que se dice que una película “está basada en hechos reales”, hay que poner ciertas reservas: si queremos saber cómo fueron los “hechos reales”, mejor recurrir a documentales. Patriots Day es una película de acción y dramatismo, no una reconstrucción histórica. Lo que si recoge la película con alto grado de verosimilitud es la reacción global de la ciudad contra un ataque terrorista: todos arrimaron el hombro para tratar de localizar a los asesinos lo antes posible en lugar de apresurarse a cambiar los iconos de sus perfiles en facebook por aquellos cursis y blandengues “Yo soy Charlie” que tanto predicamento tuvieron en Europa. El 15 de abril de 2013, el terrorismo declaró la guerra a Boston. Bostón ganó.

Algún crítico ha dicho que la película destila “patriotismo barato”. Si el patriotismo fuera “caro”, no sería patriotismo, sino un objeto de lujo. Afortunadamente, el patriotismo está al alcance de todos: evidencia un alto sentido de unión con lo que es una comunidad, no sólo con su presente, sino también con su pasado y la voluntad de construir un futuro común. Valores que están en vías de perderse en la Vieja Europa pero que aún siguen vivos en EEUU. Obviamente, existe una carga política en el film (¿cuál no la tiene?) pero resulta bastante razonable llamar a la colaboración ciudadana cuando aparezcan –porque aparecerán más, están apareciendo casi todas las semanas en Europa- atentados de este tipo. 


El director Peter Berg ha hecho un trabajo en ciertos momentos electrizante, con un Mark Wahlberg comedido y sin estridencias en su rol protagonista. Vemos también a John Goodman como comisario de policía y a Kevin Bacon como agente responsable del FBI. Es de agradecer también que el director no haya cargado las tintas al describir a los dos hermanos Tsarnaev que cometieron el crimen (interpretados por los muy convincentes Alex Wolff y Themo Melikidze. Quizás adentrarse en la psicología que llevó a este par de yihadistas a tener sus quince minutos de fama mediática asesinando a tres personas  causando 250 heridos, constituya uno de los factores imprescindibles y más meritorios de esta película. 


No es una película de 10, pero sí una película aceptablemente bien construida y detallista. Quizás su metraje sea excesivo y hubiera podido concentrarse en algunos tramos, pero el efecto resultante tiene bastante más de positivo que de negativo y el mensaje que transmite –guste o no guste- diáfano y sin equívoco. Si no volvieran a producirse más atentados yihadistas, valdría la pena ver esta cinta como un ejercicio de reconstrucción histórica. Pero, a la vista de que en Europa, los atentados low-cost ya han alcanzado una cadencia semanal, conviene no perderla de vista porque así se pelea contra el terrorismo.

jueves, 27 de abril de 2017

BCN FILM FEST... Plan de Fuga


A la vista de un largo reguero de decepciones, cuando se trata de ver una película española (y hoy, incluso, una muestra del cine francés), hay que valorarlo. Existe un alto porcentaje de que nos veamos decepcionados y maldigamos la hora en que nos sentamos en la oscuridad de la sala, con mentalidad fatalista, dispuestos a ejercer de sufridores. Por ello y a la vista de la densidad de las proyecciones en la semana del Barcelona Film Fest – Sant Jordi, estuvimos a punto de perdernos la película de Iñaki Dorronsoro, Plan de Fuga. Ahora sabemos que lo hubiéramos lamentado. Es, seguramente, una de las cintas más convincentes y entretenidas que se han proyectado en el curso de esta semana de atracón cinematográfico. Nos explicamos.
En Plan de fuga han ido a converger tres elementos que, cuando coinciden, dan lugar a una película que satisface las expectativas del público más exigente: un guión bien atado, una dirección sólida y una interpretación convincente. Los tres elementos están presentes en esta película. A Dorronsoro se deben los dos primeros elementos: ha sido a la vez, guionista y realizador. Es su segunda película después de aquella otra que dirigió en 2006, La distancia, y en la que también fue guionista y director. De hecho, el tema es similar: bajos fondos, sordideces, delincuencia. Si en aquella ocasión, la película nos sumergía en el mundo del boxeo, ahora, en Plan de fuga nos sitúa al intríngulis de una banda de atracadores del Este (vivimos tiempos en los que la globalización ha llegado también al mundo de la delincuencia). Hay, en efecto, bandas como la que nos describe Dorronsoro. 
La película, por tanto, tiene una alta dosis de realismo que queda reforzado por las actuaciones de los tres actores protagonistas: Alain Hernández (desde 2011 parece no hacer ascos a ningún registro que le exija el guión y que siempre muestra una gran versatilidad, haciéndose querer por las cámaras, sosegado y eficiente que por cierto... tiene una sonrisa que se agradece), Luis Tosar y Javier Gutierrez (de los que alabar sus calidades interpretativas sería recordar lo obvio y que repiten aquí actuaciones de bandera). 
En una película de género negro lo que puede exigirse es que el guión sea entretenido. No existe una acción trepidante durante los 105 minutos de proyección, lo que existe es una historia ordenada, bien contada, coherente, que puede recomendamos ver para un público que tiene prevenciones ante el cine español. Siempre hemos dicho que, incluso en las profundidades históricas del cine español, el género negro fue uno de los que mejor se han sabido cultivar y el que, probablemente, haya mantenido una media de calidad más alta: tenemos en mente ahora mismo, El crack (1981) de Garci con su secuela, o las recientes Cien años de perdón (2016) y la inolvidable La isla mínima (2014) o la ya remota A tiro limpio (1963) de Pérez-Dolz. Plan de fuga puede incorporarse tranquilamente a este pelotón de películas que nos reconcilian con el cine español.

En el festival de Málaga, donde se presentó esta película, Plan de fuga se llevó el premio a la Mejor Música y, efectivamente, aun no siendo lo mejor de la película, merece también tenerse en cuenta. En general, la cinta gustará a los habituales del género negro, por supuesto a los que estén enganchados a las actuaciones del trío protagonista y a quienes aspiren a sentarse en la negrura de una sala de proyección y exijan que les cuenten historias serenas, seguras, intensas y con dosis de tensión, acción e intriga. 

BCN FILM FEST... Maudie de Aisling Walsh


La artritis reumatoide había hecho de Maud Lewis (1903-1970) una mujer deforme y pobre. Su madre le enseñó a dibujar pequeñas acuarelas inspiradas en motivos navideños para vender. Su marido, un pescador, tenía más éxito vendiendo estas pequeñas tarjetas que haciendo otro tanto con el producto de su trabajo en el mar. Su pintura tenía un estilo extremadamente colorista, luminoso y naïf. El brillo que no tuvo en vida supo trasladarlo a sus cuadros que frecuentemente representaban recuerdos de infancia, animales, flores y paisajes. Vivía en una minúscula casa de una sola habitación con altillo. Maudie era, al parecer, un personaje vivaz, optimista, maltratada por la enfermedad, que conoció a Everett Lewis, un pescador cuarentón que precisaba una asistenta para su casa. Lo que siguió fue una acelerada historia de amor: se casaron pocos meses después. Ella le acompañaba a vender pescado y, pronto vendió también las tarjetas que dibujaba. A la vista el éxito, él le animó a que aumentara su producción. Y esto es lo que nos muestra la directora canadiense Aisling Walsh en la cinta que lleva el nombre de la artista canadiense cuyo impacto en el arte popular canadiense tiende hoy a examinarse con mayor interés que en su época. 

La película, proyectada el 26 de abril en la Sección Oficial del Barcelona Film Fest – Sant Jordi, dejó muy buena impresión en la audiencia y gustó. Se trata de una película minimalista, intimista sobre aquella canadiense que maravilló al mundo con sus pinturas folk. Tres palabras definen la cinta: conquista – ternura – humor. Inicialmente, la atribulada chacha y el malcarado e iracundo pescador no parecían una pareja destinada a protagonizar una historia de amor como termina ocurriendo; la ternura es inherente a la protagonista, a su pintura y a su historia personal; y en cuanto al humor, no solo es inherente a la representación que hace de ella, Sally Hawkins, sino que también estuvo presente en el personaje. Cuando se habla de una película así se suele decir que es un “drama y un ejemplo de superación personal”. No son las frases que convienen aquí, sino más bien recordar a Maudie y a su marido (interpretado por Ethan Wawke) como dos fuerzas de la naturaleza de sentido opuesto, una de las cuales doblegó a la otra.

En cuanto a la directora de la película, Aisling Walsh, este es su primer largometraje, después de un largo aprendizaje en series y tv-movies. La directora, de origen irlandés y formada cinematográficamente en Inglaterra, asumió un reto: aproximar a una pintora desconocida fuera de Canadá, a un público que se deja impresionar ya por muy poco. La Walsh corría el riesgo de caer en la sensiblería ñoña o, simplemente, generar una fácil sensación de piedad distante como la que puede sentir el que da unos euros a cualquier ONG más o menos opaca. Sin embargo, ha conseguido aproximar el personaje al público y trasladar la idea de que la creación artística es una poderosa herramienta de liberación interior: quien tiene un mundo que expresar no precisa ni la comprensión, ni la solidaridad, ni la caridad. 


Seamos claros: no es una película que vaya a gustar a todos los públicos, pero sí gustará a todos los que sepan apreciar un trabajo de creación del personaje llevado exaequo por la guionista (Sherry White), por la directora y por la protagonista. Sin olvidar el buen momento artístico que está atravesando Ethan Hawke (con una docena de papeles muy convincentes, interpretados en los últimos tres años).

BCN FILM FEST... CHURCHILL por Jonathan Tepltzky


Estamos asistiendo a un bombardeo de biopics sobre Winston Churchill cuando se van a cumplir los 52 años de su muerte. No hace mucho, las dos plataformas de streamming estrenaron casi simultáneamente Into the Storm (2009, Durante la tormenta) y The Crown (2017, La corona), que se sumaron a largometrajes ya conocidos (Churchill: The Hollywood years [2004], El joven Winston [1972], Churchill’s Secret [2016]) y a innumerables documentales (La traición de Churchill a Polonia. El caso Sikorski [2011], sin duda, el más polémico), además se anuncia otra cinta en la que Gary Oldman se trasvertirá de Churchill..  así que, a estas alturas, dedicar una película a la figura del que fuera primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial, como ha hecho Jonathan Teplitzky, no constituye ninguna originalidad, ni tampoco podemos entender por qué ha sido estrenada en España en el Festival Internacional de Cine de Barcelona - Sant Jordi, siendo elegida para su Sección Oficial.

Jonathan Teplitzky ha optado por no biografiar la totalidad del personaje, sino apenas describir su supuesto estado de ánimo durante las 48 horas anteriores al desembarco anglo-americano en Normandía. La película se proyectará para el público español a partir del 25 de agosto y en el ámbito anglosajón a partir del 2 de junio, así que los asistentes al Festival de Barcelona, lo hemos podido ver con unos meses de anticipación, lo cual es de agradecer. La película va de lo que su título indica y de lo que se anuncia en el libro del Festival: no es un biopic, sino una simple acotación de 48 horas en la vida del personaje.

Sobre las cualidades técnicas de la cinta apenas vale la pena dar algunas notas: interpretaciones correctas, fotografía buena, puesta en escena teatral y de calidad, factura casi shakespereana y la dirección comedida y aceptable. Ahora bien… En esta cinta, como en el resto de productos cinematográficos filmados sobre el personaje, es preciso tener en cuenta algo: en la Segunda Guerra Mundial (como en la guerra del Golfo, en la guerra civil de Libia) hubo vencedores y vencidos. La antigua máxima clásica “Vae victis” (¡Ay de los vencidos!) sigue vigente. En efecto, la ventaja del vencedor es que impone su “relato” del conflicto en el que ha participado. El vencido, en cambio, pierde el control sobre ese “relato” y, su situación, no le permite elaborar otro alternativo. Es curioso que el único producto fílmico que hemos mencionado y que resulta crítico con la figura de Winston Churchill (WC), sea un documental alemán, es decir, elaborado por los que fueron vencidos en 1945. De la misma forma que es significativo que en 2017, cuando ha transcurrió más de medio siglo de su muerte, la figura de WC se siga valorando de manera subjetiva (olvidando su papel real en la historia del siglo XX).

Churchill era desde 1937 un “halcón”. En el Reino Unido, cuando nadie quería embarcarse en una guerra y Alemania aspiraba a un pacto con el gobierno británico (ya había firmado un acuerdo naval), Churchill, una y otra vez clamaba a favor de la guerra… seguramente porque en esa época, en tanto que representante de los intereses armamentísticos era consciente que los efectos de la crisis de 1929 no se superarían salvo con un nuevo conflicto mundial que pusiera de nuevo en marcha la producción industrial. 

WC hizo todo lo posible para que estallara la guerra durante la llamada “cuestión de los Sudetes” (cuando Alemania pedía la incorporación de territorios de habla alemana que hasta 18 años antes formaban parte de su comunidad)  y lo consiguió.

La catadura moral de WC se mostró en los últimos días de guerra, cuando ordenó a la aviación anglo-americana que bombardeara ciudades alemanas que nunca antes habían sido tocadas y que carecían de importancia militar, cuando la guerra ya estaba ganada, solamente para tratar de amedrentar a la URSS. Porque Stalin fue el único que entendió bien el problema de Churchill cuando, al iniciarse la conferencia de Yalta, le regaló una caja de buen Whisky: era necesario cultivar el alcoholismo crónico de WC si se trataba de negociar con él. Por lo demás, el otro interlocutor en Yalta, era un anciano decrépito, en silla de ruedas que fallecería unas semanas después: el presidente Roosevelt. En aquellos meses, simplemente, WC fue el artífice de la entrega de Europa del Este y de los Balcanes a la URSS, cuyas consecuencias se prolongaron durante 40 años y solamente terminaron con la caída del Muro de Berlín en 1989. 

No, WC no fue un personaje histórico de honestidad, lucidez y moralidad indiscutible. Decir de alguien que fue un “genio político” es solamente reconocer que se impuso sobre sus adversarios, tuvo voluntad de poder y aplicó su propio “relato”. Para colmo, el episodio que nos cuenta Jonathan Teplitzky (cineasta australiano, artífice entre otras de las series Broadchurch y Marcella y de los largometrajes Burning Man y Un largo viaje) en su película evita decir que hoy los especialistas consideran el “desembarco en Normandía” como una operación mal planteada, catastrófica por el número de bajas propias y que hubiera fracasado de no ser por la aviación estratégica aliada que desarticuló la retaguardia alemana bombardeando sistemáticamente pueblos y ciudades francesas… causando más bajas entre la población civil francesa que las causadas durante la invasión alemana de mayo de 1941. Porque si un “mérito” hay que reconocer a WC es el de haber impuesto el concepto de “aviación estratégica” que solamente empezó a aplicarse en 1942, basado en el bombardeo sistemático de la retaguardia (es decir, sobre la población civil) para desarticularla y debilitar el poder de resistencia en el frente (algo que es fácil deducir incluso para los no especialistas porque Alemania hasta el final de la guerra desarrolló solamente modelos de aviación “tácticos”, es decir, como apoyo del ejército de tierra, mientras que los aviones angloamericanos eran cuatrimotores de largo radio de acción y abultada carga, no precisamente de confeti). 

A lo cuestionable de la Operación Overlord se superpusieron las rivalidades entre el general norteamericano Eisenhower y el mariscal inglés Montgomery que, hasta el final de la guerra, estarían como el perro y el gato. Para colmo, Stalin presionaba desde hacía meses para que se abriera “un segundo frente” en el Oeste que descongestionara el “frente del Este”. La película nos muestra las dudas y vacilaciones que experimentó WC en esos días, las tensiones que debió soportar y las resistencias, interiores y exteriores, que hubo de vencer antes de adoptar la decisión final. 


Lo que no dice es que apenas unos meses después, en las elecciones, el pueblo inglés votó en contra de Churchill y le despojó de su rango de Primer Ministro… a él, al “artífice de la victoria aliada”. El “mito Churchill” fue construido por él mismo en sus interminables volúmenes de memorias, escritos en los años siguientes. Hoy, ese mito, sigue vivo: la película de Teplitzky es una contribución a su preservación, como si el mito se resistiera a dejar paso a la objetividad histórica. 

martes, 25 de abril de 2017

BCN FILM FEST... The girl from the song


Una de las películas proyectadas en la sección de Zona Abierta del Festival Internacional de Cine de Barcelona – Sant Jordi, The girl from the song da la sensación de ser una película norteamericana y no el producto del director creativo de Mayo Films especializada en videoclips, arte digital y spots. De hecho, la película, de 101 minutos, está muy bien presentada y sorprendería por su calidad al ser una ópera prima, si no tuviéramos en cuenta el trabajo previo realizado por Ibai Adab en cortos, documentales y la experiencia adquirida con su productora. 

La historia traslada el mito de Orfeo y Eurídice a nuestra época. Nos muestra a un estudiante de música que, de manera casual, conoce a un muchacha en Londres, mientras practica unos acordes. Ella es impulsiva y dominante, él meditabundo y sereno (lo que se dice un pardillo). No podían por menos que sentir una atracción irresistible. Todo va bien hasta que la chica, tan bruscamente como apareció, hace mutis por el foro y desaparece de la vida del estudiante. A partir de ese momento, siente que la vida ya no será igual para él; decide recuperarla a pesar de que se encuentre en un lugar inhóspito y remoto, el desierto de Nevada asistiendo a la concentración de Burning Man. Ella, por cierto, no está por la labor y hace de la “huida” permanente el leitmotiv  de su vida.

Y, a todo esto, ¿qué se cuece en estas concentraciones anuales? Empezaron a celebrarse en 1986 como fiesta de solsticio de verano quemando una estatua humana gigantesca (de ahí el nombre de Burning Man) a modo de falla. A la concentración que dura una semana acuden todo tipo de iniciativas alternativas, newagers, contraculturales e ingenuofelizotas. No miréis en el mapa, Black Rock City no existe fuera de los días en que tiene lugar el evento. Suelen acudir unas 50.000 personas. 

Dos elementos a destacar: el casting muy acertado y las localizaciones en el desierto de Black Rock, un lugar excéntrico y espectacular. La película inició su promoción como la primera película española en obtener un permiso para filmar el festival y completó su financiación a través de la plataforma IndieGoGo en una campaña de crowdfunding. Los protagonistas, Lewis Rainer (al que hemos visto recientemente en The Crash y La Muerte llega a Pemberley) y la francesa Josephine Berry (que recordábamos de L’Inmortel, dirigida por su padre y en la que, a su vez, ella aparece como la hija de Jean Reno), están brillantes y creíbles en sus actuaciones.

Si tuviera que exigir un "algo más"... sería en la fotografía, más creatividad en el lenguaje fotográfico. Quiero pensar que las medidas excepcionales restringieron algunos límites del Burning Man. 

La película es digna de verse y anima a permanecer atentos a lo que Abad hará en los próximos años. Ha empezado bien su ruta por el proceloso mundo del cine.

BCN FILM FEST... El Jardín del Artista: El Impresionismo Americano


En EEUU el arte empieza en el siglo XIX. Antes los colonos de nueva Inglaterra no estaban para recrearse el espíritu sino para sobrevivir y, antes aún, los nativos tenían como altares a la naturaleza y a los elementos y no precisaban construir grandes templos como Chartres, la catedral de Burgos o el Partenón de Atenas. Y en el siglo XIX, el arte que se creaba en EEUU iba a remolque del que surgía en los bistrós del Barrio Latino y en los arrabales de París. Hay un desfase de 20 años entre el impresionismo francés y el que empezó a practicarse en EEUU en 1880 y quienes llevaron ese estilo al otro lado del charco eran artistas que previamente se habían formado directamente con Monet (Theodore Robinson) o se habían hecho habituales de las exposiciones de arte francés (como Hassam). No había bistrós, así que los artistas norteamericanos se agruparon en “colonias”. Este fue el gran hallazgo del impresionismo americano: la naturaleza.

No nos cabe la menor duda de que, en un plazo más o menos breve, este documental será proyectado en TV2 y  generará una sensación indeleble en quienes tengan la suerte de verlo. Nos enseña mucho sobre las resistencias a transformar la sociedad rural norteamericana en sociedad urbana. Aquella nación era todavía joven en 1880. Apenas un siglo antes había tenido lugar la guerra de la independencia y la redacción de los primeros documentos que anunciaban las revoluciones burguesas que luego se extenderían por Europa. George Washington y sus compañeros aspiraban a preservar el espíritu independiente de los granjeros de Nueva Inglaterra que se convirtieron en el foco originario de los EEUU. Pero a mediados del siglo XIX la vida urbana empezó a crecer desmesuradamente. Cuando estalló la Guerra de Secesión americana ya existían grandes núcleos urbanos tanto en el Sur (que seguía siendo eminentemente agrícola) como en el Norte (más industrializado y, por tanto, con mayores concentraciones urbanas). El impresionismo americano es, seguramente, una de las últimas muestras, casi nostálgicas, de fidelidad al espíritu de los “padres fundadores”: la naturaleza que descubrieron los pintores expresionistas de aquellas latitudes durante su estancia en las “colonias artísticas” les hizo evocar con cierta nostalgia aquel pasado que se les escapaba de las manos.

Una cosa llamó la atención de aquella generación de artistas: la imagen del jardín. El primer jardín, el del Edén, fue construido por Dios; sin embargo, se atribuye la primera ciudad a Caín. El jardín es la naturaleza ordenada en función de criterios de estética y belleza, a diferencia del bosque, la naturaleza salvaje, caótica y desenfrenada. Esta última fue la que vieron los artistas impresionistas en estancias en el campo y la que nos muestra este genial documental de Phil Grabsky (el que hace unos años nos sorprendió gratamente su estudio sobre Matisse en vivo [2014] o su tetralogía sobre la música clásica dedicada a Chopin, Beethoven, Mozart y  Hayn). Proyectado en la sección de Exhibition of screen en el Festival Internacional de Cine de Barcelona – Sant Jordi, sorprendió a los presentes por su rigor y modales estéticos. El arte y la cultura le tiran a Grabsky que no puede evitar realizar incursiones una y otra vez sobre la materia. 


Hay algo a destacar: la voz en off que luce un inglés pefectamente modulado, tras la que se reconoce a la protagonista de The Fall o de la “inquietante agente Scully” de los Expedientes X: Gillan Anderson. En realidad, encontrar en nuestra época alguien que apueste por documentales de calidad como éste, es casi un verdadero Expediente X.

lunes, 24 de abril de 2017

BCN FILM FEST... Nagasaki: recuerdos de mi hijo


Bomba innecesaria, bomba criminal e inútil lanzada solamente para demostrar que se poseía capacidad destructiva, la que estalló sobre Nagasaki tiene un problema: fue la segunda. Hiroshima se llevó el recuerdo y los honores de ser la primera ciudad destruida por un ingenio nuclear. Y la cinematografía la ha recordado en películas tan emblemáticas como Hiroshima mon amour (1959), Children of Hiroshima (1952), Hiroshima más allá de las cenizas (1990), Sprit of Hiroshima (1996) y tantas otras… ¿Qué hay sobre Nagasaki?  Todos nos acordamos de quién fue el primer astronauta que pisó la Luna o sabemos que Colón descubrió América, pero mucho más difícilmente recordaríamos el nombre del segundo humanoide que se paseó por el satélite o quién capitaneó la cuarta carabela. Pero los segundones también merecen un homenaje, en especial si aportaron entre 90 y 120.000 vidas humanas. Hay algo de homenaje a la “segunda” ciudad destruida por una bomba atómica en esta película de Yôji Yamada, Nagasaki: recuerdos de mi hijo.

La protagonista de la cinta es “Nobuko” (Sayuri Yoshinaga), una comadrona que ejercía en Nagasaki. Su hijo “Koji” (Kazunari Ninomiya) ha sido una de las víctimas de la explosión nuclear: el 9 de agosto fue a seguir sus clases en la universidad y allí el fragor de la desintegración y la luz “brillante como mil soles”, se lo llevó. Han pasado tres años desde entonces. Japón se está reconstruyendo y los japoneses están haciendo otro tanto con sus vidas. Pero algo se ha detenido en la vida de “Nobuko” y ese día, el 9 de agosto de 1948, su hijo se le aparece de nuevo y volverá una y otra vez para mantener con su madre diálogos y compartir recuerdos del pasado, cuando casi todo era felicidad y esperanza.

La película tiene un tono onírico, casi fantasmal, que llevado por otro director hubiera caído en el ridículo o, simplemente, en lo parábola sensiblera, pero en manos de un director experimentado como Yôji Yamada (que tenía 14 años cuando estalló la bomba de Nagasaki) se convierte en una película atípica que arracima distintos géneros: hay en ella elementos de género fantástico (los muertos, nunca vuelven), un drama evidente (la muerte traumática no es ninguna broma) y pinceladas propias de la comedia (el género del que Yamada nunca puede prescindir del todo y que está también presente en Nagasaki: recuerdo de mi hijo). 

Recientemente, se ha estrenado en España, otra película de Yamada, Maravillosa familia de Tokio, en la que están presentes los mismos elementos que aparecen en esta cinta: cambiando una explosión nuclear y la desaparición de una ciudad, por el estallido contenido durante décadas de una mujer que bruscamente dinamita su propia familia, y el drama de la muerte, por el de la ruptura matrimonial, las pautas de ambas películas son paralelas y demuestran sobradamente la maestría de Yamada. 

Elementos que deben destacarse: en primer lugar, un casting excelente. En segundo lugar: resaltar lo evidente; es cine japonés y sus tempos y códigos de comunicación, tradicionalmente, no son los mismos de las cinematografías occidentales; así pues, lo que vamos a ver no es una película trepidante y acelerada, sino una ceremonia del té llevada al cine: parsimoniosa y delicada. Finalmente, un mensaje entregado por Yamada (que también ha elaborado lo esencial del guión): Hay que recordar y honrar a los muertos, y cuanto más próximos estén a nosotros, más hay que tenerlos presentes, pero también hay que dejar partir su alma, dejarlos descansar y no tratar de atraparlos en el mundo de los vivos. Eso, o de lo contrario, te vas con ello al reino de los muertos.


La proyección de esta cinta ha sido muy bien acogida por el público del Festival Internacional de Cine de Barcelna – Sant Jordi en su Sección Oficial y, sin duda, será una de las más recordadas cuando concluya el evento.




BCN FILM FEST... Las películas de mi vida por Bertrand Tavernier


Dentro del paquete de “Imprescindibles”, el Festival Internacional de Cine de Barcelona – Sant Jordi, ha proyectado el kilométrico documental Las Películas de mi vida (Voyage à travers le cinéma français) de Bertrand Tavernier, cuya carrera cinematográfica, ahora que va por los 75 años, es no menos kilométrica. Kilométrica por el metraje: 190 minutos, algo más de tres horas. Con menos, algunos han hecho una serie. La buena noticia es que nadie mejor que Tavernier para contarnos una historia del cine francés desde la postguerra hasta los años 70. Fue una época dominada especialmente por la nouvelle vague, el movimiento artístico que decretó la ruptura con el cine de papá y mamá, es decir, con el pasado. 

Tavernier en este documental-testimonio  trae a colación fragmentos de casi un centenar de películas filmadas en aquellos años! Seamos claros, Tavernier no ha sido nunca muy partidario de la estética ni de las ideas de la nouvelle vague a las que niega carta de naturaleza. Pero es, ante todo, un crítico cinematográfico y su despiece de este movimiento se hace con estilo, resaltando únicamente que el cine de Godard y de Chabrol, o el de Malle y Truffaut se parecen tanto como un huevo a una castaña (con la elegancia de no especificar cuál es el huevo y cuál la castaña). 

Las películas de mi vida, hace honor a su título: tomando como excusa las películas que le han marcado en sus años formativos, Tavernier ha seleccionado la impresionante muestra de 582 fragmentos pertenecientes a 94 películas para avalar sus afirmaciones. Al mismo tiempo, fragmentos de entrevistas con Godard, Chabrol, Langlois y con el propio Tavernier, obviamente, rematan una perspectiva crítica que puede calificarse como espectacular e incluso imprescindible para entender una época.

El documental es, sobre todo, una reflexión personal en voz alta y con una granizada de fragmentos ilustrativos que avalan sus afirmaciones. Tiene un problema: no es la historia del cine francés, sino sólo de un segmento de su historia. Y es una pena: porque algunos consideran que la “época dorada” del cine francés fue anterior a esos años y otros consideramos que la cinematografía francesa sufre hoy una pérdida de identidad y una desorientación  (que ha hecho que muchos hayan realizado voto de no ver productos galos mientras no se supere esa crisis) y hubiera valido la pena que el siempre razonable y agudo Tavernier nos explicara el por qué de esa crisis (en este festival de cine, la proyección de Ma Loute ha evidenciado la profundidad y trascendencia de ese momento  en el que se van apagando las luces de la creatividad, el buen tono y la poesía en los platós del vecino país.

La cinta de Tavernier no es una “guía de museo”, ni tampoco una reivindicación patrimonial de lo que fue el cine francés, es, sobre todo un agradecimiento a lo que otros directores le han aportado, conocimientos que Tavernier quiere transmitir al espectador. El rótulo que podría definir a esta película es “de un cinéfilo para cinéfilos”. Quizás lo más positivo de este documental y lo que merece destacarse –precisamente en contraposición a lo que fue la nouvelle vague– es que no cae absolutamente en la pedantería o la erudición gratuita, ni tiene los rasgos habituales de altanería del crítico que se cree siempre superior al objeto de su crítica a la que mira de manera distante. 


Para los que no quieran o no tengan tiempo de leer largas y sesudas obras críticas e históricas sobre el cine francés, el visionado de este documental les pondrá en la pista de lo esencial del tramo intermedio de aquella filmografía  marcada por la irrupción de la nouvelle vague que hoy puede ser redimensionada y considerada como historia. Las películas de mi vida, será, a partir de ahora, un material imprescindible para cine-fórums y cursos sobre cinematografía. Será difícil que después de este documental alguien vuelva a abordar.

domingo, 23 de abril de 2017

BCN FILM FEST... Su mejor Historia, un hijo de Dogma 95


El Festival Internacional de Cine de Barcelona – Sant Jordi, ha estrenado el mismo día dos cintas que muestran los resultados altamente positivos de la complicidad en el interior de la pareja. Por una parte, el caso de Marie Curie y su amante Paul Langevin y ahora esta otra que nos muestras a otra pareja a la que le encargan la realización de una película destinada a levantar la moral de la población británica en el año 1940. 

Estamos a mediados de 1940. Soplan tiempos difíciles para la Unión Jack: sus tropas han debido evacuar Noruega, a prisa y corriendo, donde habían acudido para bloquear al Tercer Reich por el mar. A poco de haber puesto pies en polvorosa de Escandinavia, el cuerpo expedicionario británico se había visto obligado a retirarse, prácticamente sin entrar en combate, arrollado literalmente por los tanques alemanes y obligado a reembarcar en Dunkerque con destino a las Islas Británicas; y, lo peor de todo: Francia se había derrumbado en tres semanas como un castillo de naipes. Los aviones ingleses apenas pueden contener a los bombarderos tácticos alemanes y el país está con la moral hundida, las zonas industriales bombardeadas y, en algunos casos, arrasadas. En esas circunstancias, el Ministerio de Información encarga a un equipo la realización de una película destinada a galvanizar a la opinión pública, levantar la moral y evitar que la mente de la población se obsesionara con la situación desesperada del Reino Unido. Pero, una vez se ha iniciado la filmación, los bombardeos de Londres interrumpen los trabajos. En ese momento, confluyen las vidas de distintos personajes que participan en el proyecto. El resultado de esas interacciones es una película entrañable y hecha para que el público disfrute.

Quizás con otro casting la cinta hubiera dado unos resultados más modestos, pero la química entre Gemma Arterton y Bill Nighy, y entre Sam Clafin y Lily James es, sin duda, lo mejor de la cinta. El guión se basa en una novela publicada por Lissa Evans en 2009. La cinta lleva el marchamo británico a pesar de estar dirigida por la danesa Lone Scherfig de la que recientemente hemos visto algunos episodios de la serie televisiva The Astronaut Wives Club (2015) dirigidos por ella y antes The Riot Club (2014) en la que participaba Sam Claffin que ahora repite colaboración con la danesa. La Scherfig es en la actualidad una de las directoras más internacionales de la pujante industria cinematográfica danesa y participó en el movimiento Dogma 95 promovido por Lars von Trier y Thomas Vinterberg que defiende la manera tradicional de hacer un cine basado en el tema y las actuaciones, excluyendo el uso de efectos especiales y que trataba de mantener al director en la categoría de “artista”, mucho más que en la de “operario”. A la vista de las creaciones de Lone Scherfig, los valores de Dogma 95 siguen vivos en su cine. La película Su mejor historia es buena muestra de ello.


La película lo tiene todo para gustar a un público muy amplio: quien busca un melodrama para tiempos difíciles, este registro está presente; si se tiene preferencia por la comedia, hay elementos que indudablemente pertenecen a este género y, más en concreto, por la comedia romántica. Si se busca un cine sobrio, esta película lo es, pero al mismo tiempo hay derroches de ingenio. Y, algo más: la cinta es particularmente elegante y pulcra. Si se es exigente en cuestión de fotografía, esta cinta satisface a los que aspiren a ver un espectáculo visual. Si se quiere ver a actores dando lo mejor de sí, todos los que participan en Su mejor historia, cumplen con creces. Así pues, esta película es como un caleidoscopio en el que a medida que avanza se nos muestran registros muy distintos dentro de un conjunto particularmente bien armonizado. Una distracción agradable y digna de verse, producto de un conjunto de sinergias positivas.

Hace gracia el guiño que Jeremy Irons hace al recordar las palabras que pronunció Enrique V en la batalla de Azincourt día de San Crispín según la obra de William Shakespeare..

BCN FILM FEST... Marie Curie biopic radiactivo


¿Quién nos iba a decir que la descubridora de la radioactividad iba a tener una vida personal tan intensa? Han pasado algo más de 80 años desde que falleció y, prácticamente, lo ignorábamos todo sobre su vida personal. Es cierto que en casos como los de Stephen Hawkins, Albert Einstein, Roberto Hoppenheimer o Werner Heisenberg, sus descubrimientos trascienden con mucho a su dimensión individual. 

Ocurre lo mismo en el arte: la vida personal de artistas del siglo XX como Picasso o Dalí fueron auténticas catástrofes y si midiéramos su legado por lo que fueron sus vidas, sin duda quedarían muy desvalorizadas. Por tanto, no estamos muy seguros de que realizar un biopic sobre la primera mujer que recibió, no uno sino dos Premios Nobel, sea una buena idea. La obra es superior al artista. Pero, al menos, hay que reconocer que los 95 minutos de duración de esta cinta de Marie Noëlle, al menos, son gratificantes y nos enseñan algo sobre la descubridora del Radio y del Polonio. 

La directora ha pretendido, sin duda, magnificar la figura de Marie Curie por lo que tiene de mujer apasionada. La historia nos sitúa a la científica que ha perdido a su marido y compañero de investigaciones en un trágico accidente. Nos encontramos en los primeros años del siglo XX. La ciencia es “cosa de hombres”. Así que, una mujer que, para colmo está viuda, es treintañera y tiene dos hijos, difícilmente podría abrirse camino de no ser una investigadora genial. No puede evitar enamorarse de otro compañero de profesión, Paul Langevin, hombre casado y siete años más joven que ella; uno de sus antiguos alumnos, por más señas. Recibe el Premio Nobel y, paralelamente decide hacer pública su relación. Esto colma el vaso: sus detractores la tacharán de adúltera y llegan a asediar su domicilio. Einstein, intentó sacarle las castañas del fuego a la científica. Su defensa dejaba mucho que desear y demostraba cierto machismo: la Curie, vino a decir, era inteligente y apasionada, pero en absoluto atractiva y, desde luego, su belleza no representaba una amenaza para ningún matrimonio. Sheldon Cooper no hubiera hecho una defensa menos eficiente. Sí, a veces con amigos así no hacen falta más enemigos.

De esto va la película: así pues, no es una biografía de Marie Curie, sino, en sentido estricto, una narración de aquellos locos años de su vida.

Se trata de la primera película dirigida por la alemana Marie Noëlle Sehr que previamente ha sido guionista de películas que remiten siempre a un tempo pasado: Luís II (2012), La mujer del anarquista (2008), incluso en la única película en la que ha trabajado como actriz ha sido en Picasso in München (1997). La dirección es rigurosa, la interpretación potente, el casting exigente y el montaje fluido. El papel protagonista corre a cargo –como no podía ser de otra manera- de la actriz polaca Karolina Gruszka que va por algo más de dos docenas de películas de las que Inland Empire (2006), La hija del capitán (2000) y La Salvación (2015) son las que han llegado a Europa Occidental. Obviamente, la Gruszka supone una versión “mejorada” de la científica, pero el cine es el cine, por mucho rigor que pueda tener el guión.


La película entretiene pero tiende a banalizar la figura de la científica. Sitúa al personaje al nivel de la telebasura y de la prensa del corazón. No es serio: un actor sabe interpretar o no sabe; eso es lo único que cuenta, no si le pega el salto a su mujer o se ha salido o no de la ebanistería. Lo que cuenta en un científico –lo que debe contar por encima de cualquier otra consideración- es si ha contribuido a hacer avanzar las fronteras de la ciencia y en qué medida. El resto, es irrelevante y mucho más a ochenta años de distancia. El caso Curie-Langevin es una anécdota en relación a su contribución científica. Por tanto, aun a pesar de habernos gustado la película y de recomendarla, cuando se han encendido las luces de la sala, no estamos muy seguros de si era éste el planteamiento que merecía Marie Curie quien, por lo demás, ya había advertido sobre la desconexión entre su trabajo científico y su vida privada. Si esta era su voluntad en 1910, con más razón habría que respetarla algo más de 100 años después.

Es muy interesante la fotografía, la música y las primeras secuencias, en técnicas cinematográficas, para trasladarnos a una época. 


Película recomendada a quienes busquen la expresión de sentimientos a través de fotogramas, a los habituales a los biopics y a los interesados por la relación entre mujer y ciencia. Estos serán, sin duda, los que mejor sabrán apreciar los valores de esta cinta.

sábado, 22 de abril de 2017

BCN FILM FEST... Norman, el conseguidor


Richard Gere acaba de presentar esta película en el 1er.Festival Internacional de Cine de Barcelona-Sant Jordi. Norman, la película protagonizada por Gere ha abierto las sesiones y, a pesar de que la rueda de prensa que siguió, demostrara un mayor interés por las opiniones personales de Gere que por la película que presentaba, lo cierto es que el film ha resultado interesante y, sobre todo, intenso. Su director, Joseph Cedar, ha conseguido condensar en un largometraje un guión elaborado por el mismo en el que se presenta al personaje y a sus circunstancias, se desarrolla una trama política, y se da un desenlace creíble, después de realizar alusiones políticas, económicas y religiosas. Parece increíble que 117 minutos den para tanto.

El protagonista, Norman-Gere, aparece como una especie de conseguidor solitario en zonas de poder económico, político y religioso.  En principio se mueve como un acosador... pero sus intenciones son otras: conseguir establecer una red propia de influencias. Te sigue y te persigue y además te envuelve manipulando como un mago con sus pañuelos de colores en este caso de una agenda amplia y entrañable de contactos que son humo en sus manos. Pronto, el espectador conoce mejor al protagonista que las personas a las cuales seduce. Las seduce para no estar solo, para pertenecer desesperadamente a algo o a alguien. 

Tanto Norman-Gere como el resto de protagonistas son miembros de la comunidad judía. Casualmente, el protagonista conoce a un joven político israelí, Micha Eshel (Lior Ashkenazi),  que se mueve despistado, solitario y deprimido, entre los escaparates de Manhattan. Norman le regala unos zapatos y trenza una buena amistad con él y, tres años después, sorprende convirtiéndose en Primer Ministro del Estado de Israel empeñado en resolver el consuetudinario conflicto judío-palestino. Al volver a EEUU, Norman pasa a saludarlo convirtiéndose en su “amigo americano”. A partir de aquí, el “conseguidor” obtendrá buenos dividendos de aquella amistad y podrá aportar fondos para una sinagoga en riesgo de ser incautada por los acreedores. La popularidad de Norman, tiene su parte negativa. Conoce a una mujer y no practica el consabido principio de que “todo lo que digas será utilizado en tu contra”, el ego le pierde.

Cedar ha acertado a la hora de mostrar el protagonismo casi mágico de una tarjeta de visita de apenas 6x9 cm. Nos viene a decir que, a pesar de Internet, de ipads y de tablets, la tarjeta de visita sigue siendo la reina de los contactos.

Durante la rueda de prensa, Gene –acompañado por el director y guionista de la película- dijo que su papel de interesó desde el mismo momento el que leyó el guion: “Me cautivó el universo del personaje y el desafío de poder representarlo. Era emocionalmente nuevo y su manera de actuar es diametralmente opuesta a como soy yo en realidad”. A pesar de negarse a declarar sobre el budismo y el Dalai Lama, lanzó algunas pildorillas inspiradas en la doctrina de Siddartha Gautama Buda: negó que en Hollywood la gente fuera particularmente horrible: “Todos somos iguales en todas partes y nos enfrentamos a los mismos problemas”. O dicho de otra manera: en todas partes existen gentes como Norman. Quizás en España sean más desaprensivos y depredadores, pero responden a las características del personaje descrito por Gere: “…es un completo imbécil, pero rinde tributo a la raza humana porque es ese tipo de persona capaz de superar cualquier dolor y derrota”. Sobre Trumb declaró que es “nuestro presidente” y, para valorarlo espera que pasen unos meses. Era evidente su interés, en la rueda de prensa, por no desviarse de la promoción de la película.

Y, a fin de cuentas, cabe decir que la película es convincente. El director, neoyorkino de nacimiento y judío de origen, manifiesta el interés de las nuevas generaciones judías que, tanto desde fuera del Estado de Israel como desde dentro, aspiran a que termine aquel conflicto y a que se inicie un período de coexistencia pacífica con los palestinos. 

La película es curiosa porque la mayoría de roles que corresponden a judíos norteamericanos están interpretados por no judíos (Steve Buscemi borda su actuación, esta vez como rabino, Michael Sheen aparece como sobrino de Norman, el propio Norman). Hank Azaria, por su parte, actor de origen sefardita nacido en Tesalónica, aparece, finalmente, como el espejo del propio Norman, en otra interpretación genial de este actor del que recientemente hemos disfrutado una fugaz aparición en la cuarta temporada de Ray Donovan.

La película es, en el fondo, un estudio sobre la personalidad del aspirante a ser hombre influyente. Vemos como Norman recurre a medias verdades, técnicas propias del estafador, exageraciones, y es, a fin de cuentas, un neurótico solitario que solamente aspira a ser querido y a estar próximo a los centros de poder e influencia. 


¿Vale la pena verla? Sí, por supuesto. Es una película curiosa protagonizada por un actor veterano (Gere acaba de cumplir 67 años) que ha ido ganando con la madurez. Además de entretenida y bien contada, la película resulta un condensado en el que aparecen muchas claves para entender la política de nuestra tiempo, la figura no regulada de los “conseguidores” y la naturaleza del conflicto judío-palestino. 

viernes, 21 de abril de 2017

BCN FILM FEST... Rueda de Prensa con Richard Gere y Joseph Cedar



El personaje de Norman que defiende Richard Gere en la película, contestando a múltiples preguntas afirma que, le conmueve por su necesidad de "pertenecer a algo ó a alguien", un personaje solitario que antes de morir no desea ser invisible. 
Ya se sabe que existimos... porque somos mirados por alguien. 






miércoles, 19 de abril de 2017

Ma Loute


Después de ver Ma Loute es preciso tomarse unas jornadas de reflexión y metabolizar lo que se ha visto durante los 122 minutos. Valdrá, además, la pena recordar aquello en lo que se ha convertido el cine francés en los últimos años. Vaya por delante que la colección de elementos de extracción muy diversa, no logran la unicidad que el director se proponía; el resultado final es disperso y, a todas luces, decepcionante. 

No se trata, en absoluto de una película original. A estar alturas, y en Francia, realizar una crítica de la alta burguesía parece algo ocioso. Lo hizo Jean Paul Sartre en sus obras de teatro, lo hizo Buñuel en su etapa francesa y, si se nos, apura, lo hizo Pierre Drieu la Rochelle en sus novelas de los años 30 y 40 (especialmente en Fuego Fatuo que Louis Malle llevó al cine en 1963). Y, si de lo que se trata es de realizar una parábola irónica sobre la burguesía, el canibalismo y la crisis económica, ahí tenemos Delicatessen (1991) de Jean Pierre Jaunet y Marc Caro que a pesar del cuarto de siglo que ha pasado desde su estreno sigue siendo más hilarante, con más gags de humor esparcidos por un relato que, como el de Ma Loute es, de tonos negruzcos e incluso siniestros.

Lo que no puede hacerse, a estas alturas, si uno aspira al marchamo de originalidad y honestidad creativa, es agarrar elementos dispersos, procedentes en parte de algún relato de Agatha Christie (Maldad bajo el sol), de Buñuel (El discreto encanto de la burguesía), de las Aventuras de Tintín (“Hernández” y “Fernández”, bombín incluido, rebautizaos como “Machín” y “Malfoy” apellido, ni siquiera original sino tomado prestado del ciclo de Harry Potter), de las películas líticas (litos=piedras, fósil) de El Gordo y el Flaco, elementos extraídos del famoso cómic de Tardi Adéle Blansec, mezclarlo con algunos gags dignos de Pepe Viyuela en sus comienzos, reproducir la temática de Delicatessen en la belle époque y añadir, como guinda, una familia de pescadores que no es sino la translación de aquella otra familia, los Sawyer, protagonistas de La Masacre de Texas (1974) proveedores de higadillos al cine gore de los 70 … pasar todo ello por la centrifugadora y afirmar que el producto resultante es “original y surrealista”, indica que se ignora lo que es la originalidad (la creación de elementos nuevos a partir de la nada) y lo que es el surrealismo (sacar a la superficie los estratos subconsciente de la personalidad sin limitaciones ni alteraciones).


¿Vale la pena resumir el argumento? En la costa del Canal de la Mancha se han producido unas desapariciones misteriosas. Nadie logra dar con los cadáveres ni con el paradero de una serie de turistas burgueses que han desaparecido en la zona. Dos inspectores estrafalarios llegan para tratar de elucidar lo ocurrido. El villorrio está poblado por pescadores y barqueros. Ma Loute es uno de ellos: se ha enamorado –y es correspondido– por la hija de unos burgueses tan acomodados como incestuosos, los Van Peteghem, que viven en una especie de casa de resonancias egipcias: tal es el punto de partida.

La película, debidamente metabolizada, se nos antoja la obra de un Doctor Frankenstein de guardarropía que volvió a intentar su experimento ayudado por un cirujano plástico. El resultado sigue siendo horripilante: quizás los zurcidos y costurones, los tornillos y las cicatrices quedarían algo atenuados por el bótox y los peelings, pero el resultado final sería antinatural. Al director no le ha salido el producto que pretendía, quizás porque hubiera debido emplear más tiempo en perfilar el guión o bien hubiera debido dejar el guión en manos de guionistas fogueados. 

En algunos momentos, la película causa vergüenza ajena: los gags cómicos no funcionan. El capital que supone la presencia de Juliette Binoche queda dilapidado en una película sin pies ni cabeza, en la que el director, para colmo, considera que su mérito es ese precisamente. Otro elemento dilapidado es la fotografía. Los encuadres, las localizaciones, la iluminación y las tomas, son de antología. Vale la pena recordar el nombre del director de fotografía y felicitarlo: Guillaume Deffontaines. Salvo estos dos nombres, el resto es completamente olvidable. Y ambos no han conseguido salvar una película basada en un guión insalvable.

Desde hace algunos años (dos décadas, para ser exactos) tenemos la sensación de que el cine francés está agotado. ¿Qué cuando empezó esa crisis? Los primeros atisbos se registraron en el estreno de Los amantes del Pont Neuf (1991) de Leos Carax, amores entre un vagabundo y una toxicómana, presentada en la época como la película más cara del cine francés y de una calidad argumental dudosa. Aquella película recogió elogios unánimes: si se ve hoy se percibe lo que ya era evidente en 1991, que se trataba de una película apta sólo para pedantes. La protagonista (sucia, colgada, alcohólica) era Juliette Binoche que en Ma Loute ha sido elevada a “gran burguesa”. Los elogios que recibió la película y el fracaso de público que supuso, constituyeron la primera grieta entre la industria del cine francés y su público natural. Desde entonces, lo que primero era solamente una fisura, se ha ido transformando en grieta, luego en brecha y actualmente revista las dimensiones de un abismo.

De tanto en tanto aparece alguna película notable, pero no desde luego con la cadencia de la época dorada de aquella cinematografía. Ese agotamiento ha venido, en parte, como producto de la corrección política. El director de Ma loute, Bruno Dumont es un arquetipo de este modelo desde que filmó sus dos primeras cintas: La vida de Jesús (1997) y La Humanidad (1999). A fuerza de insistir en lo “políticamente correcto”, la cinematografía francesa se ha alejado de la sociedad francesa. Ha dejado de interesar y, por tanto, ha dejado de crear obras maestras. Se ha limitado a buscar subvenciones y subsidios a fondo perdido y a tratar de “epatar” a una intelectualidad dispuesta a dejarse sorprender, pero sólo por los amigos. El resultado ha sido un cine francés parecido a una ballena varada en la playa, un gigante que está agonizando: ha perdido la identidad de su grandeza. En otro tiempo, una película francesa era garantía de buen hacer. Tras la inglesa, la industria francesa del cine era la más pujante de Europa. No en vano fue allí en donde nació la “nouvelle vague” y, antes incluso, donde se hicieran las grandes obras del género negro de postguerra. De todo eso no queda ya nada. Cada vez somos más los que antes de ver una película francesa miramos una y otra vez el tema, los nombres de los actores y el historial previo del director y, muchos más los que simplemente se declaran “objetores de conciencia” negándose a ver más cine francés.



Directores como Dumont se limitan a lanzar productos mal perfilados, escasamente refinados, pensando que los críticos amigos suyos y cultivadores de la misma “corrección política”, se encargarán de encontrarles méritos e intelectualizar sus valores. Unos nos dirán que Dumont vuelve a la carga con el tema de los “antagonismos de clase”, otros dirán que es una nueva versión del Romeo y Julieta o que se trata de una película de síntesis de todos los géneros habidos y por haber (comedia, drama, tragedia, terror, noir, social)… No se engañen: el cine es bueno o es malo. Cuando se intelectualiza suele ser malo. Y, en ocasiones como ésta, además de malo, es aburrido. Por eso muere el cine francés: porque además de la brecha entre directores y público, los críticos tienden a sobrevalorar películas que luego resultan decepcionantes para quien ha pagado la entrada. Para colmo,  se reparten alegre e inmerecidamente premios (Ma Loute se ha llevado un Giraldillo en el Festival de Sevilla de 2016 y nueve nominaciones en los Premios César entre otros al “mejor actor”, Fabrice Luchini que, por cierto, no está sino para recibir una reprimenda por su falta de convicción interpretativa) que abren una brecha adicional entre los intereses del público y una industria que premia tristes mediocridades.

viernes, 7 de abril de 2017

Life


Por Sofía Milà y Amor DiBó

Imagino una "mano de poker" cuyas 5 cartas te permiten conseguir la mano más valiosa en el juego "la flor imperial". Daniel Espinosa el director de Life se propuso reunir para su fantasía de ciencia-ficción a 5 actores que le dieran un baño de oro a su aventura que él a definido como "algo que podría pasar mañana".

Bien comencemos a conocer y disfrutar de su película Life

¿Es ciencia-ficción con thriller de terror ó es thriller de terror en cualquier escenario? lo pensamos porque que se podría haber rodado en un bosque inexplorado, en los confines de La Tierra, de esos que no están cartografiados, en una cabaña claustrofóbica teniendo a 5 personas con un elemento "inquietante" y estar en tensión de forma trepidante hasta el final. 

Que historia nos cuenta Life

La tripulación de la Estación Espacial Internacional recepciona una nave no tripulada en la que hay muestras de Marte. Su trabajo será comprobar si la tierra extraída del planeta rojo presenta indicios de vida. Cuando uno de los científicos a bordo examina la única célula encontrada, todo el equipo presencia un hecho insólito: la prueba incuestionable de que hay vida extraterrestre y además consiguen sacarla de su letargo provocando en ella una rápida evolución. 

Ante su asombro, deciden examinar y establecer el primer contacto con el organismo alienígena, al que le dan como nombre Calvin, pero descubrirán demasiado tarde que esta es más inteligente de lo que esperaban, hasta tal punto que sus vidas podrían estar en grave peligro. Ya solo les quedará salvar sus vidas y evitar que llegue a la Tierra, lo que provocaría una catástrofe.

¿Quién no se enamora de las obras que marcan nuestra historia y querer copiar como el niño que imita el comportamiento de sus padres?
Daniel Espinosa, como tu o como yo somos hijos de esas películas que marcaron historia y que fuimos testigos en tiempo real de Odisea Espacial 2001, Alien, y más recientemente Prometeus, The Martian, Interestellar, Gravity, Arrival. 

Daniel más que hablarnos de diseños de naves o elementos de inteligencia artificial con la perspectiva en 30 a 50 años con toque filosóficos, nos habla de la ciencia ficción en un posible hoy. La Estación Espacial es tan real que apenas nos asombra. 

Donde Daniel apuesta es por el terror trepidante en espacios interiores. Logra con la cámara mantener la atención del espectador hasta el final. Su terror, el que ha soñado es ante la fragilidad de un "ente marciano" de una fuerza inteligente extraordinaria donde la curiosidad humana nos arrastra hasta ser tan ingenuos que parecemos tontos. 

Y es que cuando termina la proyección y una sale a la calle... a uno le viene la risa por los deslices del guión. 

Realmente la tensión ha bloqueado la carcajada porque sin enumerar todas las pífias hay que mencionar la que protagoniza Clavin "el pulpo marciano"... que casualidad se traga la bolita del localizador. 

El ratón, con su magnífica fotografía, iluminación y puesta escena sirve de mensajero visual de la capacidad mortífera que es Clavin. 

El libro infantil, aparece como cuando un mago saca un conejo de la chistera. !Venía al pelo del guión del "rarito" de Gyllenhaal!.

La noticia de la falta de combustible.... por favor, si el Ryan Reynolds se vuelve terminator con el bicho en plan "te quemo y te frio, hasta que te desintegres, maldito extraterrestre". Un fuego que curiosamente no destruye ningún tablero de mando. 

Para completar la tira cómica tenemos al "tiritas": negro, bueno en plan trozo de pan, con las piernas en minusvalía, científico de pro, que es llamado a sufrir el síndrome de Estocolmo con Calvin, dejándole la mano echa polvo, hasta que más tarde Calvin vuelve a intentar acabar con él, a la llamada de la sangre.

Y por fin tenemos al "rarito" que no quiere volver a La Tierra" por que hace más de un año que está fuera y ha encontrado la felicidad no hechando de menos a nadie.

El desenlace nos gusta porque también tiene sus pinceladas de humor negro que esperamos disfrutéis.

Aviso, no es un final happy, es un final inquietante para La Tierra. 


💭 Otra crítica... seguir leyendo en El Cine en la Sombra