domingo, 25 de septiembre de 2016

Le Bureau des Legendes


Serie francesa en 20 capítulos y dos temporadas, producida y emitida por Canal +, tiene un planteamiento interesante: ¿cómo trabajan los servicios de inteligencia franceses en la actualidad? La serie nos traslada a las oficinas de la Direction Générale de la Sécurité Extérieur (DGSE), uno de cuyos departamentos es llamado Bureau des Légendes (oficina de leyendas u oficina de “falsas identidades”) dedicado a las operaciones clandestinas y a dirigir y formar agentes encubiertos. Así pues, la acción se desarrolla en el territorio francés y en países en los que Francia tiene algún interés especial (Argelia, Siria, Irán…). 
La serie es extremadamente realista y con toda seguridad ha contado con el asesoramiento de antiguos funcionarios de la DGSE, organismo realmente existente, constituido en 1982 como transformación del antiguo Servicio de Documentación Exterior y Contraespionaje (SDECE) y encuadrado dentro del Ministerio de la Defensa. Su lema es, incluso, más fantasioso que la serie: “Ad augusta per angusta” (“a la grandeza por las estrellas”).
Obviamente, existen pequeñas concesiones a la imaginación (especialmente en posibilidades de la informática), pero, en general, todo se mantiene siempre dentro de unos parámetros realistas (incluso aparecen ratones en la oficina del jefe del departamento…), comedidos y austeros, como en cualquier otro departamento funcionarial. Y es que, tras la aureola de glamour, elegancia y encanto que rodea a los espías, éstos no dejan de ser meros funcionarios como el de la ventanilla que te sella la declaración de Hacienda cada año. 


El Bureau des Légendes tiene también como misión velar por la salud mental de los agentes que han permanecido durante años bajo identidades falsas alejados de su tierra natal y casi han olvidado quiénes son. Para esta función contratan a una psicóloga encargada de evaluar y tratar a los agentes más valiosos. Buena parte de la trama gira en torno a uno de estos agentes, “Guilaume Debailly” recién retornado de una misión encubierta que le ha mantenido seis años en Siria y al que le cuesta recuperar a su identidad real. Su papel está representado por el actor Mathieu Kassovitz que, como suele decirse, ha tocado todos los palos de la cinematografía francesa: actor, guionista, director (en1995 recibió el precio al mejor director en el Festival de Cannes por su película La Haine [El Odio]), productor, montador, escenógrafo e incluso narrador en numerosas películas. Fuera de Francia su rostro no es muy conocido, sin embargo, si hacemos algo de memoria, lograremos localizarlo como actor de reparto en el Múnich (2005) de Steven Spielberg, ejerciendo de “Robert”, hábil fabricante de artefactos explosivos.

En cuanto a la psicóloga contratada para velar por la integridad psicológica de los agentes encubiertos el papel es asumido por Léa Drucker, actriz procedente del teatro y, como corresponde, muy expresiva, agradable y con buena dicción. Al igual que Kassovitz, se trata de un rostro extremadamente conocido en la escena francesa y que, por cierto, ya había trabajado a sus órdenes en la película Assassins (1997) no estrenada en España. En su impresionante historial figura el haber participado como actriz en 28 obras de teatro entre 1996 y 2016, 17 series y programas de televisión a partir de 1993 y en una cuarentena de películas. Su tarea como actriz teatral ha sido reconocida en tres ocasiones en los Premios Molière. Es una actriz que, por el momento, no tiene proyección internacional, pero cuyas cualidades son evidentes y contribuye a hacer agradable la serie.


Los papeles centrales se completan con la actuación de Jean-Pierre Darroussin, camaleónico actor de largo recorrido al que basta colocarle unas gafas y una barba canosa para hacer de él al discreto jefe del departamento, y por Sara Guideau, que encarnará a una científica, miembro del servicio, al que se le ordena ir como gente encubierta a Irán para investigar sobre el programa nuclear de aquel país La Guideau tiene también una amplia experiencia teatral con los consabidos Premios Molière.

Un reparto “nacional”, para una serie “muy francesa” en todos los aspectos. La serie fue muy bien acogida por la crítica y por la opinión pública de su país. Gustó en su primera temporada y en su segunda, simplemente, enganchó. Se ha proyectado también en los EEUU en donde recibió una acogida favorable, más por la crítica que por una opinión pública habituada a que cuando toca “película de espías” se vean rutilantes oficinas iluminadas con luces de night-club, con enormes salas de operaciones acristaladas y gigantescos monitores de televisión que retransmitan, vía satélite, las intimidades que tienen lugar en tiempo real al otro lado de la galaxia y superagentes capaces de desmontar de un bofetón a una bandada de ninjas recién diplomados en el templo de Shaolín. En España puede comprarse en DVD o conseguirse a través del consabido “peer to peer”.

Serie realizada correctamente y buena parte de cuyas tomas permiten repasar las avenidas más céntricas de París, bien dirigida e interpretada, es de lamentar que su proyección en España haya pasado desapercibida. Y vale la pena reflexionar sobre esto. En Europa se fabrican cada vez productos más competitivos para el sector televisivo: del otro lado del Canal de la Mancha, hemos visto recientemente, series antológicas (Happy Valley, The Bletchey Circle, The Fall, Broadchurch…), las series producidas en los Países Nórdicos están pegando fuerte desde hace algo más de un lustro (Frobrydelsen, Borgen, 1864, Lyllihammer…), incluso en los países latinos, de tanto en tanto, aparecen trabajos bien matizados (Crematorio en España, Roma criminal en Italia) y Francia no se queda a la zaga (con Les Revenants, Very Secret Service, Jo… y tantas otras). Sin embargo, las televisiones europeas tienden a emitir todos estos productos de calidad incontestable en un lugar secundario en su programación, nunca en prime time, a despecho de sus méritos e incluso de que nos muestren a una sociedad, a unos problemas y a un humor, más próximo a nosotros que el que llega del otro lado del océano. Mas próximo, digámoslo ya, a nuestra identidad. Vale la pena preguntarse: si la Union Europea –una de cuyas funciones es estimular la cultura, el ocio y la producción europea– no sirve ni para esto ¿para qué sirve, entonces? Ver la tele y pensar sobre lo que vemos, es otra forma de hacerse “euro-escéptico”.



La serie gustará sobre todo a los que se sientan atraídos por el cine de espionaje y por los focos de tensión política actualmente existentes. En ese sentido, es una serie muy actual. Pero si lo que se busca es un thriller de acción a lo Jason Bourne o a lo James Bond, se han equivocado de producto. No aparecen “chicas Bond”, sino mujeres realmente existentes, no aparecen invulnerables agentes ajenos al dolor y a la derrota, sino tipos de carne y hueso, con frecuencia superados por la misión encomendada y con problemas de autoconocimiento y pérdida de identidad. Algún crítico ha expresado que los diálogos son largos: no lo son, son lo suficientemente precisos para situar al espectador ante la trama, de hecho, probablemente, es lo más interesante de la serie. Los espías realmente existentes no se diferencian mucho de los agentes comerciales o de los vendedores de barquillos: a todos se les requiere que conozcan su oficio, lo ejerzan diestramente y, para ello, sepan medir a la clientela y, en general, dominar el medio en el que trabajan. Al terminar de visionar la serie, usted, quizás piense que no hay glamour en el mundo del espionaje. Y tendrá razón.
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