La revisión de la historia de nuestro país es una asignatura pendiente de nuestra cinematografía. Y a veces se entiende los motivos. Este, empecemos por ahí, es un país Cainita. Aquí basta que alguien destaque en algo para que tenga a medio país jaleándolo y al otro medio tratando de apisonarlo. Por eso somos incapaces de revisar serenamente nuestra historia y todo lo que se oculta bajo la apariencia de “la memoria histórica” no pase de ser un intento de cambiar la historia, ocultarla o, simplemente, ensalzar a los que fueron denigrados sin atender a sus méritos. Así que, en principio, habría que alabar series como Lo que escondían sus ojos por lo que de inusual tienen. Luego, resulta que, una vez vista, la decepción se apodera de nosotros: hemos asistido a una especie de culebrón sentimental que solamente se diferencia de los que empezaron a llegar de Iberoamérica hace 30 años. Para eso casi mejor el olvido.
EL CULEBRÓN DE POSTGUERRA
La miniserie nos cuenta los amoríos entre el entonces ministro de Asuntos Exteriores del gobierno de Franco y cuñado suyo, Ramón Serrano Suñer, y la marquesa de Llanzol, Sónsoles de Icaza. Es de sobras conocido que aquellos amores dieron como fruto el nacimiento de Carmen Díaz de Rivera, vivo retrato de su padre, que creció como una más en casa de los marqueses de Llanzol y solamente en plena pubertad se enteró de su origen. Primero se encerró en un convento y luego se fue a unas misiones en África. Regresó fortalecida para convertirse en secretaria de Adolfo Suárez durante su paso por Televisión Española y luego cuando estuvo al frente del gobierno español. Falleció tempranamente con 57 años y tras ser uno de los personajes más relevantes de la transición.

