viernes, 18 de noviembre de 2016

El Príncipe de Bel–Air, o el mito de la clase media negra


Nos hizo reír a todos y mientras reíamos no advertíamos el interés propagandístico de la serie. Nos hizo reír y nos divirtió a lo largo de 148 episodios, unas veces más y otras menos, pero contribuyó a distorsionar la visión que teníamos de la sociedad estadounidense. Y luego, cuando, tres décadas después volvimos a verla, cuando conocemos mejor a los EEUU y lo que allí se cuece, reconocimos en ella una enorme, descomunal y gigantesca estafa a la esperanza: el hacer pensar que una familia acomodada negra podía existir sin tener nada que ver con las grandes figuras de la NBA o de las ligas de futbol americano. 

Y, nosotros, pobres españoles que lo ignorábamos casi todo de la realidad social de los EEUU nos creímos que los negros –a los que, en virtud de las reglas de lo políticamente correcto que se fabricaban en aquellos años, paralelamente a la emisión de la seria, se les empezó a llamar “afroamericanos”– habían progresado tanto desde las leyes de integración racial de JFK y de Lyndon Johnson, que ya constituían una compacta clase media, incluso con su franja de clase media alta, y con su porcentaje de responsabilidad en la sociedad norteamericana. Claro está que cuando cogíamos un avión nos extrañaba que nunca el piloto fuera afroamericano, también que no abundaran como locutores en los informativos de aquel país o que este grupo étnico aportara el mayor porcentaje carcelario de los EEUU o, finalmente, que los menores de 35 años negros tuvieran como causa más probable de muerte el tiroteo con armas de fuego. Luego vimos que los chicos blancos acudían a locales de country y de rock, mientras que los negros de la misma edad disfrutaban con el hip–hop y el rap. El hecho de que Barak Obama alcanzara la presidencia de los EEUU no logró convencernos del éxito de las políticas de integración racial. Lo peor no era que las distintas razas estuvieran separadas por altos muros, sino que ya nadie se sorprendía por ello. Incluso, los que no manifestaban prejuicios raciales de ningún tipo en cualquiera de las razas, preferían vivir y convivir con los que eran como ellos. Eso es lo que pensamos –o mejor dicho, lo que hemos visto– ahora, pero que no se nos habría ocurrido pensar 30 años atrás cuando nos enganchamos a ver los capítulos de El Príncipe de Bel–Air. De ahí que acusemos a esta serie de estafa y fraude socio-político.




No era la única serie protagonizada íntegramente por actores afroamericanos. En los mismos años en los que se proyectaba la serie protagonizada por Will Smith, tenía éxito Cosas de Casa (1989–1997) que nos permitió ver el desarrollo físico desde la infancia de “Steve Urkel”, representado por Jaleel White. Eran los años dorados de Wesley Snipes y de Eddie Murphy, cuyas películas no encontraban el menor problema en filmarse y proyectarse en todo el mundo a pesar de sus calidades cuestionables. Spikes Lee empezaba a filmar películas y su biografía de Malcolm X –acaso su mejor trabajo– se proyectaría en esos años (1992). Eran raras las series de televisión interraciales: o estaban diseñadas para blancos, o para negros. La situación no había cambiado mucho desde que el editor de Tintín en América, obligó al dibujante Hergé a cambiar una de sus ilustraciones en las que un ama de cría negra cuidaba de un niño blanco. La sociedad americana parecía no querer reconocer lo que sus leyes habían establecido. Más adelante irrumpió una generación de actores negros (Morgan Freeman, Denzel Washintong, Cuba Gooding, Forrest Withaker, Samuel L. Jackson, Laurence Fishburne) de primera fila que parecían estar más allá de la estratificación étnica. A ellos se unió Will Smith tras el éxito de El Príncipe de Bel–Air. Pero en el terreno de las sit-com nada cambió, es más, tendió a segmentarse: series para blancos, series para negros…

Andy y Susan Borowitz, creadores de la serie, hicieron un buen trabajo cuando abordaron la guionización. Ambos no son, precisamente, afroamericanos, así que crearon deliberadamente un estereotipo inexistente en la realidad: una familia de color, unidad y acomodada, cuyo cabeza de familia era un reputado juez, en un entorno –mayordomo incluido– de clase media acomodada, residiendo en el exclusivo y selecto  barrio de Bel–Air (Los Ángeles), recibía a un joven familiar, oriundo de Filadelfia, típico chico del gueto, que había debido huir a causa de un enfrentamiento con una banda local de delincuentes. El muchacho, interpretado por Will Smith, resulta ser un afroamericano joven y desenfadado procedente de un barrio pobre,  que se expresa en una jerga utilizada por  millones de su misma etnia que resulta aborrecible por su nueva familia; se siente, viste y se comporta de manera muy distante a sus tíos y primos y es propenso a meterse en líos y arrastrar en ellos a sus primos terminando por afectar al muy severo y orondo juez “Philips Banks” o, como se prefiera, “Tío Phil”. La familia de acogida está compuesta, además de por el juez y su esposa, por sus tres hijos (un tontorrón ambicioso y metepatas, “Carlton Banks”, interpretado por Alfonso Ribeiro), dos hijas (“Hillary” y “Ashley”) y un mayordomo (“Geoffrey”) que se tiene por miembro de la familia aunque muchas veces sus “amos” lo traten como un esclavo). A partir de todos estos elementos, la serie emprendió un recorrido que le llevaría a seis exitosas temporadas. 


Los hijos del matrimonio “Banks” son los típicos niños bien, sofisticados, ambiciosos, tontorrones, creídos y pijos, que contrastan con los orígenes de “Will Smith” (cuyo nombre en la serie es el mismo que el del actor que lo encarna). Pero, sin duda, el personaje más notable corresponde a “Geoffrey” el mayordomo de origen inglés, serio, extremadamente refinado, que hace gala constantemente de un sentido del humor absolutamente irónico, sutil e imperturbable. Más adelante se añadirá otro protagonista: “Jazz”, espécimen habitual “del gueto”, provisto siempre de gafas de sol y con modales de “perro callejero”. 

En los primeros episodios aparece un Will Smit adolescente (apenas tenía 21 años cuando se inicio el rodaje de la serie). Previamente, tenía una carrera como cantante de rap (componiendo un dúo, precisamente, con el actor que luego encarnó en la serie a “Jazz” (Jeff Townes), así que cuando se inició el rodaje era ya muy conocido entre la comunidad negra de los EEUU. Lamentablemente para él, también había conseguido llamar la atención del fisco que lo persiguió por una deuda de casi tres millones de dólares. El inicio de la serie El Príncipe de Bel–Air, no solamente lo salvó de la ruina y, posiblemente, de la cárcel por defraudación de impuestos, sino que  señaló el punto de arranque de una brillante y taquillera carrera como actor. 

La serie superó en cuotas de audiencia de El Show de Bill Cosby (1984–1992), con la que se la solía comparar al estar protagonizadas ambas por actores afroamericanos. Debía de haber acabado en la cuarta temporada, cuando el protagonista regresaba a su barrio originario en Philadelphia, pero las insistentes protestas del público consiguieron que se prolongara durante otras dos. 


El mensaje de la serie era completamente falaz: no existía una clase negra acomodada (como no derivase del mundo del entertaintment o de la élite del deporte), y si existía se trataba, fundamentalmente, de excepciones. Los “chicos del gueto”, por tanto, no tenía esperanzas de irse a vivir con sus tíos ricos y debían contentarse con una vida bastante miserable y que tenía muy poco que ver con el “sueño americano”. El mensaje iba dirigido al joven negro del gueto: “confórmate con lo que tienes… especialmente si no tienes tíos acomodados que vivan como los blancos”. El joven negro del gueto era el “enrollado”, el “espontáneo”, el “que vivía libremente y de manera natural”, que solamente aspiraba a seguir siendo lo que había sido siempre: con unos gustos vulgares, una falta absoluta de interés cultural, la caricatura que los WASP se hacen, en definitiva, de los chicos del gueto. La serie pintaba a estos jóvenes tal como eran: por eso la serie cautivó a esa franja de espectadores. Will Smith era uno de los suyos. El actor estaba en sus comienzos, su carrera posterior ha resultado portentosa y ha terminado siendo un gran actor reconocido, no solamente por los premios que aquilató, sino sobre todo por su calidad interpretativa. Se convertía, con el resto de actores negros que irrumpió en aquellos años o poco antes, en otra “excepción” a la situación habitual de la población afroamericana de los EEUU. En Europa, en cambio, la mayoría de quienes vimos la serie creíamos que  algo había cambiado en los EEUU: que la excepción se había convertido en regla. Y resultaba que no…

La serie tuvo buena acogida en España. Emitida, inicialmente por Antena 3, antes del informativo del mediodía, ha sido reproducida posteriormente por otros canales (Neox, Paramount, K3), las audiencias siempre la han respaldado hasta nuestros días. Puede gustar a los que aman las sit–com. Ésta lo es y de las buenas. En la actualidad, la serie ha perdido parte de su frescura y los treinta años transcurridos han entrañado cambios notables en la concepción de estos productos, pero la serie sigue entreteniendo y generando sonrisas, aunque seamos conscientes de que nos cuenta un imposible, dentro de algo improbable y envuelto en lo globo de lo extremadamente raro. También gustara a los que quieran tomar el pulso a la sociedad afroestadounidense de aquellos años: el gueto seguía siendo el gueto, pero, ésta y las series similares que hemos mencionado, tendían a generar la ilusión de que existía una clase media negra que había alcanzado el mismo nivel de bienestar que su homóloga blanca. Ficción increíble. 



Ficha

Título original: The Fresh Prince of Bel–Air.
Título en España: El Príncipe de Bel–Air
Temporadas: 6 (148 episodios).
Duración episodio: 23 minutos.
Año: 1990–1996.
Temática: Comedia de Situación.
Subgénero: Afroamericanos.
Actores principales: Will Smith, James Averi, Karyn Parsons, Alfonso Ribeiro, Josept Marcell, Tatyana Ali, Janet Hubert, Daphne Reid, Jeffrey A. Townes, Ross Bagley.
Lo mejor: Los sueños del afroamericano.
Lo peor: Sociológicamente era una fraude a la esperanza.
Puntuación: 6,5
Tema musical de la serie:

¿Cómo verlo?: Se proyecta actualmente en el Paramount Chanel. Puede adquirirse en DVD. Algunos episodios pueden verse en youTube.
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