jueves, 27 de abril de 2017

BCN FILM FEST... CHURCHILL por Jonathan Tepltzky


Estamos asistiendo a un bombardeo de biopics sobre Winston Churchill cuando se van a cumplir los 52 años de su muerte. No hace mucho, las dos plataformas de streamming estrenaron casi simultáneamente Into the Storm (2009, Durante la tormenta) y The Crown (2017, La corona), que se sumaron a largometrajes ya conocidos (Churchill: The Hollywood years [2004], El joven Winston [1972], Churchill’s Secret [2016]) y a innumerables documentales (La traición de Churchill a Polonia. El caso Sikorski [2011], sin duda, el más polémico), además se anuncia otra cinta en la que Gary Oldman se trasvertirá de Churchill..  así que, a estas alturas, dedicar una película a la figura del que fuera primer ministro británico durante la Segunda Guerra Mundial, como ha hecho Jonathan Teplitzky, no constituye ninguna originalidad, ni tampoco podemos entender por qué ha sido estrenada en España en el Festival Internacional de Cine de Barcelona - Sant Jordi, siendo elegida para su Sección Oficial.

Jonathan Teplitzky ha optado por no biografiar la totalidad del personaje, sino apenas describir su supuesto estado de ánimo durante las 48 horas anteriores al desembarco anglo-americano en Normandía. La película se proyectará para el público español a partir del 25 de agosto y en el ámbito anglosajón a partir del 2 de junio, así que los asistentes al Festival de Barcelona, lo hemos podido ver con unos meses de anticipación, lo cual es de agradecer. La película va de lo que su título indica y de lo que se anuncia en el libro del Festival: no es un biopic, sino una simple acotación de 48 horas en la vida del personaje.

Sobre las cualidades técnicas de la cinta apenas vale la pena dar algunas notas: interpretaciones correctas, fotografía buena, puesta en escena teatral y de calidad, factura casi shakespereana y la dirección comedida y aceptable. Ahora bien… En esta cinta, como en el resto de productos cinematográficos filmados sobre el personaje, es preciso tener en cuenta algo: en la Segunda Guerra Mundial (como en la guerra del Golfo, en la guerra civil de Libia) hubo vencedores y vencidos. La antigua máxima clásica “Vae victis” (¡Ay de los vencidos!) sigue vigente. En efecto, la ventaja del vencedor es que impone su “relato” del conflicto en el que ha participado. El vencido, en cambio, pierde el control sobre ese “relato” y, su situación, no le permite elaborar otro alternativo. Es curioso que el único producto fílmico que hemos mencionado y que resulta crítico con la figura de Winston Churchill (WC), sea un documental alemán, es decir, elaborado por los que fueron vencidos en 1945. De la misma forma que es significativo que en 2017, cuando ha transcurrió más de medio siglo de su muerte, la figura de WC se siga valorando de manera subjetiva (olvidando su papel real en la historia del siglo XX).

Churchill era desde 1937 un “halcón”. En el Reino Unido, cuando nadie quería embarcarse en una guerra y Alemania aspiraba a un pacto con el gobierno británico (ya había firmado un acuerdo naval), Churchill, una y otra vez clamaba a favor de la guerra… seguramente porque en esa época, en tanto que representante de los intereses armamentísticos era consciente que los efectos de la crisis de 1929 no se superarían salvo con un nuevo conflicto mundial que pusiera de nuevo en marcha la producción industrial. 

WC hizo todo lo posible para que estallara la guerra durante la llamada “cuestión de los Sudetes” (cuando Alemania pedía la incorporación de territorios de habla alemana que hasta 18 años antes formaban parte de su comunidad)  y lo consiguió.

La catadura moral de WC se mostró en los últimos días de guerra, cuando ordenó a la aviación anglo-americana que bombardeara ciudades alemanas que nunca antes habían sido tocadas y que carecían de importancia militar, cuando la guerra ya estaba ganada, solamente para tratar de amedrentar a la URSS. Porque Stalin fue el único que entendió bien el problema de Churchill cuando, al iniciarse la conferencia de Yalta, le regaló una caja de buen Whisky: era necesario cultivar el alcoholismo crónico de WC si se trataba de negociar con él. Por lo demás, el otro interlocutor en Yalta, era un anciano decrépito, en silla de ruedas que fallecería unas semanas después: el presidente Roosevelt. En aquellos meses, simplemente, WC fue el artífice de la entrega de Europa del Este y de los Balcanes a la URSS, cuyas consecuencias se prolongaron durante 40 años y solamente terminaron con la caída del Muro de Berlín en 1989. 

No, WC no fue un personaje histórico de honestidad, lucidez y moralidad indiscutible. Decir de alguien que fue un “genio político” es solamente reconocer que se impuso sobre sus adversarios, tuvo voluntad de poder y aplicó su propio “relato”. Para colmo, el episodio que nos cuenta Jonathan Teplitzky (cineasta australiano, artífice entre otras de las series Broadchurch y Marcella y de los largometrajes Burning Man y Un largo viaje) en su película evita decir que hoy los especialistas consideran el “desembarco en Normandía” como una operación mal planteada, catastrófica por el número de bajas propias y que hubiera fracasado de no ser por la aviación estratégica aliada que desarticuló la retaguardia alemana bombardeando sistemáticamente pueblos y ciudades francesas… causando más bajas entre la población civil francesa que las causadas durante la invasión alemana de mayo de 1941. Porque si un “mérito” hay que reconocer a WC es el de haber impuesto el concepto de “aviación estratégica” que solamente empezó a aplicarse en 1942, basado en el bombardeo sistemático de la retaguardia (es decir, sobre la población civil) para desarticularla y debilitar el poder de resistencia en el frente (algo que es fácil deducir incluso para los no especialistas porque Alemania hasta el final de la guerra desarrolló solamente modelos de aviación “tácticos”, es decir, como apoyo del ejército de tierra, mientras que los aviones angloamericanos eran cuatrimotores de largo radio de acción y abultada carga, no precisamente de confeti). 

A lo cuestionable de la Operación Overlord se superpusieron las rivalidades entre el general norteamericano Eisenhower y el mariscal inglés Montgomery que, hasta el final de la guerra, estarían como el perro y el gato. Para colmo, Stalin presionaba desde hacía meses para que se abriera “un segundo frente” en el Oeste que descongestionara el “frente del Este”. La película nos muestra las dudas y vacilaciones que experimentó WC en esos días, las tensiones que debió soportar y las resistencias, interiores y exteriores, que hubo de vencer antes de adoptar la decisión final. 


Lo que no dice es que apenas unos meses después, en las elecciones, el pueblo inglés votó en contra de Churchill y le despojó de su rango de Primer Ministro… a él, al “artífice de la victoria aliada”. El “mito Churchill” fue construido por él mismo en sus interminables volúmenes de memorias, escritos en los años siguientes. Hoy, ese mito, sigue vivo: la película de Teplitzky es una contribución a su preservación, como si el mito se resistiera a dejar paso a la objetividad histórica. 
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