martes, 20 de septiembre de 2016

Los crímenes de Fjällbacka


Hay series de aspiraciones modestas que, sin embargo, logran impactar a la audiencia. Esta es una de ellas. Su nombre sueco es poco menos que ilegible en la lengua de Cervantes, pero, a la vista de cómo lo pronuncian en la serie se pronuncia algo así como “Fielbaca”. Consta de una docena de episodios de 90 minutos cada una de los que dos fueron ideados par proyectarse en pantalla grande. Podría ser considerada como una mixtura entre Se ha escrito un crimen (aquella serie protagonizada por Angela Landsbury como “Señorita Fletcher” que lleva reponiéndose regularmente, cuando no en un canal en otro, desde 1984-1995) y series mucho más recientes como Broadchurch (2013) o Hinterland (2013) y, si se nos apura, con rastros de True Detective (2014) y Fargo (2014). 
Con estas pistas, el lector que no haya visto ningún episodio de la serie, se hará una idea bastante exacta sobre su contenido: una escritora, residente en un pequeño pueblo sueco, alejado de la gran ciudad –lo que podríamos llamar la “Suecia profunda” (que, también existe) –, investiga los crímenes que van ocurriendo en la zona, algunos recientes y otros que llevan sin resolverse desde hace décadas o, incluso, cuyas raíces se remontan a más de medio siglo atrás. El marido de la protagonista (y escritora de cierto renombre en la ficción) es, por lo demás, policía, lo que introduce el elemento familiar en la serie (tal como ocurre en Fargo)

Es un producto convencional, con guiones convencionales y argumentos igualmente sencillos –pero no por ello, planos o irrelevantes– que da un buen resultado gracias a las localizaciones de los escenarios (a menudo de belleza natural impresionante), al cuadro de actores y al trabajo de montaje que le da adorna con dinamismo y fluidez narrativa. Por todo ello la serie gustó en Suecia cuando se estrenó por la cadena SVT1, obteniendo una puntuación media de +7 que es, la que nosotros mismos estaríamos tentados de darle. En España ha sido emitido por TV2.


Especialmente interesante es el primer episodio que nos dice algo sobre la historia de Suecia en los años 30, cuando el Tercer Reich tenía numerosas simpatías en ese país y los partidos que proponían ir en la misma línea habían arraigado en aquella sociedad por democrática y liberal que fuera. Sesenta años después, algunos de los jóvenes suecos que vistieron camisa parda y correaje o que se alistaron en la División Wiking de las Waffen SS, son venerables ancianos, algunos de ellos, incluso, han sabido reinventarse. Sus oponentes, los jóvenes demócratas de la época, buenos chicos ellos, no les ha hecho falta olvidar su pasado, pero tampoco son lo que parecen.

Los crímenes de Fjällbacka y las series similares a las que ya hemos aludido, demuestran que el mundo rural, sigue ejerciendo un gran influjo sobre las poblaciones urbanas que, a fin de cuentas, son las que aportan el mayor número de espectadores. Es como si las zonas alejadas que quedaron atrás en las migraciones que se inauguraron con el inicio de la era industrial, fueran consideradas como nuestra patria originaria, aquel lugar en donde comenzaron nuestros linajes. Todo esto genera dos procesos de carácter inverso: de un lado la idealización, de otro el reconocimiento de que también en esos remansos de paz, bajo la superficie, bullían pasiones y la maldad estaba presente. Series que reflejan esta duplicidad están presentes desde el origen mismo de las series televisivas: la encontramos en Bonanza (1959) o en La Casa de la pradera (1974), y, por supuesto, en Fargo. Precisamente, el nivel de decadencia de la sociedad norteamericana se refleja en el hecho de que series como True Detective ya no dan lugar a la esperanza: como si en los EEUU ya se ha perdido incluso el recuerdo de que hubo un tiempo, en el que la “América profunda” era una América feliz. 


Obviamente, el estado de ánimo en Europa es diferente. La sueca Los crímenes de Fjällbacka o series como Absuelto (2015) y Lillyhammer (2011), noruegas ambas, siguen alternando visiones entre idílicas y apocalípticas: paisajes de belleza desconocida en las tierras del Sur, gentes apegadas a sus valores, junto a abyecciones propias de la galería de psicóticos de cualquier psiquiátrico penitenciario. Esto mismo puede trasladarse a las series de tipo político: así como en Borgen (2010), en torno a una supuesta jefa del gobierno danés y producida en ese país, nos transmite que la política, aunque degenerada y áspera, tiene solución, en series como House of Cards (2013) sobre un hipotético presidente de los EEUU, Frank Underwood, indican a las claras que al otro lado del océano, cada vez hay menos esperanzas de redención política. Igualmente, en series que han tenido una versión danesa y otra norteamericana, como Forbrydelsen (2009) y The Killing (2011), tiene gracia que aparezca entremezclada una trama política, pero, mientras que en la versión danesa el político sospechoso resulta inocente, en la versión norteamericana, el mismo crimen ha sido perpetrado en el entorno de uno de los candidatos. Y así sucesivamente. 

¿Por qué ocurre este desfase entre las visiones europeas y norteamericanas? Es simple: EEUU nació como una experiencia que deseaba poder construir la “Ciudad de Dios” en el mundo contingente. El norteamericano no quería conquistar el poder sino que “sabía” que merecía el poder por haber creado la forma de convivencia más perfecta que hubiera ideado el género humano: el que esta construcción se revela con más fallos que una escopeta de feria, es algo que resulta insoportable para los norteamericanos. Y entonces llega la depresión, el llanto y el crujir de dientes, la inasumible sensación de no ser perfectos.

La sociedad noruega no es perfecta, ni siquiera la sociedad rural: en esta serie se percibe perfectamente. Pero queda lugar para la esperanza. Tal es el mensaje que podemos extraer de esta pequeña serie. De un pueblo aburrido y minúsculo, perdido en el Norte, se pueden extraer conclusiones de carácter universal.

Vayamos ahora a sus cualidades cinematográficas. El que sea una serie sencilla en su concepción, poco original, no quiere decir que sus cualidades no sean notables. La serie es entretenida; gustará, como es natural, a los seguidores de eso que se ha dado en llamar “nordic noir”. La serie evitar caer en tópicos de culebrón o en ñoñerías ingenuas, los crímenes que se investiga son duros, descorazonadores, las soluciones resueltas con una lógica impecable y, sobre todo, extremadamente dinámica. En cuanto a la dirección está asumida en algunos episodios por Marcus Olson que ya dirigió la serie Mäklarma (2006) en torno a un personaje parasitario y fullero, y en otros por Daniel Lind Lagerlof que demostró su buen hacer en la serie Inspector Wallander (2007) y la mayor parte de cuyos trabajos pueden ser encuadrados dentro del género negro. 


La impresión que da ésta y otros productos que proceden del Norte de Europa en los últimos diez años es que allí han logrado formarse varios equipos de técnicos en todos los terrenos, montadores, camarógrafos, guionistas, localizadores de exteriores, directores, equipo de producción, grupos de actores (con cierta frecuencia vemos que se repiten rostros de nombres impronunciables pero que, a fuerza de ver este tipo de series, se nos van convirtiendo en familiares) y, suponemos, también que equipos de marketing y publicidad, los cuales, están ofreciendo una competencia inesperada a las series de Hollywood. 
Habitualmente, la industria del cine norteamericana, responde a esta competencia, actuando en dos frentes: de un lado, superándose a sí misma y buscando nuevos productos susceptibles de ganarse el favor del público y comprando al peso a los técnicos y guionistas, incorporándolos a los estudios de Hollywood y dejando huecos difícilmente reemplazables en la competencia. La técnica de realizar “versiones americanas” de series europeos, pagando un canon asumible e incorporando a técnicos europeos (como hemos visto en El Puente [2011] y The Killing,  e incluso en Los misterios de Laura (2014 en EEUU y 2009 en España), supone una maniobra intermedia. Y es que Hollywood tolera mal la competencia.

Resumiendo, Los crímenes de Fjällbacka, a poco que se aprende a pronunciar su nombre, es una serie cómoda de ver, amable e interesante. Recomendable sin reservas.
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