miércoles, 17 de mayo de 2017

Las Confesiones


Hay películas que parecen hechas para reflexionar. En Italia siempre se ha hecho un cine político aceptable, y esta película entraría dentro de esta catalogación. Hay símbolos, hay personajes que parecen la traslación de personajes reales y hay situaciones que tienen similitudes con lo que podemos percibir por las noticias. La película tiene algo de ingenuo y conspiranoico, pero plantea algunos problemas que, efectivamente constituyen enigmas de nuestro tiempo. 

Seamos claros: la democracia es pura ficción cuando el poder económico registra las mayores acumulaciones de capital de la historia y los políticos, como los medios de comunicación, no son más que empleados suyos. La democracia no llega a los centros verdaderos de decisión. Los destinos de los pueblos los mueven aquellos 200 hombres que en todo el mundo mueven los hilos, a los que aludieron Disraeli, el primer ministro inglés o Walter Rathenau, ministro de exteriores alemán que, por cierto, era una de ellos. Este es el verdadero problema y esta la gran mentira de nuestro tiempo: pensar que hay democracia solamente porque votamos cada cuatro años a políticos que inevitablemente nos decepcionarán, entre otras cosas, porque no son ellos los que tienen las claves del poder.

La película nos remite a una reunión de unos pocos privilegiados de la alta finanza en un apartado hotel alemán. Hay un par de invitados que desentonan, una escritora de cuentos y un monje que, a tenor de su hábito blanco, es cartujo: silencio, aislamiento, meditación, trabajo y oración. El resto son economistas poderosos presididos por “Daniel Roche, Director del Fondo Monetario Internacional”. Éste mantiene una conversación privada con el monje (de la que nos enteraremos mediante flash-backs a lo largo de la película) y ambos quedan ligados por el secreto de confesión. Acto seguido, se suicida. La asamblea de economistas queda en estado de shock: en efecto, deberían de haber aprobado un plan de medidas para revitalizar la economía mundial que hubieran causado convulsiones y sufrimientos entre sectores de la población. Y hasta aquí es posible contar la trama.

La película plantea algunas cuestiones: ¿es moral el negocio bancario? Pregunta ociosa, porque todos sabemos que no, empezando por los banqueros de los que se cuenta un chiste gracioso en el comienzo de la trama: ¿Qué corazón desearías que te trasplantasen? ¿el de un joven que aguantará mucho tiempo? No. ¿El de un adulto que tiene mucha experiencia? Tampoco. ¿El de un banquero de 70 años? Sí, ese porque ha sido poco usado… 
Segunda cuestión: ¿es consciente un banquero del valor del dinero? O dicho de otra manera: sabemos lo que son 20, 50, 100 y 6.000 euros, pero ¿es posible hacerse una idea de lo que puede suponer, por ejemplo, 3.000 millones de euros? El director del FMI, cuando le ofrecieron un Cezane no catalogado y le pidieron una cantidad exorbitante, cayó en la cuenta de este problema. De ahí que invitara al monje a la reunión: al haber hecho voto de pobreza, era imposible comprarlo o cuantificar su valor. El monje, por lo demás, antes de serlo, había sido matemático (Pitágoras decía que la matemática era la única forma de acercarse a los dioses y entender el mundo). 

Tercera cuestión: la economía mundial ha entrado en un estadio de “incontrolabilidad” y se guía por un principio de incertidumbre que lo aproxima también al objeto de estudio de los teólogos. El nuevo dios de los economistas es el dinero y, de la misma forma que el mundo estuvo en otro tiempo en manos de Dios, hoy lo está de los diosecillos de la economía. A veces, Dios tiene que recurrir a destrucciones (Sodoma, Gomorra, las destrucciones del Templo de Jerusalén, de la Babilonia del Apocalipsis) para regenerar el mundo. Análogamente, los economistas, para regenerar la economía tienen que destruir sectores de la misma, a veces, mediante una guerra que provocará una concentración económica, tanto para el esfuerzo bélico como para la reconstrucción de las zonas destruidas (inevitable recordar que de la crisis de 1929 solamente se salió doce años después cuando los EEUU entraron en guerra), en otras mediante reconversiones económicas o deslocalizaciones inmisericores que enriquecen a unas zonas y devastan a otras, especialmente a las clases populares. El círculo reunido en aquel hotel alemán se enfrenta a una de estas decisiones: quemar una parte del bosque económico para regenerar el resto. Una fórmula matemática entregada por el director del FMI al cartujo descodifica las operaciones necesarias para realizar ese “reajuste” que generará riqueza a costa de dolor y lágrimas de millones de seres humanos.

Un símbolo: el del perro de presa propiedad del anfitrión alemán que irrumpe en la reunión y asusta a todos los presentes, incluido a su propietario, no así al sacerdote. Es un viejo símbolo medieval: el perro como símbolo de los bajos instintos y las pasiones incontrolables que mueven a los seres humanos, los gobiernan y hacen de ellos sus servidores. Sólo aquel que no posee nada suyo, salvo el distanciamiento y la serenidad interior, puede gobernarlo. Y un interrogante: ¿la fiereza del capital puede someterse a la piedad?  

Un mensaje: no basta con que, “el banquero”, de tanto en tanto, se sienta humano e incluso que se arrepienta de sus tropelías. En tanto que hombre, antes o después, morirá. Si cree en Dios –que es mucho creer para un banquero que solo cree en la cuenta de beneficios- cuando sienta cerca la muerte, buscará el perdón. Pero solamente él –y si hay un Dios en los cielos, también él- sabrá si su arrepentimiento es auténtico o una simple muestra de oportunismo. En ese caso, por infinita que sea la misericordia de Dios, de nada servirá.

Hay, pues, algo de ingenuo y de profundo en esta película a ratos desconcertante y de un género que no se ve habitualmente. La crítica la ha elogiado y, de momento, ha recopilado varias nominaciones a los premios David di Donatello edición de 2017 y, de momento, ya se ha llevado un premio a la mejor fotografía en los Nastri di Argento, así como dos nominaciones al mejor director y a la mejor banda sonora. 

Toni Servillo, en el papel del monje “Roberto Salus” hace un papel antológico y encarna la serenidad y estabilidad interior de un cartujo. Daniel Auteuil, como “Daniel Roché, director del FMI”, creíble y comedido. El peso de la película recae sobre Servillo que, una vez más demuestra estar a la altura del desafío. 

La película encierra momentos de una indudable belleza estética y otros de alta calidad en los diálogos y oportunidad en los símbolos. Vale la pena recordar que en todo el mundo, actualmente, no hay más que 370 monjes cartujos en todo el mundo. Banqueros y financieros con peso decisorio en cuestiones mundiales no habrá muchos más. 


¿La debilidad de la película? Pensar que hay esperanza y que el perro, finalmente, se irá con el cartujo. Hubiera sido mucho más realista que perro y banqueros se devoraran unos a otros. Poca esperanza podemos tener de que haya banqueros con corazón en el pecho, créanme. ¿Entienden por qué al principio decíamos que esta película tenía algo de ingenuo?
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