Fueron cinco, de los que cuatro alcanzaron la fama y el quinto consiguió el sueño de todo espía auténtico: pasar desapercibido durante los años que estuvo en activo. Los cinco trabajaron para el KGB: no eran mercenarios, creían en su trabajo y en que la URSS representaba los intereses del proletariado internacional y era la garantía de la paz mundial. Los cinco habían estudiado en la más elitista de las universidades inglesas, Cambridge. Todos eran hijos de familias pudientes o muy pudientes y habían constituido una especie de sociedad secreta –Los Apóstoles– durante los años 30. No militaban en el Partido Comunista, pero constituyeron en el Trinity College y en el King’s College, una red de informadores al servicio de la NKVD, precedente del KGB. El más audaz de todos ellos, Kim Philby, llegó a infiltrarse en la inteligencia británica y se convirtió, con el paso de los años, en uno de sus responsables. ¿Sus nombres? Además de Philby, Guy Burgess, Donald Mac Lean y Anthony Blunt. Estaban instalados en el Ministerio de la Guerra, el Palacio Real, el MI5 y el MI6. Faltaba el quinto hombre. Durante mucho tiempo se sospechó del filósofo Ludwig Wittgenstein o de Sir Roger Hollis. Luego se supo que era John Cairncross, cuya identidad solamente se conoció solamente en 1990. Esta miniserie va de los primeros cuatro espías. Es una pequeña obra de arte y la cinta mejor construida sobre este grupo de espías.
