domingo, 20 de noviembre de 2016

Code of a Killer, la huella digital postmoderna


Uno está habituado a que en series como CSI, desde hace 15 años, un grupo de policías científicos obtengan las pistas que lleven a la resolución de un caso, colocando simplemente residuos y basura en una bolsa de plástico, colocándolo todo en una maquinaria excepcionalmente sofisticada que señala con precisión matemática quién es el asesino. Y las cosas son así, pero sólo relativamente. La investigación convencional, meticulosa y paciente, sigue siendo el eje de la actividad policial. La parte científica entra, como entran también las imágenes obtenidas mediante videocámaras, sólo desde hace unos años y no siempre de manera determinante. La ciencia no puede resolver sola un caso criminal, quién lo resuelve es la ciencia como elemento de apoyo para la investigación policial clásica. Pues bien, Code of a Killer nos muestra el punto de arranque histórico en el que la investigación genética interfirió felizmente con la investigación policial.




Definimos a esta miniserie de apenas dos capítulos como “thriller” policial aun cuando no veremos en ella ni persecuciones trepidantes, ni tiroteos, ni malos-malísimos que escapan una y otra vez de las garras de la justicia, ni truculentos crímenes repetidos una y otra vez hasta que la policía logra ponerle las esposas al asesino. Code of a killer es una miniserie tranquila, extremadamente relajada, británica en definitiva, en la que se narra la historia real del genetista Alec Jeffreys que estableció que el ADN humano dejaba una huella personalizada, sin réplica posible, y que no existían dos huellas similares. Es algo así como la impronta digital, pero anidada en los genes. Bastó, pues, a partir de entonces, con contar con un resto genético para localizar a un asesino con una seguridad del 100%. La primera vez que esta técnica se aplicó a la investigación policial fue con motivo de los llamados “asesinatos de Leicestershire” en los que un escurridizo asesino arrebató la vida a dos jóvenes, Lynda Mann y Dawn Ashworth. Era el año 1984, la época dorada del tacherismo en el Reino Unido donde se sitúa la trama de Code of a killer.

Un policía, tan veterano como imaginativo, se hizo cargo de la investigación. De hecho, corresponde al detective-jefe David Baker el haber concebido la aplicación policial de la técnica científica ideada por Alec Jeffreys. Prácticamente sin más pistas que un pequeño rastro genético, pronto entendió que el único punto de apoyo para resolver el caso era el método de análisis del ADN ideado por Jeffreys de cuya existencia se enteró por un artículo de prensa. Basado en la convicción estadística de que los asesinos en serie actúan en un radio de acción de ocho kilómetros a partir de su lugar de residencia, el detective-jefe Baker convenció a sus superiores para realizar 5.000 análisis genéticos destinaos a ubicar al asesino. Era un esfuerzo económico desmesurado, pero la brutalidad del asesino, y la posibilidad de que en cualquier momento pudiera repetir sus crímenes, indujo a Scotland Yard, a autorizar la investigación. Cuando llevaban menos de 5.000 pruebas genéticas, la investigación dio sus frutos, tal como preveía Baker: el asesino en serie había optado por enviar a un empleado en su lugar para realizar la prueba. La sustitución llegó a oídos de la policía que terminó deteniendo al responsable de los crímenes.


Revelar estos datos no puede ser considerado como spoiler. La miniserie es hasta tal punto fiel  a los hechos que cualquiera que se interese por los “asesinatos de Leicestershire” puede conocer el final del episodio. Lo importante no es, en este caso, cómo termina la miniserie, sino lo que supuso la aplicación de una técnica nueva, entonces extremadamente costosa, en la investigación criminal: todas las partes implicadas se jugaban mucho. Si no se atrapaba al criminal, planearían dudas sobre la exactitud y la solvencia del científico que había establecido el sistema. Las autoridades de Scotland Yard estaban alarmadas por los costes del análisis del perfil genético de 5.000 ciudadanos (que hubiera podido ampliarse hasta 28.000 si no se hubiera resuelto el caso antes). El policía responsable de haber sugerido el método, se arriesgaba, simplemente a ver su reputación y credibilidad arruinadas. Y lo que era peor: no existía otra vía de investigación, así que era previsible que, como corresponde a los usos y costumbres de un asesino en serie, éste volviera a repetir sus crímenes.

Cuando la miniserie se proyectó en el Reino Unido fue acogida con división de opiniones entre la crítica. Se reprochaba que la personalidad del doctor Jeffreys no estuviera completamente redondeada y que se atribuyeran sus dificultades matrimoniales solamente al estrés generado por su trabajo. Otros reprocharon a la serie el ser un tráiler policial sin cadáveres ni efusión de sangre. Otros, por el contrario, defendieron la miniserie precisamente por esto mismo: habían tenido la delicadeza de no basarse en “pornografía mortuoria”, mostrando cadáveres desnudos sanguinolentos y maltratados, arrebujados inertes sobre el barro. La serie, en este sentido, es extremadamente pulcra, pero no por ello menos efectista: basta una expresión de angustia e ira del detective-jefe para resumir lo que debió sentir el protagonista real cuando vio el cadáver de la primera víctima del asesino en serie. No se ve el cadáver, pero se intuye perfectamente en qué estado se encontraba. En nuestra opinión, la serie es digna, ilustrativa, dinámica y angustiosa. Constantemente pende sobre el espectador la sensación de que se va a producir un nuevo crimen antes de que la policía descubra al autor. 


El guión de la serie se basó en el libro de Joseph Wambaugh, The Blooding: The True Story of the Narborough Village Murders, en la que se narran tanto los asesinatos, como la trayectoria científica de Alec Jeffreys y la investigación que llevó a cabo David Baker y que, finalmente, llevó a la detención en 1987 de Colin Pitchfork, que hoy purga dos cadenas perpetuas. Tras ser detenido, declaró que desde su infancia sentía impulsos criminales que le llevaron a violar a las víctimas y estrangularlas. Precisamente, en 2017 podrá optar a la libertad condicional.

Los dos papeles protagonistas corresponden a John Simm (para la ocasión “doctor Alec Jeffreys”) que desde 1992 ha multiplicado su aparición en distintas series (La sombra del poder [2003], Life of Mars [2008], en Perros Locos [2011-2013], Intrusos [2014] y recientemente La captura [2016]). Una oportuna barba, lo convirtió prácticamente en sosias del personaje real que encarnaba. El partener de Simm-Jeffreys, el detective-jefe Baker, fue asumido por el veterano David Threlfall, actor shakespereano de vieja escuela, que ha aparecido en algunas películas notables (Juego de patriotas [1992], Master and Commander [2003], Mar Negro [2014]) , pero lo esencial de su carrera ha discurrido en televisión y mucho más especialmente en el teatro abarcando obras de los autores más reconocidos de la literatura mundial (incluido el papel de Don Quijote en la adaptación realizada por James Fenton de la obra de Cervantes). Shakespeare, Ibsen, Moliere le han facilitado algunas de sus mejores interpretaciones. 

La serie es un verdadero thriller por mucho que no estén presentes algunos de los rasgos habituales del género. Podría ser calificado de docudrama sin forzar mucho el género. E incluso podríamos considerarlo como una precuela de todos los CSI que llegaron quince años después de que las ciencias forenses experimentaran, a partir de los asesinatos de Leicestershire, y de la investigación que siguió un impulso decisivo. Recomendable por entretenida, ilustrativa y fiel a lo esencial del episodio real.



FICHA:

Título original: Code of a Killer
Título en España: Code of a Killer
Temporadas: 1 (2 episodios)
Duración episodio: 60 minutos
Año: 2015
Temática: Thriller
Subgénero: Científico
Actores principales: David Threfall, John Farzana Dua Elahe, Anna Madeley, John Simm, Jaz Deol.
Lo mejor: la fidelidad a los hechos reales.
Lo peor: que no se hagan series así todos los días.
Puntuación: 8

¿Cómo verlo? De momento puede verse a través de programas “peer to peer”.
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