domingo, 1 de mayo de 2011

Edward Hopper... el instante invisible del tiempo






Cuando miras un cuadro de Hopper es porque te ha invitado. Hopper convierte al espectador en la mejor imagen invisible. Para mi capta ese instante del que nadie habla porque es muy íntimo, cotidiano y sin estridencias.
Las ventanas y sus cortinas en movimiento por el aire. El aire, ese invitado, ese viajero del fin del mundo. Una corriente de aire es invisible y sólo lo percibe el espectador por las ondulaciones de la tela. Me gustán las cortinas de hilo blancas mecidas por el viento. Tender, correr y atravesar sábanas en medio del campo como velas de navios. Adoraba de pequeña jugar con las sábanas que mi madre tendía en el terrao "urbano" o dónde nací en la calle Gignás de Barcelona cerca del puerto.
Hopper le dice al espectador que le conoce. Que conoce nuestros momentos llenos de preguntas sin respuesta. De pensamientos de largo recorrido donde se ha encontrado la verdad que se andaba buscando. De momentos de la vida diaria llenos de aislamiento, vacío sensorial y soledad metafísica. Nos propone un instante. Una realidad congelando el tiempo en sus habitaciones y en lugares anodinos.
Hopper le dice al espectador que puede mirar pero, no le permitirá, no le concederá la oportunidad de saber todos los detalles.
Para mí, capta la naturalidad con que vivimos la vida. Los seres humanos ante
una fotografía tenemos la aptitud básica de posar y posar en la actualidad se ha estandarizado... hacer muecas, gestos, posar juntos para que la cámara digital nos permita un recuerdo. Ya no miramos para captar "algo especial" del paisaje elegido con nosotros fuera de él. El acto de posar es complicado. La gente quiere ser popular y por lo tanto expresan lo que todos esperan de ella. Siguo prefiriendo el zoom para el retrato.
El cuadro de Hopper "entrando en la ciudad" lo entiendo perfectamente. Al ver el cuadro respiro los colores de mis pensamientos. El trozo de cielo, los edificios carcelarios, el túnel que te lleva a las tripas de la ciudad. La fascinante turbadora ausencia del Horizonte y del Universo.
Me he alejado de la ciudad dónde nací, como un pintor se aleja de su cuadro.
El hombre urbanita ve a ras de suelo, apenas se fija en las cumbres de los edificios y más allá apenas contempla los trozos de cielo de un universo desconocido... por el día con la demoledora luz solar y por la noche con la contaminación lumínica.
El hombre urbanita convive con figuras geométricas,
líneas rectas como el plan Cerdá de Barcelona, restos de círculos fortificados del casco antiguo, dado que el círculo es la figura geométrica más rentable de defender, etc.
Richard Sennett dice de la ciudad: ese lugar "dónde la acción humana en
frenética actividad, liberada de la presión de la subsistencia, se mueve en círculo como enloquecida", y "una persona cree poder protegerse en público de las mirada de los demás mediante el silencio y el aislamiento, lo compensa, desnudándose frente aquellos con los que entra en contacto".
Hopper es un hombre de su tiempo y de su América... la tierra de los horizontes ilimitados. También del puritanismo de los siglos XVII y XVIII, el cual planteaba grandes exigencias psicológicas con su negación del bienestar y su exagerada limitación de la alegría de vivir".
La provación de sus cuadros
reside en la falta de actividad. "El protestantismo es de la opinión de que el hombre ocioso, que no se preocupa por sus obligaciones, sucumbe a sus instintos naturales, siempre malos y pecaminosos". Sus cuadros nos hablan de la necesidad del ensimismamiento para seguir con la vida.
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