miércoles, 3 de agosto de 2016

Stranger Things


 STRANGER THINGS: REMAKE SIN MAKE PREVIO

Desde luego, Stranger Things (2016) está resultando la “serie del verano”. Emitida por Netflix es el paradigma del cine familiar. Puede gustar a adolescentes, padres y abuelos, e incluso a mascotas y el hecho de que se haya emitido en ocho episodios (quedando cabos sueltos para justificar una segunda temporada), la hace agradable de ver y llevadera. La serie no tiene muchas complicaciones y se ha presentado como un remake de The Goonies (1985, Los Goonies) de Richard Donner. Stranger Things sería, pues, el remake de esta película que tanto impacto causó en su momento y que remite al subgénero de niños aventureros embarcados en peripecias sin fin de las que, inevitablemente, salen airosos allí donde un experimentado marine con años de servicio en Vietnam saldría descalabrado.

Pero las similitudes con The Goonies empiezan y terminan ahí. Las ambiciones de los creadores de Stranger Things superar la “reactualización” (el remake) de la película considerada como su matriz. En realidad, los guionistas de esta cinta no han tenido nada más que unir distintos temas que alcanzaron notoriedad en los años 80 para elaborar el guión: The Goonies es una de ellas, pero no es la única, se perciben también rastros de Experientes X (la idea conspiranoica de unos poderes oscuros que llevan a las más altas instancias de los servicios de seguridad, el plan MK-Ultra de la CIA que realmente existió), de ET (el tema del personaje “rarito” que viene de no se sabe dónde pero que posee “poderes” sobrenaturales), Alien (la figura del monstruoso inmisericorde y baboso que amenaza a todo lo que se mueve), e incluso de Carrie (la adolescente angelical que cuando se cabrea puede organizar un destrozo parapsicológico de tira millas y ponte a cubierto)… Júntense dosis de todas estas producciones ochenteras, mézclense diestramente por unos guionistas avezados y se tendrá Stranger Things tal como nos lo ha emitido Netflix.


Los hermanos Duffer (Matt y Ross) han dirigido y guionizado la serie y puede dárseles en ambos terrenos muy buena puntuación: han hecho un producto aceptable, digerible, entretenido y familiar, sin complicaciones, ni apenas defectos de guionización, coherente en su improbabilidad y que induce a la maratón (nosotros lo vimos en dos días, pero me consta que algunos espectadores han visto los ocho episodios de una tacada). 

A parte de los protagonistas infantiles y juveniles, merece destacarse muy especialmente las actuaciones de Winona Ryder y David Harbour, un rostro que ya nos era familiar de otras series recientes (Law & Order, Elementary) pero que aquí domina la escena y da el tipo de sólido jefe de policía. En cuanto a Winona Ryder no dudamos que su papel como descontrolada madre del niño desaparecido le valdrá en los próximos meses algún galardón como reconocimiento. La Ryder está aquí alejada de los sofisticados papeles que ha interpretado cuando dejó atrás su intervención juvenil en Beetlejuice (1988) y empezó a ser la Mina/Elisabeta del Drácula, de Bram Stoker (1992). 

De las actuaciones infantiles, la más destacable es la de la “niña rarita”, Millie Bobby Brown, con una habilidad particular para mutar su rostro de angelical a, simplemente, borde, moviendo un par de músculos faciales. Para los coleccionistas de anécdotas, cabe decir que Millie es de nacionalidad inglesa, nacida en Marbella y va camino de convertirse en la nueva Emma Watson a poco que su carrera tenga continuidad. De momento, desde los 8 años ya ha aparecido en series tan diferentes como Grey’s Anatomy, Intruders, NCIS o Modern Family


En el material de lanzamiento de la serie sea insistido en que se trata de una rememoración de los años 80, así que repetirlo sería ocioso. Para muchos, aquella década fue la del desencanto y de la “gran decepción”, pero también, para quienes realizaban el tránsito de la pubertad a la adolescencia, era el tiempo de las grandes amistades, de los sueños, los temores y las fantasías, el tiempo en el que se abrían a un mundo nuevo y original, desconocido por completo. Quienes entonces tenían 15 años, hoy cuarentones, muchos tripudos y barrigones, otros calvos y canosos, seguramente de aquel tiempo les queda sólo la posibilidad del recuerdo como los años más felices de la vida, o acaso los más sorprendentes. A estos, seguramente, Stranger Things les traerá muchos recuerdos. 

La película está excepcionalmente bien ambientada: no había teléfonos móviles, ni internet, los videojuegos empezaban a despuntar pero estaban todavía en pañales, las televisiones tenían pocos canales y el mobiliario de los hogares, como los vehículos, era muy diferente de los actúales. Obviamente, la película está ambientada en los EEUU y aquí todavía existían diferencias. Si en España nos queremos hacer una idea más exacta de cómo era nuestro país en aquel tiempo, seguramente habrá que recurrir a Verano azul (1981). Por cierto, que también aquí existe cierta remota similitud con Stranger Things: series ambas de adolescentes, terminan cuando uno de los personajes desaparece. En efecto, al “Chanquete ha muerto” se superpone aquí el “¿Dónde diablos está la niña rarita?”, sólo que los muertos no resucitan y a los desaparecidos se les encuentra… en la segunda temporada, por supuesto.

Por cierto la música de la banda sonora es de Kyle Dixon y Michael Stain integrantes de la banda Survive. Han comentado que se han inspirado en la música compuesta por John Carpenter para las pelis de La noche de Halloween o La Cosa. Los teclados sintetizadores consiguen dar ese aire retro a la música que nos conduce a las escenas más misteriosas.

Stranger Things no es un remake de nada. Es una serie original surgida del revoltillo de elementos muy diversos de series y temas previos. No hay, pues, que buscarle antecedentes, ni significantes. A veces, esos revoltillos terminan en productos sincréticos infumables e indigestos; en otras, la síntesis realizada, lleva a un producto nuevo y bien acabado. Lo que los co-guionistas y co-directores de Stranger Things han intentado es remitir una trama veraniega a lo que fue la sociedad norteamericana y el cine de los años 80. Y lo han conseguido.
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