domingo, 2 de octubre de 2016

The Ranch, entre Bonanza y Frasier


Realizada según el modelo de las sitcom, The Ranch se basa en situaciones esperpénticas desarrolladas en un rancho perdido en Colorado, al pie de las Montañas Rocosas: la Norteamérica profunda, pero no confundamos, no la pacata y reaccionaria la de los baptistas del Sur, sino la de los que hace cien años eran cowboys propios del westner. Por algún motivo que escapa al entendimiento del sufrido espectador, desde hace dos décadas, las televisiones de poco presupuesto (y últimamente hasta el canal Paramount), ofrecen sistemáticamente, en las tardes y a diario, una –o incluso dos- películas del “lejano oeste”. Lo que han hecho los productores de The Ranch ha sido un producto que evoque esta inflación cotidiana de este tipo de películas. La habilidad ha consistido en trasladar la trama a un entorno familiar (a fin de cuentas westerns como Bonanza [1959-1973] o La casa de la pradera [1974-1983], tenían ese sello), cambiando apenas el caballo por el pickup, pero manteniendo los sombreros de ala ancha, las botas vaqueras y ese estilo rudo e implacable propio de quienes abrieron la “nueva frontera”. Ah, y lo más importante, dar al conjunto el aire de comedia de situación. El resultado es bueno. Para ser más exactos: más que bueno, sin llegar a la excelencia.



No se crea que este serie es frívola o trata de arrancar solamente una sonrisa del espectador. Lo que presenta The Ranch es la dualidad de la sociedad nortemericana actual. No todo es la sofisticación de Manhattan o los refinamientos de San Francisco y Los Ángeles, no todos los norteamericanos son brokers de bolsa, ni jugadores de la NBA, ni viven Malibú o en Greenwich Village; también hay una América en precario, dejada de la mano de Dios, con dificultades para pagar las hipotecas y a los que el esfuerzo cotidiano apenas les llega –como  los protagonistas de The Ranch- para afrontar la factura de la luz. Esta serie está ubicada en este ambiente y nos muestra a un jugador de fútbol americano, retornando a su hogar, cuando ya ha sido modelado por la América del lujo y del consumo.

Quizás lo más acertado de la serie es la elección de los personajes: Ashton Kutcher (“Colt Bennett”), antigua estrella del fútbol americano que ha jugado equipos en todo el país y, finalmente, retorna al rancho de su padre, decidiendo ayudar a la familia cuando se entera que está en dificultades económicas. El retorno de “Colt” genera recelos en su hermano “Gallo” (interpretado por Danny Masterson, cuyo rostro suena de mediocres películas y de series de escasa fortuna, pero que aquí ha tenido su gran oportunidad). “Gallo” jamás ha salido del pueblo y es lo que suele llamarse un “tipo rústico”, un patán. Su falta de rodaje social lo conjuga con una gran capacidad en el manejo de todo lo relativo al rancho. Parte de la trama tiene que ver con las continuas peleas entre estos dos personajes con mentalidad de adolescentes inmaduros. 

La familia se completa con los padres de las criaturas: Maggie Bennett y Beau Bennett, papeles cubiertos por Debra Winger y Sam Elliott, veteranos actores de rostros muy conocidos en televisión y de amplios historial cinematográfico. La Winger, incluso en sus modales habituales fuera del plató, tiene ese comportamiento duro como el pedernal y austero como el de una lagartija, que extraño de haber sido agricultora en un kibutz del desierto antes de pasar una temporada por el ejército israelí. Al regresar a EEUU llamó la atención por protagonizar uno de los primeros desnudos integrales sin censura en el cine norteamericano (Slumber Parti ’57 [1976, Fantasías sexuales]), protagonizando éxitos en los 80 y 90 (Oficial y caballero [1982], Urban cowboy [1980], La fuerza del cariño [1983], Peligrosamente juntos [1986], Shadowlands [1993]), sin olvidar las once emporadas de Wonder Woman (1976-1977) en donde, precisamente, ella encarnaba a la “mujer maravillas”. En The Ranch ocupa, como toda mujer en la vida, el papel de madre realista, habituada a bregar con los destrozos causados por su marido y a la que no sorprenden los perpetrados por sus dos hijos, dignos hijos de su padre. En cuanto a Sam Elliot, llevaba desde 1969 apareciendo en papeles secundarios hasta que en 1993 aprovechó Tombstone, la leyenda de Wyatt Earp (1993) para ser conocido internacionalmente, consagrándose como actor cómico en El gran Labowski (1998); en los últimos años se carrera ha ido en alza.  Sus grandes mostachos contribuyen a darle ese aspecto patriarcal y su expresión socarrona (que puede convertirse en acerada y siniestra según las exigencias del guión), bajo el sombrero de ala ancha, lo muestran como un personaje muy bien diseñado que le viene como un guante a Elliot. El veterano de Vietnam, patriarca de la familia, bebedor empedernido, parece un niño grande que apenas ha madurado solo un poco más que sus hijos.


Kutcher, cuyo tránsito a Dos hombre y medio, empezó con bajo rendimiento (como si se sintiera incómodo y desubicado por sustituir a Charlie Sheen), luego recuperó el ritmo y empezó a sentirse bien en la serie y, finalmente, los propios guionistas contribuyeron a pulverizarla en la infumable última temporada (haciéndola converger con Modern Family), demuestra en The Ranch que puede dar mucho juego en papeles cómicos. A pesar de que los guionistas han compuesto una serie “familiar” en torno a cuatro personajes, es evidente que sobre las espaldas de Kutcher recae el mayor peso de la trama. A fin de cuentas, él es el “hombre de mundo”, el “deportistas de éxito” que retorno a un lugar en el que esos rasgos son completamente inútiles. En esta contradicción radica lo divertido de los episodios.

Siempre hay alguna serie de humor en pantalla, pero no todas son visibles: aquella inefable Bienvenidos al Lolita (2014) que emitió Antena 3 era, simplemente, mala; Modern Family (2009 en adelante) es un misterio porqué sigue rodándose cuando apenas gusta al mundo gay; y en cuanto a Cómo conocí a vuestra madre (2005-2014) nunca he logrado “enganchar” con ella. Las series estilo Cheers (1982-1993), con su spin off Frasier (1993-2004), Seinfeld (1989-1998) con su, más o menos, continuación Courb your enthusiasm (2000-2011), Friends (1994-2004) o Dos hombres y medio (2003-2015), son raras y poco habituales. Las “comedias de situación” no cristalizan así como así y si aparece una por década, podemos darnos con un canto en los dientes. 


Todo esto viene a cuenta de que The Ranch no puede compararse a ninguna de las series que acabamos de mencionar, pero tampoco es un producto aburrido o mal diseñado. Es simplemente, que las mencionadas le han colocado el listón demasiado alto. Con todo, puede verse y gustará a la mayor parte del público que gusta sonreír ante el plasma. De momento, Netflix filmó una primera temporada de 10 episodios que se acaban de estrenar en España y encargó una segunda que se empezará a proyectar el 7 de octubre para el público norteamericano. En EEUU ha sido acogida con división de opiniones, pero con más aplausos que críticas. En términos taurinos, no ha sido para cortar oreja ni rabo, pero si para dar la vuelta al ruedo con ovación.


¿”Funciona” la serie? Digamos que discurre a buen ritmo, unos episodios son mejores que otros, algunas situaciones hacen que las risas enlatadas de la banda sonora, sobren y, sin embargo en otras nos preguntamos qué diablos se ha dicho para que alguien sonriera. Pero el resultado final es positivo y los 30 minutos de duración se hacen agradables. Una serie, en definitiva, que puede verse, a condición de que el público que la elija tenga cierta predilección por las sitcom, que no se tenga ninguna prevención ante los cuatro actores protagonistas o que se haya pasado décadas esperando una serie de humor ambienta en el far west.
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