domingo, 17 de julio de 2016

Happy Valley

Happy Valley: el Reino Unido profundo

 

La primera temporada de Happy Valley nos dejó muy, muy buen recuerdo. Llegaba el mismo año en el que se estrenaba las primeras temporadas de las series norteamericanas Fargo (2014) y de True Detective (2014), así que era inevitable realizar comparaciones. De muchas más modestas aspiraciones que True Detective, Happy Valley está mucho más próxima a Fargo: una historia de policías alejados de los grandes rascacielos de Londres y Nueva York, una trama que discurre en lugares sin historia, próximos al Edén, en donde todo debería ser felicidad y dicha, estrecheces económicas aparte, pero sin grandes inseguridades, conflictos, ni crímenes escabrosos. Quienes sigan series inglesas sabrán reconocer en Happy Valley ciertas similitudes de encuadre con Broarchurch (2013). 

La protagonistas es una policía madura, con años de experiencia en el cuerpo y que en ambas temporadas, exteriormente, da sensación de una gran solidez interior. Sin embargo, sus problemas personales la sitúan próxima al derrumbe anímico por cuestiones familiares, cuestiones que, a fin de cuentas, tienen una relación directa con su trabajo. Ésta segunda temporada está, en buena medida, ligada por los cabos sueltos dejados en la primera.


Habitualmente, en las series televisivas, la primera temporada suele ser superior a las siguientes. Tenemos casos en los que una serie que entusiasmó en la primera temporada generó expectativas demasiado altas que no estuvieron a la altura de una decepcionante segunda temporada. Homeland (2011), sin ir más lejos. En Dexter (2006), en cambio, el interés no decayó ni un ápice en las tres primeras temporadas. Happy Valley, nos da la tercera posibilidad: cuando una serie se va superando y la última temporada es superior a la anterior. 

Los personajes nos resultan ahora más conocidos. Todos ellos, empezando por el entorno hogareño de la protagonista; incluso “Tommy Lee Royce”, el malvado psicópata encerrado al cierre de la primera temporada que ahora intenta manejar los hijos desde la prisión, nos resultan familiares. Así mismo, los nuevos personajes están perfectamente perfilados y aprendemos a empatizar con ellos o a odiarlos desde el momento en el que aparecen en la escena. Y es que el guión ha sido primorosamente elaborado. Apenas tiene puntos débiles. Giros inesperados, los justos. Es cierto que, desde el principio, todo resulta previsible, sin grandes sorpresas: ganan los buenos, naturalmente, pero aún así, la trama no está forzada ni resulta retorcida en momento alguno. Sabemos cómo acabará: pero necesitamos saber cómo se llegará a ese final. Esto es lo más interesante del guión: la linealidad y luminosidad de su trazado. Existen, eso sí, algunos detalles derivados del particular humor inglés, esparcidos a lo largo de toda la narración. Algo que siempre es de agradecer. 

Las situaciones humanas que se describen son extraordinariamente creíbles; nada que exceda la realidad, que la niegue o que nos obligue a actos de fe. Y ese es el problema: que en determinadas zonas de Europa que podrían ser un paraíso, una delincuencia enloquecida se ha apoderado. La trama está situada en uno de esos lugares en los que hoy la droga, la trata de blancas y los ajustes de cuentas entre bandas, están a la orden del día: el “valle feliz” es el Este de Yorkshire, conocida como la llanura de Holderness. Los núcleos de población son pequeños y dispersos. Yorshire está alejado de las grandes ciudades del Reino Unido, pero hasta allí ha llegado esta delincuencia que excede en virulencia y crueldad a cualquier otra cosa que hayamos visto antes. Y juega con ventaja sobre una policía que ha renunciado a utilizar armas. El tasser y la porra de toda la vida apenas logra contener a legiones de borrachos, tironeros y pequeños delincuentes, pero cuando se trata de psicópatas o de una delincuencia más agresiva, se percibe perfectamente el desequilibrio y la indefensión de la policía y de sus familias. Por ello no es extraño que los funcionarios del orden caigan en depresiones, duden frecuentemente de su misión o renieguen de su trabajo. Están, literalmente, hartos de esta batalla desigual: “Catherine Cawood”, la protagonista, interpretada genialmente por Sarah Lancashire es una de estas policías abnegadas con muchos años de servicio en la gorra y en los michelines y que tiene momentos de duda y debilidad.

El malvado de la serie, interpretado por James Norton (“Tommy Lee Royce”) es el psicópata de manual: manipulador, sin escrúpulos, ególatra, de amplio historial delictivo, irrecuperable para la sociedad, al que ningún centro penitenciario logrará reeducar y reconducir a una vida honesta… Un malvado completamente diferente de los otros dos que aparecen en esta segunda temporada: el policía resabiado con su esposa y con su amante y el asesino de prostitutas que, prácticamente, es una desecho social. Son, pues, tres historias las que se entrecruzan en los seis episodios de la temporada, cada una aportando paletadas para la consecución de un clima de tensión que, lejos de decaer, va ganando en intensidad de episodio en episodio.



La serie satisfará todas las expectativas de los aficionados a las intrigas policiales, los thrillers con tensión dramática dosificada en su justa medida. Hará también apreciar los productos europeos y demostrar (como demostró también Broadchurch) que, incluso con presupuestos limitados, se pueden realizar obras próximas a la maestría: todo depende del guión, del casting y de lo conjuntado del equipo. La dirección es diestra y ágil. La guionización, insistimos, magistral, la actuación exigente. Tanto los protagonistas principales como los secundarios están elegidos con tanta destreza que no puede extrañar que sobre ellos haya caído una granizada de nominaciones a los premios Awards y BAFTA, por su primera temporada. Prevemos que esta segunda se repetirá la cosecha de galardones. Es lo que tiene el trabajo honesto, riguroso, sistemático y sin más pretensión que entretener e inquietar al público.
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