La primera impresión que uno tiene con esta serie no es mala: quizás, desde los primeros minutos parece algo “bronca”. Recuerda a otros muchos productos que hemos podido ver en televisión, incluso remite a aquella serie española, Brigada Central (1989-1990) en la que parecía que el grupo de policías que la protagonizaban solamente podían entenderse a gritos, pero recuerda mucho más el ambiente depresivo de la comisaría de Canción triste de Hill Street (1981-1987), y mucho más todavía a The Shield (2002-2008), en donde los protagonistas, un grupo de policías e pocos escrúpulos, viven situaciones cada vez más abracadabrantes, luchando por un lado contra la delincuencia y, por otra, ejerciendo ellos mismos de delincuentes. Braquo, serie policial francesa que remite a estos precedentes, los amalgama con el género negro convencional. El resultado es una serie “sucia” en la que ni siquiera la imagen es nítida, todo está impregnado por la patina de lo oscuro y el contagio que los bajos fondos generan entre quienes se mueven mucho en su entorno.
CUATRO TEMPORADAS DE LAS QUE SOBRAN TRES
Tal como le ocurrió a The Shield, la serie parece prometedora en su primera temporada y al concluir los ocho primeros episodios, reconocemos que hay un esfuerzo de guionización, interpretación y dirección, más que notable. Si debiéramos calificar a la primera temporada al margen de los otras tres que le siguieron, cabría puntuarla con un 8. No es una serie perfecta, pero, al menos, la dinámica es acelerada, las situaciones se desarrollan con rapidez, apenas hay tiempos muertos y el público se ve embarcado en una serie de situaciones sorprendentes que llevan a tensión cada vez más extremas. El corazón del espectador palpita, se agarra al butacón, comprime su cuerpo contra el respaldo y no puede apartar la mirada de la pantalla. Sin embargo, cuando se inició la segunda temporada, empezamos a ver algo que no terminaba de encajar. La serie había perdido todo su interés. Bruscamente, sin explicación, sin sentido.
