domingo, 6 de noviembre de 2016

Silencio, estrenamos… ironías sobre el teatro

 

Eran los últimos meses del franquismo. Toda España sabía que cuando falleciera Francisco Franco, concluiría el régimen que él había creado. No se sabía exactamente cómo se produciría el tránsito del franquismo a la democracia, ni lo que tardaría en realizarse; sólo existía la sensación de que las cosas cambiarían en breve. Cuando en diciembre de 1973, ETA asesinó al presidente del gobierno, el único personaje del régimen que tenía claridad de ideas suficiente sobre cómo frenar el inevitable tránsito a la democracia, la única duda era si se produciría una “ruptura democrática” (como pretendía la oposición), o una “evolución por etapas” (como proponían los sectores más abiertos del régimen). De momento, en 1974, las riendas del poder estaban repartidas entre los sectores más duros (el “búnker”) y algunos islotes conscientes de que, tras la caída de los regímenes autoritarios de Portugal (el más antiguo de Europa) y de Grecia (la dictadura de “los coroneles”), España iba a seguir el mismo sendero. Sólo se trataba de que el país no quedase sumido en el caos. RTVE estaba en manos de los sectores más “dialogantes” del régimen. Fue en ese ambiente en el que se ideó la serie Silencio, se estrena. Hay que situarla como consecuencia del llamado “espíritu del 12 de febrero” anunciado por Carlos Arias Navarro, sucesor de Carrero Blanco, que supuso uno de los tímidos e inconstantes intentos liberalizadores del régimen.



El encargo de esta serie recayó sobre Adolfo Marsillach. Era hijo y nieto de críticos teatrales. Había debutado con apenas 18 años en Radio Barcelona (cuando las radios tenían “cuadros escénicos”), mientras estudiaba derecho. Luis Escobar, le facilitó su debut como actor en 1947. Más tarde, irrumpió en el cine protagonizando algunas películas notables (Mariona Rebull [1946], Don Juan Tenorio [1952], Jeromín [1953], Maribel y la extraña familia [1960], 091, policía al habla [1960]... A partir de 1959, la naciente TVE contó con él para realizar las primeras series de producción propia: Galería de maridos (1959) de Jaime de Armiñán en la que colaboró por primera vez con Amparo Baró. A esto siguió Silencio, se rueda (1961), Silencio, vivimos (1962), Fernández, punto y coma (1963), Habitación 508 (1966)… hasta llegar a Silencio, estrenamos (1974) que no ocupa. Es significativo que la primera de estas series se emitiera el mismo año que el gobierno de Franco aprobó la ley de inversiones extranjeras, primer paso para dejar atrás la autarquía. El régimen gozaba entonces de gran solidez interior; pero cuando se estrenó en 1974 Silencio, estrenamos había llegado a su último tramo.

Tal es el contexto político en el que hay que situar esta serie. El régimen quería dar la sensación de que la censura había disminuido su presión. No estaba de más, emitir una serie en el que se criticara a funcionarios del régimen además, por supuesto, de a miembros de la oposición democrática, muy habituales, por lo demás, en el mundo del teatro. Porque la serie describe el recorrido de un autor novel que pelea hasta que logra estrenar la obra de teatro que ha escrito: La honradez recompensada. Claro está que la censura le obligó a cambiar el título por La honradez recompensada siempre en España. Era una novedad: nunca hasta ese momento se había ironizado hasta el ridículo a la censura en un medio de comunicación estatal. El relato –escrito por el propio Marsillach– sigue las vicisitudes que debe atravesar el autor para ver, finalmente, estrenada su obra. 



A lo largo de los 16 episodios se retratan, en ocasiones con crueldad deliberada y en otras con una ironía sutil, todos los aspectos del mundillo teatral: el vedetismo de algunos actores, las miserias de otros, el desinterés de los empresarios por el contenido de la obras que se representan en sus teatros, el “compromiso político” de los actores de izquierdas, las trabas burocráticas, el papel de críticos poco escrupulosos, los actores jóvenes, los ensayos, las mujeres fatales, las sufridas esposas y todo lo que rodea al mundo de la farándula, se ven sometidos al escrutinio inquisidor de Marsillach. El aspecto más notable es que siempre, el autor, es decir, el creador de la obra a representar, es el último mono en el “tinglado de la antigua farsa” como decía Echegaray. 

¿Cómo termina la serie? Todo el esfuerzo, los desvelos, las tensiones y las angustias del autor consiguen, finalmente, que la obra se estrene. Se lo toma muy a pecho, pero este éxito apenas supone nada. La fama es siempre algo momentáneo y efímero. El precio que hay que pagar por ella, siempre, es demasiado alto. Su propia vida familiar se resiente. Cuando, tras el estreno, pregunta a su esposa qué opina de la obra, ésta se sincera: “Es un bodrio”


Marsillach, en los guiones se limitó a dramatizar e ironizar sobre lo que conocía del medio teatral. Ni mentía, ni exageraba, ni hablaba de oídas. Toda su denuncia estaba formulada con conocimiento de causa. Muchos se reconocieron en los personajes y en las situaciones y se lo tomaron a mal. Los años siguientes (los de la transición) no fueron muy buenos para Adolfo Marsillach. Descendieron las ofertas de trabajo y, especialmente, escasearon las propuestas de nuevas películas. Muchos miembros de la industria del espectáculo militaban en la izquierda comunista y en la extrema–izquierda y reprocharon a Marsillach el que hubiera dirigido el Teatro Español en 1965 siendo colocado ahí por el Ayuntamiento de Madrid propietario del local y, luego, en plena transición, el que fundara el Centro Dramático Nacional dependiente del Ministerio de Cultura. En realidad, Marsillach se identificó con los sectores más moderados de la oposición democrática y en las elecciones de 1977 apoyo al Partido Socialista.

La serie se emitió en blanco y negro y así puede visionarse en la web de TVE. A pesar del tiempo pasado –cuarenta años– la serie conserva toda la frescura e incluso cierta actualidad. El mundo del teatro no ha cambiado mucho desde aquellos años y la denuncia de Marsillach sigue estando vigente y generando sonrisas. El elemento más notable de esta serie es la presencia de un elenco de actores consumados, con una calidad interpretativa y una claridad en la dicción que incluso sorprende. 


La dirección corrió a cargo de Pilar Miró que llevaba en activo en televisión desde 1973 y se había curtido especialmente con los Estudios 1 (1968–1979) y las telenovelas (1967–1977). El “sello Miró” se nota en cada escena y en el montaje final. El lenguaje televisivo empleado en aquel momento es más teatral que cinematográfico. La mayoría de escenas se rodaron en los platós de TVE y con decorados modestos. Se trata de una serie austera producida por una cadena de escasos recursos (a pesar de su carácter estatal). La serie –como el resto de producciones de la época, las telenovelas, los Estudios 1, las producciones de Chicho Ibáñez Serrador, el Silencio, se estrena, están todas cortadas con el mismo patrón. Todos tienen idéntico sabor artesanal: faltan medios técnicos y presupuestarios, pero sobra creatividad y dedicación.

La serie gustará a los nostálgicos de la televisión de otros tiempos, de la televisión en blanco y negro, más próxima del teatro que de las teleseries modernas. Hará las delicias de los que conocen los entresijos del mundo del teatro o de quienes se han acercado en a él en alguna ocasión. Gustará a quienes tengan curiosidad por conocer cómo era la España de aquellos años y a quienes quieran conocer algunas claves de los últimos meses del franquismo. La serie, finalmente, es recomendable para todos aquellos que quieren sonreír durante los 30 minutos que dura cada capítulo.

FICHA:

Título original: Silencio, estrenamos
Título en España: Silencio, estrenamos
Temporadas: 1 (16 episodios)
Duración episodio: 30 minutos
Año: 1974
Temática: Comedia
Subgénero: Farándula
Actores principales: Adolfo Marsillach, Amparo Baró, Agustín González. Tomás Blanco, Charo Soriano, Emilio Gutiérrez Caba, Myriam de Maeztu, Félix Rotaeta, José Orjas, Erasmo Pascual, tota Alba, José María Caffarel, Verónica Forque, Guilermo Marín, Blanca Sendino, Fernando Chinarro, Amparo Pamplona, José Enrique Camacho.
Lo mejor: el fino sentido del humor.
Lo peor: que las críticas a la administración y al mundo del teatro eran ciertas.
Puntuación: 8

¿Cómo verlo?: Puede visionarse en la web de RTVE, Televisión a la carta.
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