domingo, 25 de septiembre de 2016

Wallander... Kristen Henriksson


Inspector Wallander no hay uno, sino varios. Existe la serie sueca y su adaptación inglesa en la BBC, protagonizada por Kenneth Brannagh (e incluso varios han sido los actores que han encarnado el papel protagonista en la matriz sueca). La que nos interesa ahora es la compuesta por 25 episodios de 90 minutos protagonizada por Kristen Henriksson y que se empezó a filmar el 2005. Fue emitida en España por el canal TNT (mientras que la TV2 acaba de empezar a emitir la versión inglesa). Cada episodio incluye una historia completa, aunque los destinos y las relaciones personales de sus protagonistas den cierta ilación al conjunto. 

Es una de esas series de intriga y crímenes que, desde la trilogía Milenium (2009), han hecho ganar prestigio internacional a la cinematografía nórdica, demostrando que en el Norte de Europa se hace buen cine de este género. Es lo que se ha dado en llamar “nordic noir” al que ya hemos aludido en otros comentarios. Históricamente, esta serie constituyó uno de los arranque de esta corriente y marcó la pauta para todas las demás.
Si hoy, las películas sobre “los casos del Departamento Q” (Misericordia [2013], Profanación [2014] y Redención [2016]) han sido muy bien recibidas en la pantalla grande fuera de Dinamarca, se debe, en gran parte, a que diez años antes, Inspector Wallander abrió el surco. Este tipo de series y de películas podemos estar seguros de que, nos gustarán siempre, más o menos, pero nunca nos aburrirán. Tal patrón puede aplicarse a los veinticinco episodios de esta serie.


Es significativo que en todas las variedades el “nordic noir”, antes o después aparezca el problema de la delincuencia llegada de la Europa del Este. Buena parte de los episodios de Inspector Wallander tienen este tema como leit-motiv. Y este es uno de los aspects que más pueden interesar de esta serie: se centra en los problemas reales que está generando la migración de delincuentes de la Europa del Este, de Rusia y de los Balcanes, hacia los países nórdicos. Y debe ser así, porque en otras series más desenfadadas –Lilyhammer (2011), por ejemplo– esta peliaguda cuestión ya está presente y era, así mismo, uno de los que constituían el trasfondo argumental de Millenium. El guionista parece preguntarse constantemente si el estilo de vida nórdico es el mejor para combatir la delincuencia y si bastan los medios legales de un Estado de Derecho llevado a su límite extremo para vencerla. En Inspector Wallander la respuesta es positiva. En Lillyhammer, en cambio, ampliamente negativa. Claro está que la primera es sueca y la segunda noruega que es como decir la España y Portugal del norte: muy parecidos, muy próximos, pero no iguales.

Lo que más sorprende de esta serie es lo bien atados que están los guiones. Claro está que lo perfecto de esta perfección en la carpintería interior de cada capítulo se entiende mejor si tenemos en cuenta que cada entrega está inspirada en las novelas de misterio escritas por Hennig Mankell (de quien leímos que había muerto, precisamente, el año pasado) y que venía a ser algo así como nuestro Pérez-Reverte o el fallecido Manolo Vázquez Montalbán (Mankell, a todo esto, recibió en 2006 el Premio Pepe Carvalho, dado que, según el jurado “utilizaba la novela negra para abordar críticamente los retos de la sociedad actual” como hacía Vázquez Montalbán). En 1991 lanzó el primer relato sobre los casos del Inspector Kurt Wallander que, quince años después fue llevado al cine. En total, Mankell escribió doce novelas con este protagonista que han sido trasladados a la serie televisiva, siendo el resto, producto de la imaginación del Stefan Ahnhe y Stephan Apelgren que han seguido fielmente los trazos marcados por el padre de la criatura.


Lo que tiene de más atractivo esta serie es que todo en ella fluye como la seda. El hecho de que el actor Kristen Henriksson haya encarnado el papel protagonista es uno de los factores que han coadyuvado al éxito de la misma. Se trata de un veterano actor muy conocido en la escena nórdica, pero que más al sur, solamente resulta familiar a los seguidores de las cinematografías minoritarias. Henriksson sabe encarnar las actitudes y los valores de un inspector sesentón al que le queda poco por jubilarse, pero que se conserva todavía enérgico y en forma; lo ha visto de todo en su carrera y está rodeado por un grupo de profesionales que son, por expresarlo en términos, nietzscheanos, “humanos, demasidado humanos”. Y esto vale para el propio Wallander, policía metódico que ama su trabajo y que podríamos encontrar en cualquier comisaría del viejo continente e incluso a policías reales entrevistados en esos documentales norteamericanos sobre crímenes. Los protagonistas de la serie, sin excepción, tienen sus propios demonios, pasados y presentes: están ahí, les acechan en sus investigaciones, los distraen del cumplimiento de sus funciones, pero también les dan fuerza para proseguir. Wallander los estimula a todos.

Todo en Inspector Wallander es creíble: el equipo policial protagonista da la sensación de que nos los podemos encontrar como turistas en Benalmádena o Benidorm. Ninguno es un héroe invulnerable, ni un “hombre de Harrelson” troquelado y predeterminado para hacer triunfar el bien sobre el mal. La humanidad y la sencillez que destila la serie, sin duda, son sus mejores ingredientes. Las novelas de Mankell, constituye la materia prima del menú. Y la labor de los directores –por seguir en términos gastronómicos- un emplatado atractivo y que entra por la vida. Están ausentes efectos especiales, persecuciones de coches más o menos increíbles y no veremos laboratorios de diseño más cuidados que la decoración de una discoteca de moda, como en CSI: todo el presupuesto de la serie se ha empleado en un esfuerzos de guionización, en una selección de actores que pechen sobre sus espaldas con los papeles más variopintos y ajustados a sus rasgos, y en una dirección que ha sabido rematar brillantemente cada episodio. 


Hay series con ambiciones que luego resultan frustrantes (el cementerio de las teleseries está repleto de buenas intenciones que se llevaron mal en la práctica o segundas temporadas que lamentamos que se hayan filmado). Sin embargo, existen otras series cuyo único objetivo es generar un producto honesto y modesto, entretenido y ameno, que supuran buen hacer por todos los poros. Ésta es un de ellas y no podemos sino recomendarla encarecidamente.

La serie tiene, además, como atractivo el mostrar muchos aspectos de la sociedad sueca, poco conocidos o desconocidos. Conoceremos aspectos del sistema jurídico y de sus prácticas policiales, por supuesto, pero también sobre sus fiestas, celebraciones, composición sociológica, afanes culturales y ritmo de vida. Wallander gusta de encerrarse en su domicilio frente al mar y oír música clásica. Su oficina es, como la serie, austera y seguramente por eso, creíble. Los casos se le amontonan en la mesa, mientras él reflexiona mirando al horizonte desde la ventana. Y, sin embargo, a pesar de tener estas características, hay mucha acción en cada capítulo y, sobre todo, un dinamismo narrativo que hace que el espectador no pueda quitar los ojos del plasma. La música que acompaña las escenas intensifica el efecto que el director quiere transmitir. 

La serie está ambientada en la ciudad Ystad, en el extremo sur de Suecia, a unos 50 km de Malmöe, bañada por las aguas del Báltico. La villa ha sido elegida como emplazamiento  porque es una de las que tienen más marcado el carácter tradicional en toda la península escandinava: con un casco antiguo que, sobre todo, merece verse (en persona o a través de Google Earth, según posibilidades), pero al mismo tiempo se resiente de la proximidad a una gran ciudad, con todo lo que implica: zonas de la periferia degradadas, barrios-dormitorio, zona industrial, puerto, playas, marginados, delincuentes… De hecho, las localizaciones forman parte del atractivo que encierra esta serie, constituyendo otro de sus valores añadidos. 


Y es que, una serie es buena cuando todos los elementos que la constituyen lo son. Esta ley se cumple en Inspector Wallander, versión sueca.
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