martes, 26 de julio de 2016

Mar de Plástico




Quizás valga la pena explicar porqué dedico 45 minutos de mi vida a criticar una serie que vale menos que el tiempo que se tarda en cambiar de canal. Justo cuando Antena 3 empezaba a emitir esta serie me ausenté de España durante casi cuatro meses. Desde entonces mis preferencias se orientaron hacia las series de procedencia nórdica: buenas, muy buenas. Hace poco sentí que tenía que volver la mirada a mi país, no sea que de tanto mirar al exterior me estuviera perdiendo series de calidad realizadas por nuestra gente. Google está para eso: “Mejores+series+españolas+de+2015”. Me aparecieron dos: Mar de plástico y El crematorio. Si Google lo decía, seria verdad… Empecé con la primera. 

Criticar y machacar algo que es el fruto del trabajo colectivo es algo difícil e ingrato porque siempre hay actores que se entregan más, un técnico puede trabajar con desidia y desinterés pero el de al lado es posible que sea un profesional consumado y, por lo demás, en tiempos de crisis, supongo que todo el mundo tiene derecho a trabajar y a que se respete su trabajo. Pero aquí, en Mar de plástico, hay un responsable y se trata de que su necedad no quede impune. La serie, en su conjunto, es peor que mala. Simplemente insufrible. Para los que no la hayan visto, les diré que no se molesten, el asesino es el hijo del millonario que resulta ser hijo adoptivo de una de las rumanas muertas. Decir esto no es spoiler, es caridad. Por lo demás, éste final podía preverse desde el momento en el que el papel correspondía a aquel niño chungo que oficiaba de hijo de la marquesa de Santillana en Águila Roja. La criatura, convertido en adolescente, acentuando sus ojos de psicópata tenía, desde el primer episodio, todos los números para ser el criminal. Así que no pierdan el tiempo y ahórrense las dieciséis horas y media de proyección de los trece capítulos que me he tenido que tragar para armar esta crítica.

¿Por qué es mala-malísima esta serie? No, desde luego, por el trabajo de la mayoría de actores que han encarnado papeles que no dan para mucho, con diálogos absolutamente inocuos. La idea, incluso, es buena; en cuanto a la fotografía que tiene incluso algunos momentos brillantes. Lo que falla es el guión. Siempre el guión: si no hay un buen guión, no hay una buena serie. Parece increíble que cuando los directivos de Antena 3 dieron el visto bueno a esta serie no fueran un poco más exigentes con el guión. Lo más barato de una serie es, precisamente, componer el guión: sin embargo, es lo básico. Todo depende de un guión, incluso que los actores funcionen mejor o peor, que se crean o no sus papeles y que puedan transmitir algo a la audiencia. Sorprende e irrita que Antena 3 haya dejado que un guión en el que no aparece ni un solo destello de ingenio, con unos personajes monocolores pintados a brochazos y unas situaciones mal engarzadas, hayan pasado los controles de calidad de la cadena: ¿para qué está un “director de contenidos” (Carlos Fernández Alonso), para que un “director de la división de televisión” (Javier Bardají), para qué un “consejero delegado” (Silvio González) y para qué un “vicepresidente” todopoderoso (Carlotti), si ninguno de ellos, ni sus secretarias, son capaces de advertir de que se va a poner en marcha una producción infumable y, por tanto, invendible en otros países?


Cabe pensar que el nivel medio del público que hoy pone la televisión convencional es tan bajo que ni siquiera merecen que alguien se tome la molestia de controlar la calidad de un guión. A fin de cuentas, incluso Televisión Española nos ha obsequiado con guiones de ínfima calidad (Olmos y Robles se estrenó en la misma época que Mar de plástico, teniendo como trasfondo a la Guardia Civil que, desde luego, no se merece este tipo de maltrato; la serie constituyó un fiasco similar, aunque con menos pretensiones). Es posible, incluso, que por la mente de los directivos de Antena 3 dominara la idea de que el público es incapaz de distinguir entre un guión bien atado y una serie de peripecias deslavazadas, sin orden ni concierto, y que no valía la pena exigir al equipo de guionización el que mejorara el relato porque el público no lo sabría apreciar. Es tristemente cierto que un público poco exigente se lo come todo. Pero una cosa es reconocer los hechos consumados y otra muy diferente, velar por el prestigio de la cadena, la solvencia de su producción y, algo cada vez más importante, en un momento en el que el público está harto de publicidad, la exportación del producto y su venta a otras televisiones. Los directivos de Antena 3 han optado por la vía más fácil, que casi nunca es la mejor. Un 21% de audiencia avaló la serie y es lo que ha favorecido el que en estos momentos se esté rodando la segunda temporada que, por supuesto, aconsejamos no ver si tiene –como es de prever– la misma pobreza argumental que la primera.
¿Qué es, en definitiva, Mar de plástico? Un maridaje entre el habitual y consabido culebrón y el género negro… Lo que es culebrón resulta excesivamente reiterativo. Y en cuanto al género negro, está mal resuelto. Hay amoríos entre los protagonistas, pero las parejas son estables: desde el primer episodio hasta el último alternan acaramelamientos con disputas seguidas de reconciliación. El ciclo llega a cansar porque en cada escena se sabe lo que va a ocurrir. Y luego está, naturalmente, el maniqueísmo propio del culebrón: allí donde hay una casa lujosa, allí hay un capullo integral carente por completo de escrúpulos que “algo habrá hecho” aunque todos sepamos que no puede ser el asesino. La parte de culebrón es, por tanto, deleznable, pelmaza y prescindible por completo. Queda luego la parte de género negro.
En España se suele hacer buen cine policíaco. Quizás sea este cine lo más memorable y aprovechable que dejó la cinematografía franquista y seguramente es lo mejor que se filmó durante la transición, hasta llegar a la Isla mínima que demuestra que, cuando hay voluntad, nuestra cinematografía puede estar al nivel de las mejores. Para que una película de género negro merezca un notable, su guión tiene que estar bien cerrado, cada escena que precede al desenlace tiene que estar justificada por la naturaleza misma de ese desenlace. Y ser creíble. Ninguno de estos elementos se encuentra en esta malhadada serie: tiene más cabos sueltos que una fábrica de sogas. Se van sucediendo temáticas que, inicialmente, parecen contribuir a aumentar el misterio, pero que al cabo de unos episodios se ve que no llevan a ningún sitio. Aunque a Antena 3 le importe muy poco la calidad de lo que arroja a su público y solo le importe la publicidad que coloque entre programa y programa, deberían de pensar en la exportación. Y no hemos leído que la serie de haya vendido a televisión alguna, algo que, desde luego, no resulta sorprendente.


La idea, como hemos dicho, no era mala: el asesinato de una chica ligera de cascos, la niña que no es hija de su padre, sino del jodido millonario que ha amasado su fortuna utilizando todo tipo de tretas e ilegalidades, una esposa rusa de manual, inmigrantes trabajando en los invernaderos de Almería, prostitutas rumanas, odios raciales, resentimientos sociales, gitanos de los de antes, un escenario que existe realmente y unas situaciones que se han dado en aquella zona… todo esto podía haber dado lugar a algo mucho mejor. Lo que ha resultado ha sido una amalgama sin pies ni cabeza, en la que se han deformado los hechos que realmente ocurrieron: los sucesos de El Ejido en 2000 marcaron a fuego aquella zona y fueron el primer toque de alarma de que algo no iba bien por el sur-este español. Es cierto que murieron inmigrantes asfixiados dentro de los camiones que los transportaban y es igualmente cierto que las tensiones raciales están a flor de piel: y no sólo de niños chungos españoles contra cualquier cosa que no sea su grupo, sino entre marroquíes y subsaharianos. Es cierto que se han producido asesinatos inexplicables en la zona y que hay personajes como los descritos… Pero para que una serie tenga cierta calidad, todos estos elementos deben estar bien descritos, el guión debe ser ágil, los diálogos originales e ingeniosos (para oír a unos jóvenes decir una y otra vez “no jodas, tío”, “me cago en tu puta madre”, “toy hata los cohone” no hace falta que ponga la tele) y, sobre todo, la trama bien estructurada y puesta al servicio de una lógica creíble. Nada de todo esto lo encontramos en Mar de Plástico. No me cabe la menor duda, además, de que los guionistas nunca han viajado a Almería, ni entrado en una tasca de la zona, ni escuchado su acento. Para colmo, los negros “guineanos” tienen aspecto caribeño (y, por cierto, defienden bien su papel). ¡Qué desastre de guión! ¡que el diosecillo de la televisión generalista les maldiga!
Como hemos advertido, la mala noticia es que la segunda temporada se está filmando y, a la vista de que la primera tuvo un share de entorno al 21% con 5.000.000 de espectadores, la cadena vio su objetivo cubierto. Pagan los anunciantes. Sufre el público con un mínimo de capacidad crítica y ganas de ver un producto convincente. La buena noticia es que “Marta”, la novia del sargento de la Guardia Civil, aparece muerta en la última escena de la primera temporada… al menos en la segunda se romperá el ciclo interminable de atracción-disputa-ruptura-atracción. ¿Lo previsible? Que el sargento y la Guardia Civil “gitana machorra” incumplirán aquello de “donde trabajes no cagues”. Un consejo: ahórrense trece semanas de sufrimiento y exijan a Carlotti más calidad y que espolee a sus guionistas.
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