miércoles, 19 de abril de 2017

Ma Loute


Después de ver Ma Loute es preciso tomarse unas jornadas de reflexión y metabolizar lo que se ha visto durante los 122 minutos. Valdrá, además, la pena recordar aquello en lo que se ha convertido el cine francés en los últimos años. Vaya por delante que la colección de elementos de extracción muy diversa, no logran la unicidad que el director se proponía; el resultado final es disperso y, a todas luces, decepcionante. 

No se trata, en absoluto de una película original. A estar alturas, y en Francia, realizar una crítica de la alta burguesía parece algo ocioso. Lo hizo Jean Paul Sartre en sus obras de teatro, lo hizo Buñuel en su etapa francesa y, si se nos, apura, lo hizo Pierre Drieu la Rochelle en sus novelas de los años 30 y 40 (especialmente en Fuego Fatuo que Louis Malle llevó al cine en 1963). Y, si de lo que se trata es de realizar una parábola irónica sobre la burguesía, el canibalismo y la crisis económica, ahí tenemos Delicatessen (1991) de Jean Pierre Jaunet y Marc Caro que a pesar del cuarto de siglo que ha pasado desde su estreno sigue siendo más hilarante, con más gags de humor esparcidos por un relato que, como el de Ma Loute es, de tonos negruzcos e incluso siniestros.

Lo que no puede hacerse, a estas alturas, si uno aspira al marchamo de originalidad y honestidad creativa, es agarrar elementos dispersos, procedentes en parte de algún relato de Agatha Christie (Maldad bajo el sol), de Buñuel (El discreto encanto de la burguesía), de las Aventuras de Tintín (“Hernández” y “Fernández”, bombín incluido, rebautizaos como “Machín” y “Malfoy” apellido, ni siquiera original sino tomado prestado del ciclo de Harry Potter), de las películas líticas (litos=piedras, fósil) de El Gordo y el Flaco, elementos extraídos del famoso cómic de Tardi Adéle Blansec, mezclarlo con algunos gags dignos de Pepe Viyuela en sus comienzos, reproducir la temática de Delicatessen en la belle époque y añadir, como guinda, una familia de pescadores que no es sino la translación de aquella otra familia, los Sawyer, protagonistas de La Masacre de Texas (1974) proveedores de higadillos al cine gore de los 70 … pasar todo ello por la centrifugadora y afirmar que el producto resultante es “original y surrealista”, indica que se ignora lo que es la originalidad (la creación de elementos nuevos a partir de la nada) y lo que es el surrealismo (sacar a la superficie los estratos subconsciente de la personalidad sin limitaciones ni alteraciones).


¿Vale la pena resumir el argumento? En la costa del Canal de la Mancha se han producido unas desapariciones misteriosas. Nadie logra dar con los cadáveres ni con el paradero de una serie de turistas burgueses que han desaparecido en la zona. Dos inspectores estrafalarios llegan para tratar de elucidar lo ocurrido. El villorrio está poblado por pescadores y barqueros. Ma Loute es uno de ellos: se ha enamorado –y es correspondido– por la hija de unos burgueses tan acomodados como incestuosos, los Van Peteghem, que viven en una especie de casa de resonancias egipcias: tal es el punto de partida.

La película, debidamente metabolizada, se nos antoja la obra de un Doctor Frankenstein de guardarropía que volvió a intentar su experimento ayudado por un cirujano plástico. El resultado sigue siendo horripilante: quizás los zurcidos y costurones, los tornillos y las cicatrices quedarían algo atenuados por el bótox y los peelings, pero el resultado final sería antinatural. Al director no le ha salido el producto que pretendía, quizás porque hubiera debido emplear más tiempo en perfilar el guión o bien hubiera debido dejar el guión en manos de guionistas fogueados. 

En algunos momentos, la película causa vergüenza ajena: los gags cómicos no funcionan. El capital que supone la presencia de Juliette Binoche queda dilapidado en una película sin pies ni cabeza, en la que el director, para colmo, considera que su mérito es ese precisamente. Otro elemento dilapidado es la fotografía. Los encuadres, las localizaciones, la iluminación y las tomas, son de antología. Vale la pena recordar el nombre del director de fotografía y felicitarlo: Guillaume Deffontaines. Salvo estos dos nombres, el resto es completamente olvidable. Y ambos no han conseguido salvar una película basada en un guión insalvable.

Desde hace algunos años (dos décadas, para ser exactos) tenemos la sensación de que el cine francés está agotado. ¿Qué cuando empezó esa crisis? Los primeros atisbos se registraron en el estreno de Los amantes del Pont Neuf (1991) de Leos Carax, amores entre un vagabundo y una toxicómana, presentada en la época como la película más cara del cine francés y de una calidad argumental dudosa. Aquella película recogió elogios unánimes: si se ve hoy se percibe lo que ya era evidente en 1991, que se trataba de una película apta sólo para pedantes. La protagonista (sucia, colgada, alcohólica) era Juliette Binoche que en Ma Loute ha sido elevada a “gran burguesa”. Los elogios que recibió la película y el fracaso de público que supuso, constituyeron la primera grieta entre la industria del cine francés y su público natural. Desde entonces, lo que primero era solamente una fisura, se ha ido transformando en grieta, luego en brecha y actualmente revista las dimensiones de un abismo.

De tanto en tanto aparece alguna película notable, pero no desde luego con la cadencia de la época dorada de aquella cinematografía. Ese agotamiento ha venido, en parte, como producto de la corrección política. El director de Ma loute, Bruno Dumont es un arquetipo de este modelo desde que filmó sus dos primeras cintas: La vida de Jesús (1997) y La Humanidad (1999). A fuerza de insistir en lo “políticamente correcto”, la cinematografía francesa se ha alejado de la sociedad francesa. Ha dejado de interesar y, por tanto, ha dejado de crear obras maestras. Se ha limitado a buscar subvenciones y subsidios a fondo perdido y a tratar de “epatar” a una intelectualidad dispuesta a dejarse sorprender, pero sólo por los amigos. El resultado ha sido un cine francés parecido a una ballena varada en la playa, un gigante que está agonizando: ha perdido la identidad de su grandeza. En otro tiempo, una película francesa era garantía de buen hacer. Tras la inglesa, la industria francesa del cine era la más pujante de Europa. No en vano fue allí en donde nació la “nouvelle vague” y, antes incluso, donde se hicieran las grandes obras del género negro de postguerra. De todo eso no queda ya nada. Cada vez somos más los que antes de ver una película francesa miramos una y otra vez el tema, los nombres de los actores y el historial previo del director y, muchos más los que simplemente se declaran “objetores de conciencia” negándose a ver más cine francés.



Directores como Dumont se limitan a lanzar productos mal perfilados, escasamente refinados, pensando que los críticos amigos suyos y cultivadores de la misma “corrección política”, se encargarán de encontrarles méritos e intelectualizar sus valores. Unos nos dirán que Dumont vuelve a la carga con el tema de los “antagonismos de clase”, otros dirán que es una nueva versión del Romeo y Julieta o que se trata de una película de síntesis de todos los géneros habidos y por haber (comedia, drama, tragedia, terror, noir, social)… No se engañen: el cine es bueno o es malo. Cuando se intelectualiza suele ser malo. Y, en ocasiones como ésta, además de malo, es aburrido. Por eso muere el cine francés: porque además de la brecha entre directores y público, los críticos tienden a sobrevalorar películas que luego resultan decepcionantes para quien ha pagado la entrada. Para colmo,  se reparten alegre e inmerecidamente premios (Ma Loute se ha llevado un Giraldillo en el Festival de Sevilla de 2016 y nueve nominaciones en los Premios César entre otros al “mejor actor”, Fabrice Luchini que, por cierto, no está sino para recibir una reprimenda por su falta de convicción interpretativa) que abren una brecha adicional entre los intereses del público y una industria que premia tristes mediocridades.
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