sábado, 19 de noviembre de 2016

Paranoia: acusando a las farmacéuticas


El pasado 17 de noviembre de 2016, Netflix estrenó internacionalmente una miniserie de bastante calidad e interés, tanto por la interpretación como por el guión y, muy especialmente, por el tema que aborda: la actividad cuestionable de algunas compañías farmacéuticas. En el momento de escribir estas líneas, Studio Canal, distribuidora de la serie y Red Production Company, productora de la misma, están valorando todavía su repercusión y sus índices de audiencia para establecer si habrá o no, segunda temporada. En un mundo cada vez más competitivo como el de las series, se está imponiendo –especialmente en el Reino Unido– la práctica de lanzar una miniserie y ver como la acoge un público cada vez más exigente, antes de contratar la segunda temporada. Hemos visto esta práctica en series británicas que, inicialmente, se habían presentado como miniseries y que ahora van por su segunda o tercera temporada: Broadchurch, Happy Valley, The Hour, etc. No hay nada como apuntar sobre seguro: aquella miniserie que ha tenido mucho éxito, hay que pensar que el público le reconoce méritos y siempre parte con un suelo de audiencia elevado para la siguiente temporada. En España se sigue esta misma práctica aunque con otros criterios: aquí Mar de Plástico logró buenos índices de audiencia en la primera temporada, a pesar del guión desastroso y de algunas interpretaciones deficientes y, como era de esperar, en la segunda temporada, literalmente, se hundió en la sima de las audiencias, mientras que miniseries de calidad notable y buena aceptación (como Crematorio) no repetían temporada. Y es que los arcanos de las televisiones generalistas carpetovetónicas son indescifrables.




Durante los primeros episodios, el espectador se pregunta a qué obedece el título: Paranoide. Si consultamos cualquier diccionario de psicología veremos que el “paranoide” es aquel paciente afectado por un trastorno de personalidad que tiende a tener dificultades en sus relaciones sociales multiplicando sus sensaciones de desconfianza, suspicacia, susceptibilidad y reservas ante cualquier otra persona. Puede ser diagnosticado como “paranoico” aquella persona que sufre estas alteraciones en su percepción de la realidad durante mucho tiempo. Es, como otras enfermedades psicológicas, una alteración de la química del cerebro. La figura del paranoico ha sido llevado muchas veces al cine: hemos visto tipos paranoicos en El efecto Mariposa (2004), en The Jacket (2005, Regresiones de un hombre muerto), en Los paranoicos (2008), en Sliver (1993), en Pi, el orden del Caos (1999) y un largo etcétera desde que en los años 20, la paranoia se convirtió en uno de los rasgos del expresionismo alemán. Solamente, a partir de los episodios centrales de esta miniserie se empieza a advertir el por qué del título.

La serie arranca de un grupo de policías que están tratando de determinar si un médico que ha aparecido ahogado en su domicilio, ha sido asesinado o se ha tratado de un accidente fortuito. Los policías se ven auxiliados inesperadamente por alguien que les envía mensajes crípticos, y entrevista a algunos testigos haciéndose pasar por policía. Una médica es acuchillada en un parque infantil y se establece que ambos casos pudieran estar relacionados. Las investigaciones les llevarán a determinar que las pistas conducen hacia una empresa farmacéutica alemana. A partir de aquí, la serie desarrolla su trama en dos escenarios nacionales: el Reino Unido y Alemania. 

El fondo de la cuestión que planea a lo largo de los tres últimos episodios de la serie es la crítica a determinados fármacos que, más que sanar, contribuyen a generar y ampliar los síntomas de las enfermedades que dicen curar. Se hace especial referencia a fármacos antidepresivos, a tranquilizantes y para combatir el insomnio que terminan generando dependencia y alterando gravemente la personalidad. En el fondo de la miniserie podemos encontrar, pues, una crítica acerada a las compañías farmacéuticas. Se alude explícitamente a voluntarios para sus experimentos que perdieron la vida y cuyas muertes se enmascararon o a efectos secundarios indeseables sufridos por pacientes que los ingirieron una vez comercializados. Se trata de temas que están en el aire: la desconfianza hacia las multinacionales de farmacia cuyo negocio no es la salud, sino la enfermedad. Sin duda no es por casualidad que una parte de la serie se haya filmado en Alemania, patria, capital y faro de la industria farmacéutica mundial. El espectador viajará a Alemania gracias a una cuidada minimalista fotografía.


La serie en ningún momento pierde ritmo ni se convierte en moralista o ramplona, riesgos en los que frecuentemente caen productos que aspiran a realizar denuncias sociales. En todo momento, “pasan cosas”, y los episodios no se resuelven a través de interminables diálogos estáticos de plano y contra-plano, sino que estos se insertan en escenas trepidantes y extremadamente ágiles. La serie, digámoslo así, no se detiene nunca, siempre está en marcha, siempre avanza en la elucidación del caso, el espectador puede respirar, pero si se pierde diez minutos es posible que lo que encuentre al volver a sentarse ante la pantalla sean situaciones my diferentes a las que tenía cuando se ausentó. La serie, por decirlo así, “fluye” de manera muy natural y en absoluto forzada. El espectador va advirtiendo poco a poco cuál es el fondo de la cuestión y experimenta un interés creciente. Como en este tipo de series, está claro que los “buenos” ganarán, pero hasta el último episodio no sabremos ni a qué precio, ni a costa de qué, ni cómo se producirá el desenlace.

Uno de los elementos más atractivos de esta serie es la interpretación de los actores principales y de los recurrentes. Destaca la interpretación de Indira Varma (“Nina Suresh”) como policía que investiga el caso, actriz de padre indio y madre italo-suiza, de gran personalidad y a la que recientemente habíamos visto en la serie de la HBO, Roma (2005-2007) y en Luther (2010-2015), emitida por Neflix. Si exceptuamos su olvidable intervención en Kamasutra, una historia de amor (1997) su primer gran papel en TV fue como “Ellaria Arena” en la serie Juego de Tronos (2011-hoy). Igualmente relevante es la actuación de Robert Glenister (“Boby Day”) policía desquiciado por los tranquilizantes, actor británico de amplio historial que destacó especialmente en Hustle (2004-2014, La Movida) y cuyo rostro nos sonará también de algunos episodios de la versión inglesa de Law & Order: UK (2009), sin olvidar su interpretación como “Duque de Lorena” en Los mosqueteros (2016). Otro tercer actor a destacar es Kevin Doyle (“el detective fantasma”) que nos hizo sufrir en la segunda temporada de Happy Valley, cuyo papel era el más angustioso de toda la serie. Se trata de un actor que interioriza tanto el personaje que transmite diáfanamente sus sensaciones al espectador que, inevitablemente, se identifica con él, sea villano o justiciero. Y una última mención a Danny Huston, el actor de proyección más internacional que aparece en esta serie como director de la multinacional farmacéutica del que lo mínimo que puede decirse es que “de casta le viene al galgo”, pues no en vano es hermano de Anjelica Huston e hijo de John Huston. Inolvidable su actuación como “Orson Wells” en Fundido a negro (2006).

Miniserie recomendable que tiene, además, el aliciente de la brevedad y del producto bien elaborado, mejor rematado, bien cerrado y con un interés constante para el espectador. Para amantes del género policíaco, de las series inglesas y de las tramas que abordan problemas que están en la boca de todos.



FICHA:

Título original: Paranoid
Título en España: Paranoid
Temporadas: 1 (8 episodios)
Duración episodio: 60 minutos
Año: 2016
Temática: Thriller
Subgénero: Farmaceúticas
Actores principales: Indira Varma, Roberto Glenister, Dino Fetscjer, Neil Stuke, Lesley Sharp, Christian Paul, Michel Maloney, Kevin Doyle.
Lo mejor: Robert Glenister y Kevn Daoyle en sus papeles.
Lo peor: él que no habrá segunda temporada.
Puntuación: 7

¿Cómo verlo?: A través de Netflix.
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