"La metáfora del espectador zombi ya ha sido utilizada en ámbitos académicos. En 2013, Landi Raubenheimer la empleó para analizar la paradoja de la interactividad digital. En el artículo Spectatorship of screen media; land of the zombies? Fue publicado en 2013 en la revista académica Image & Text.
Landi Raubenheimer, profesora e investigadora de la Facultad de Arte, Diseño y Arquitectura de la University of Johannesburg. Habla del espectador digital, interactividad, teoría estética, pasividad disfrazada de actividad. Y yo hablo de algo más cotidiano y cinematográfico. El espectador interrumpido, la pérdida de escucha, el móvil durante la proyección, la incapacidad de habitar una historia, y el entretenimiento para no ser abandonado.
El Espectador Zombi
No como insulto. No como alguien estúpido. Sino como alguien que ha sido entrenado para consumir sin habitar. No es un público ignorante. Es un público con una atención tan fragmentada que ha hecho de la interrupción un hábito.
Porque el cine nació precisamente de un pacto. “Apagamos nuestras luces individuales para mirar juntos una misma historia." Y ahora la película está proyectándose en una pantalla de veinte metros. Y, sin embargo, el espectador mira una pantalla de quince centímetros.
En el aquí y ahora ya hay un círculo perfecto y bastante inquietante. El entretenimiento zombi necesita espectadores zombis. Y los espectadores zombis terminan pidiendo entretenimiento zombi.
¿Cuál es la calidad del Público que ve películas y series?
La “calidad” del público no es una medida fija ni decreciente, sino un cambio en su contexto y hábitos. Los datos de sobre-estimulación, conexión permanente, incapacidad de aislarse, podemos pensar que el público sea “peor”, sino que es diferente:
Antes: El espectador era cautivo (sala oscura, sin móviles, inversión de tiempo y dinero) y se entregaba a la experiencia. La calidad se medía por la capacidad de asombro y atención sostenida.
Ahora: El espectador está sobre-saturado y tiene control total (pausa, velocidad, multitarea). Su calidad se define como selectividad extrema y demanda de inmediatez. Un público que “desconecta pronto” no es malo, sino que ha sido entrenado por el propio ecosistema de plataformas para valorar más el gancho inicial que el desarrollo lento.
¿Es cierto que pérdida de calidad no es intelectual, sino de atención?
¿Las escuelas de cine enseñan con calidad o sus métodos son siervos de las plataformas de streaming?
Depende de la escuela y del programa, pero la tendencia a adaptarse a las normas del streaming es real y problemática. Muchas escuelas de cine siguen enseñando el lenguaje cinematográfico y rechazan el “si puedes verbalizarlo no lo muestres” siguen el principio de “muestra, no cuentes”. Además de la mirada crítica y la reflexión.
Por otro lado el servilismo a los protocolos de streaming: Existe una presión real para que las escuelas preparen a los alumnos para los mercados laborales dominantes (Netflix, Prime Video, SkyShowtime HBOMAX, etc.). Eso se traduce en enseñar:
El guion con ganchos cada 5-7 minutos (para evitar el abandono).
Explicitar verbalmente la trama constantemente (porque el espectador puede estar mirando el móvil).
Adaptar el ritmo de edición a los datos de atención (escenas cortas, diálogos frontales).
Estructuras predecibles (el “tercer acto adelantado” como reclamo).
Muchos docentes denuncian que se ha pasado de enseñar cine como arte a enseñar cine como contenido predecible y olvidable.
El espectador interrumpido (o cómo dejamos de escuchar incluso antes de que empiece la historia)
Durante años se ha repetido, con ese tono entre nostálgico y condescendiente, que el público ha perdido calidad. Como si el espectador fuese un electrodoméstico antiguo: antes robusto, ahora defectuoso. Pero la realidad, como casi siempre, es menos cómoda y más punzante: el público no ha empeorado, ha sido entrenado.
Y no empieza en el cine. Empieza en la mesa. En esa escena doméstica, aparentemente inofensiva, donde un padre o una madre comienza a contar una noticia, un recuerdo, algo que ha leído o vivido. No ha terminado la segunda frase y ya hay un gesto de impaciencia, una interrupción educada o un desvío de atención hacia el móvil. No hay mala intención. Hay algo peor: prisa.
Antes, escuchar formaba parte del vínculo. Se escuchaba incluso lo que no interesaba demasiado, porque el valor no estaba solo en la información, sino en quien la compartía. Había rodeos, pausas, digresiones. El relato respiraba. Y el oyente también.
Hoy, en cambio, se escucha como se consume: con un cronómetro invisible en la mano. Si no hay claridad inmediata, si no se llega rápido al punto, el discurso pierde legitimidad. Hemos pasado de escuchar para compartir a escuchar para extraer. Y los recuerdos, como el buen cine, no funcionan así.
No es que no sepamos escuchar. Es que ya no concedemos valor al tiempo que no es nuestro.
Ese es el verdadero entrenamiento invisible del espectador contemporáneo. Uno que no se ha producido en la escuela —aunque algo tenga que ver—, sino en el ecosistema que habitamos. Un ecosistema donde plataformas como Netflix o Amazon Prime Video han convertido la atención en una moneda volátil: se gana en segundos y se pierde en milésimas.
El espectador ya no entra en una historia: la examina. La somete a prueba. Decide si merece su tiempo antes de haberla entendido. Y en esa lógica, la paciencia deja de ser una virtud para convertirse en una pérdida.
Se suele decir que hemos perdido atención. Es cierto, pero es apenas la superficie. Lo que realmente se ha erosionado es la resistencia al tiempo del otro. Ya no toleramos no entender de inmediato. No soportamos el silencio, la ambigüedad, la espera. Queremos sentido… pero sin proceso.
Porque el cine no es solo narración, es duración. Necesita espacio para sugerir, para insinuar, para no explicarlo todo. Necesita que el espectador se quede un poco más allá del primer impulso de abandono. Pero ¿cómo pedirle eso a alguien que ya no puede sostener ni siquiera el relato de alguien cercano en una comida familiar?
Aquí es donde entran las escuelas de cine, ese territorio cada vez más tensionado entre formar creadores o abastecer una industria. Por un lado, aún resisten. Se sigue enseñando que una imagen puede pensar, que un silencio puede ser más elocuente que un diálogo, que el cine no está obligado a subrayarlo todo. Todavía hay aulas donde el tiempo no es un enemigo.
Pero por otro lado, la presión es real. El alumno no quiere solo expresarse, quiere trabajar. Y trabajar hoy implica, muchas veces, adaptarse a un modelo donde el espectador puede irse en cualquier momento. Donde cada escena compite con miles de estímulos. Donde el algoritmo no mide belleza, sino retención.
Así, sin necesidad de decretos oficiales, se imponen nuevas normas: engancha rápido, explica por si acaso, no dejes respirar demasiado, recuerda constantemente al espectador de qué va todo. No porque el creador sea peor, sino porque el contexto exige no perder al espectador… aunque sea a costa de no llevarlo demasiado lejos. Y en ese punto, el cine queda atrapado en una negociación silenciosa, entre lo que una obra necesita para existir y lo que un contenido necesita para no ser abandonado.
Mientras tanto, el espectador sigue ahí. No peor. No más tonto. Pero sí más impaciente, más selectivo, más entrenado para irse. Quizá la cuestión no sea si ha perdido calidad. Quizá la cuestión sea otra, más incómoda: Si ya no sabemos escuchar al otro sin exigirle inmediatez ¿qué clase de historias estamos todavía dispuestos a habitar?
Público en el cine usando el móvil “La oscuridad ya no nos une: ahora cada uno ilumina su propia distracción.”
El origen de contar historias alrededor del fuego para existir era que la oscuridad no solo es ausencia de luz, es el espacio donde nace el relato. Sin distracciones, sin ruido visual, sin escapatoria. Y en medio, el fuego. Foco único, calor, comunidad, narración.
El cine como heredero del fuego
La sala de cine no es otra cosa que la evolución de ese ritual. Hubo un tiempo en que la oscuridad nos obligaba a mirarnos y a escuchar. Nos reuníamos alrededor de una única luz para compartir historias, porque en ellas estaba nuestra memoria y quizá también nuestra supervivencia. Hoy seguimos en la oscuridad, pero el fuego se ha fragmentado. Cada uno sostiene su pequeña llama en la mano, suficiente para no perderse e insuficiente para encontrarse con los demás.
Amor DiBó
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