sábado, 1 de octubre de 2016

Hannibal, la precuela de las precuelas


Desde que en 1981 Thomas Harris escribió su novela El dragón rojo en el que aparecía por primera vez el “doctor Hannibal Lecter”, el siniestro personaje del psiquiatra caníbal ha merecido cinco largometrajes (Hunter/Cazador de hombre [1986], El silencio de los corderos [1991], Hannibal [2001], El dragón rojo [2002] y Hannibal: el origen del mal [2007]) y, por si no era suficiente, la serie televisiva Hannibal nos sitúa en la vida del asesino en serie previa a su detención por la agente Clarice Starling (Jodie Foster). La tradicional y consabida precuela ideada por algún guionista al que, a falta de capacidad para idear un producto nuevo y original,  se le ocurrió la pregunta tópica: “¿Qué ocurrió antes de…?”. Las tres temporadas que se filmaron de la serie, contribuyen a perfilar la respuesta. 

Así que ya sabemos lo que vamos a ver, y mejor que nadie se llame a engaño: una serie en la que en cada episodio aparece un asesino en serie desmadrado y psicótico que, invariablemente, es descubierto por el grupo protagonista entre los que figura el propio Hannibal Lecter que ya degustaba lujuriosamente platillos elaborados con las vísceras de sus propias víctimas. Y son 38 capítulos con una sucesión de destripamientos, cocinado de higadillos y escenas a medio camino entre lo gore y el Master Chef.


En la época en la que se sitúa la serie, Hannibel Lecter era colaborador del FBI y ya apuntaba las maneras de sofisticación que se intuían en El silencio de los corderos y llegaban a sus más altas cotas, especialmente, en la secuela de 2001 y con más mesura en la filmada al año siguiente. Buenos gustos musicales (especialmente gastronómicos), distinción en la decoración de su oficina y de su vestuario: tal es el mundo el psiquiatra que contrasta con la de “Will Graham” (papel interpretado en la serie por Hugh Dancy), profesor de psiquiatría especializado en realizar perfiles de asesinos en serie reviviendo sus experiencias y poniéndose en lugar (con lo que implica de desgaste psicológico y riesgo de pérdida de la propia identidad), que también forma parte del grupo. 

La vida de éste es desordenada, su aspecto físico desaliñado; en su vivienda tiene como única compañía perros y más perros, así que casi podemos intuir el olor y los parásitos. Todo lo que en Lecter es pulcritud, estilo, elegancia, refinamiento y nouvel cousine, en él es caos y abandono, con un punto de sordidez y fast–food en el llantar. Por encima de ellos, el “agente Jack Crawford”, amigo de Graham, es una especie de síntesis entre ambos situado, jerárquicamente al frente de la unidad del FBI especializada en delincuentes con trastornos mentales. Pongan estos tres personajes –cada uno con sus obsesiones y problemas– confrontados a una retahíla de truculentos asesinos en serie, agítese moderadamente y se tendrá esta serie de principio a fin. Si en lugar de Hannibal se hubiera llamado Atila no hubiera cambiado gran cosa. Pero el reclamo radicaba en que tuviera, de partida, la audiencia que se dejó seducir con el ciclo del más famoso caníbal de la pantalla grande.

Pero, en realidad, quedan en esta serie muy pocos elementos de la figura original de Hannibal Lecter, tal como la concibió inicialmente Thomas Harris. Más que distinguido, el Hannibal de esta serie, no pasa de ser un snob, pedante y con un dudoso gusto en el vestir. Más que personaje “con estilo”, es uno de esos excéntricos que hoy te invitan a comer y en lugar de un menú capaz de saciar tu estómago, te obsequian con un plato de diseño enorme en cuyo centro aparece algo que, en principio no está claro qué es y que luego resulta ser un suflé de hígados caramelizados envueltos en crema de sesos cocinados al fuego y sobre un lecho de mijo ahumado con hidrógeno de potasio. En esto radica toda la “distinción” y el “estilo” del Hannibal de esta serie. 


Hay que reconocer que la primera dificultad con la topa quien haya soñado en aprovechar el tirón cinematográfico del psiquiatra caníbal, es superar la interpretación y los tonos que le dio el Lecter de siempre, el de toda la vida, el único y el incomparable, encarnado por Anthony Hopkins. El danés Mads Mikkelsen, que asume el reto, se queda a medio camino. Hay algo en su rostro que resulta inquietante y ambiguo, pero que en esta ocasión no alcanza el nivel que Hopkins le dio al personaje. Y no es que sea mal actor como muestra el que su papel en Jagten (2012, La Caza) recibiera una granizada de premios internacionales y, entre otros, el de Mejor Actor el Festival de Cannes. 

Con esta serie, el problema no es la guionización (aceptable), ni el presupuesto (elevado), ni la producción (cuidada), sino el “concepto”: si quitamos el apellido “Lecter” de la trama, la serie se parece demasiado a Mentes criminales (2005 en adelante); el hecho de que sea un colaborador de la policía el que, a fin de cuentas, resulta ser más asesino que los asesinos que persiguen, es un tema ya conocido en Dexter (2006–2013); y el que la mayoría de asesinatos tengan lugar en zonas rurales remite a algo a lo que estamos habituados desde Twin Peaks (1991) hasta True Detective (2014–2015); para acabar de arreglarlo, cuando vemos por primera vez a Laurence Fishburne entre los protagonistas, nos preguntamos si no nos habremos equivocado de teleserie o de canal y estemos viendo algún episodio de CSI en donde apareció entre 2008 y 2011, convirtiéndose en un rostro habitual de la serie. 


Así pues, el principal problema que tiene esta serie es que para componerla, se ha tomado solamente el nombre de Hannibal Lecter y todo lo que sugiere para los aficionados al cine, siendo todo lo demás una síntesis de lugares comunes evocados por todas estas series que hemos mencionados. Pasados por la batidora, tras un destilado apresurado y poco pulido, se les ha servido con la etiqueta unitaria de “Hannibal” a la espera de que una buena campaña de promoción aportara el interés que la serie no tiene. En los primeros capítulos genera cierto interés, no por sí misma, sino por lo que conocemos previamente de Hannibal. Luego, la sucesión de crímenes, a cual más siniestro, se convierte en un recurso tópico que, hacia el episodio sexto, empieza a cansar e induce al abandono. 

La serie fue proyectada en España por el canal AXN, pasando completamente desapercibida. Ahora vuelve a verse por Netflix. Los seguidores y entusiastas de Hannibal Lecter y del subgénero de serial killers pronto se cansaron de ella. Otro tanto ocurrió en los EEUU, donde tampoco llamó la atención. Sin embargo, la NBC renovó por una segunda y una tercera temporada, pensando sobre todo en la exportación. La segunda temporada es algo mejor que la primera, pero sigue dando esa sensación de que los guionistas nos han escamoteado al verdadero Hannibal Lecter y el que nos ofrecen en pantalla es un mero imitador. Cuando se hace un producto de síntesis entre distintas series televisivas con el común denominador de un ciclo cinematográfico, se aspira a que el resultado final guste a buena parte de los que han seguido tales series y se sintieron cautivados por la figura de Lecter. Esto garantiza un “suelo mínimo” de audiencia. A fin de cuentas, eso es lo que pretendían los productores y eso, a fin de cuentas, es lo que han logrado.



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