sábado, 24 de septiembre de 2016

In The Flesh


Reconozco que, ni siquiera The Walking Dead (2010) hizo que me interesara por las series de zombies. Soy de la generación que empezó a ver cine con La noche de los muertos vivientes (1968) y ya tuve bastante con aquello. Sabía tempranamente de la existencia de los zombies gracias a aquella balbuciente TVE de los años cincuenta que había emitido La legión de los hombres sin alma (1932), históricamente la primera película que llevó el tema al cine. En realidad, si nos ha interesado In the Flesh es porque aporta alguna novedad al género: la condición de zombie aparece como “reversible”. Algo inédito. 

La serie, producida por la BBC entre 2013 y 2014, desde el principio se nos muestra como algo original que aspira a interesar al público que desde hace una decena de años se convirtieron en “zombiadictos”. Era inevitable que la cinematografía inglesa quisiera insistir en el éxito mundial de Walking Dead. Para hacerlo, no repite las habituales marchas de zombis tambaleantes, los estallidos de sus cabezas y las escenas del canibalismo –nunca mejor dicho– más descarnadas.
Cuando ve la primera escena de esta miniserie (apenas se prolonga durante nueve capítulos), el espectador cree que va a ver un producto habitual del género, pero si resiste el primer impulso y decide seguir viendo ese episodio piloto, descubrirá en los 10 minutos siguientes las claves de la serie: el “levantamiento zombie” ha sido sofocado, entre otras cosas gracias a la formación de un “cuerpo de voluntarios humanos”. Incluso muchos zombies han sido capturados y están en terapia para reintegrarlos a la sociedad. El protagonista es uno de ellos. A diferencia de aquellas primeras películas de zombies de los años 30 y 40, en las que el “muerto viviente” era el producto de un hechizo vudú, esa condición se adquiere cuando miles de personas se ven afectadas por un “síndrome del parcialmente muerto” (PDS). Llamarles “zombies” es algo así como vulnerar lo “políticamente correcto”. 


El tema de fondo de la miniserie es la segregación y la desconfianza que inspiran estos “parcialmente muertos” cuando retornan a su hogar. Muchos no los admiten. Está claro que ellos no son “normales”. En principio tienen ese color marmóreo característico del “totalmente muerto” y aquellos ojos con el iris desdibujado. Pero el guionista minimiza ese impacto convirtiéndolos en diestros maquilladores de sí mismos (para estos “parcialmente muertos”, asearse supone, sobre todo, maquillarse y lo hacen con tanto énfasis que terminan pareciendo maniquíes del Cortefiel de los años 60) y colocándoles unas lentillas que les aportan la parte de humanidad que el síndrome les ha restado. La serie terminó de convencerme de que valía la pena verse cuando el protagonista –zombi en fase de regeneración– asiste a un grupo de ayuda de los de “Hola, soy Luke y soy parcialmente muerto”… 

Sin embargo, a pesar de gags como éste, no se crea que la serie es cómica ni que el proverbial humor inglés aflora en su metraje. Tampoco la serie es de terror, aunque en cada episodio el protagonista tiene flas–backs mentales que le hacen revivir sus mejores momentos como devorador de carne fresca. La medicación –inicialmente administrada por incompetentes asistentas sociales– no basta para que olvide sus días de “muerto viviente”. En la miniserie se insiste mucho en los problemas de adaptación que encuentra un grupo social minoritario. El mensaje es evidente: dada la intrínseca bondad del protagonista, cualquier intento de marginarlo por su condición de “diferente” es vana, inútil y nos predispone contra quienes lo quieren segregar. Ahora bien… el grupo segregado, por mucho que se haya reformado y que siga las terapias y los medios farmacológicos de “integración”, procedía de un grupo criminal (por lo demás caníbal) que durante el “levantamiento zombie” realizó innumerables crímenes. Para colmo, siempre puede recaer en su enfermedad y volver a tambalearse con aspecto de comerse de nuevo a quien se ponga por delante… ¿Integración? Sí, pero ¿a qué precio?


¿Qué nos ha querido decir con todo esto el guionista, director y la propia BBC que encargó el producto, lo aceptó y lo emitió? La serie aparece en un momento clave para el Reino Unido. No sólo ya no es un Imperio sino que, desde que dejo de serlo, legiones de inmigrantes de la Commonwealth llegaron al país. El Reino Unido dejó de ser un país poblado por distintas etnias blancas, para convertirse en un tablero multicultural. La posibilidad de que más y más inmigrantes saltarán de la parte francesa del Canal a las costas inglesas, eso y no otra cosa, fue contra lo que votaron los ingleses en el pasado referéndum sobre la permanencia en la Unión Europa. El Brexit se impuso. Cuando se rodó In the Flesh, en el Reino Unido inmediatamente anterior al Brexit, este problema ya era el que suscitaba mayores debates. Los medios de comunicación, conscientes del problema, llamaban a la integración de los inmigrantes, pero algo más de la mitad del electorado demostró el pasado mes de julio que no estaba dispuesto a segur esa vía. 

Por buenas personas que sean, aunque traten de integrarse (maquillando su cultura originaria y utilizando lentillas para ver mejor el color del mundo anglosajón), más de la mitad del electorado no estuvo dispuesto a admitir la integración del inmigrante a la sociedad británica. Es casi seguro que el guionista tenía en mente este problema cuando ideó esta serie que, significativamente, cultiva lo “políticamente correcto”, pero con un punto de ambigüedad: viéndola, entendemos la necesidad de los “parcialmente muertos” por reintegrarse en la sociedad, pero también podemos entender las razones por las que parte de la población muestra resistencias. Es un ataque a los prejuicios sociales o étnicos… pero también una explicación (e incluso, una justificación) al origen de tales prejuicios. De ahí que la hayamos calificado como “ambigua” en su intencionalidad. 

No es una serie que pueda gustar a los que esperan ver a zombies enloquecidos devorando a sus víctimas, ni a heroicos supervivientes haciéndoles saltar la cabeza en mil pedazos. De todo esto ya se han producido demasiadas muestras. La serie transcurre por unos derroteros mucho más serenos, reflexivos y psicológicos. Si la serie merece ser considerada es porque no es una prolongación el género de terror, subgénero de zombies, sino que es una rectificación de los parámetros del mismo. Así pues, el planteamiento es original. No daba, desde luego, para un de esas series que se prolongan por espacio de interminables temporadas con 12, 15 y hasta 23 episodios en cada tramo, sino que se ha limitado a un total de 9 capítulos divididos en dos temporadas, más próxima al estilo de Black Mirror (2011–2016), pequeña maravilla de la creatividad, que ya va por la tercera temporada pero apenas suma un total de 7 episodios. La serie no ha sido emitida en España por ninguna cadena, pero puede conseguirse a través de programas “peer to peer”, subtitulada con más o menos rigor (se suma por ello a las series televisivas brillantes que ningún canal se ha arriesgado a comprar temiendo que su contenido pueda parecer “extraño” para el público español. 

Bien interpretada (aunque sus actores, incluido el protagonista, no son conocidos en España), el protagonista, Luke Newberry, hace creíble su personaje y el entorno familiar en el que se mueve. Newberry, a pesar de que haya aparecido en papeles secundarios en varias películas, varias de ellas de terror, no nos resulta familiar, cumpliendo en su doble faceta de “parcialmente muerto”, maquillado y sin maquillar. El director, Jonny Campbell, cuya producción ha tenido como principal destino la televisión, dirigió algunos episodios de Shameless (2004), Asheh to Ashes (2008) y recientemente, Una vacante imprevista (2015) cuyo guión original ha sido escrito por J.K. Rowling, autora de la serie Harry Potter. Campbell conoce su oficio y cuando le entregan un producto, es capaz de encontrar el tono adecuado para hacer de él una serie que guste  un amplio espectro de población.

Recuerde: si busca sólo cine de zombies y decide ver esta serie, se encontrará con otra cosa. Que le guste o no, ya es cosa suya. Como crítico solamente la puedo decir que el producto está bien acabado y resulta irreprochable desde el punto de vista técnico. Por cierto, In the flesh quiere decir algo así como “en la carne”.
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