Los directores Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson, han sabido desarrollar la película hasta convertirla en una buena historia. Y aquí me gustaría separar tres cuestiones: la originalidad de la propuesta, la construcción de los personajes y, sobre todo, lo que termina aportando la película al espectador.
La historia va de una pescadora que vive en la periferia de un pueblo costero. Es soltera, apestosa y objeto de burlas constantes. Un día, harta de sus estirados y estrechos vecinos, encarga un marido de mimbre para ella.
¡Qué interesante resulta Wicker cuando la miramos como un cuento con moraleja! La película no trata tanto de un marido de mimbre como de una comunidad que descubre sus propias miserias cuando aparece alguien que altera su equilibrio.
Y hay varias ideas que me parecen especialmente interesantes. La primera es la pescatera y su olor. Es una mujer a la que nadie considera deseable, no necesariamente por cómo es, sino por el prejuicio que despierta su oficio. Y resulta que precisamente ella consigue al marido que todas envidian. ¡Menuda bofetada a la vanidad colectiva!
La segunda es que el marido de cestería no necesita hacer nada malo para convertirse en una amenaza. Basta con que sea atento, cariñoso y complaciente. Las mujeres empiezan a comparar y los hombres descubren que tienen un competidor al que no pueden superar. La perfección ajena se convierte en una ofensa personal.
Pero hay un tercer elemento que me gusta todavía más: los celos de la protagonista. Ella tampoco queda al margen de las debilidades humanas. Cuando sospecha una infidelidad, reacciona con la misma desconfianza que ha contaminado al pueblo. De alguna manera, el cuento no permite que su protagonista sea moralmente superior a los demás.
Y el cestero... ¡qué personaje! Es casi una figura de los cuentos tradicionales: un artesano que conoce perfectamente la naturaleza humana, ofrece lo que todos desean y termina beneficiándose de sus ambiciones. Su propuesta final es una auténtica trampa moral. No necesita castigar a nadie: deja que los propios deseos de los habitantes hagan el trabajo.
Lo que yo destacaría de Wicker es que convierte la búsqueda de la pareja perfecta en una sátira sobre la envidia, la posesión y las expectativas matrimoniales.
Y, por cierto, ese desenlace lo dejamos fuera de cualquier recomendación para futuros espectadores. ¡Hay sorpresas que merecen llegar intactas a la sala de cine!
Me divertí con el cuento de los comportamientos humanos que he visto a lo largo y ancho de mi vida en la sociedad. Nada nuevo bajo el Sol. La envidia, los celos, las habladurías, el rechazo al diferente, la necesidad de compararse con los demás. Hay una ironía deliciosa. El personaje menos humano es precisamente el que deja al descubierto lo humanos que son los defectos de los demás. ¡Además, el cestero resulta ser el que mejor conoce el género humano! Jajajaja. Si porque el cestero es el actor Peter Dinklage, alguien diferente a los demás, que vive apartado del pueblo, en el bosque, un hombre bajito, imagino, desechado por los habitantes del pueblo. El hombre que posiblemente no encaja en la sociedad es quien fabrica al marido que toda esa sociedad acaba envidiando. Él conoce tan bien las debilidades de los habitantes que consigue aprovecharse de ellas sin necesidad de enfrentarse a nadie.
Nada nuevo bajo el Sol, sin embargo bien contado.


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