miércoles, 21 de septiembre de 2016

American Odyssey, conspiranoia al cubo


Hay algo en esta serie que desde hace unos días Netflix incluye en su catálogo. Remite directamente a Homeland (2011), con un ligero cambio en el encuadre: si en Homeland –que también anda en la panoplia de Netflix– , el centro de la trama es Irak y Oriente Medio, en American Odyssey se traslada a Malí y a la penetración yihadista en el Shäel. En sus 13 episodios, se construye una trama en la que se evidencian algunas sospechas que la opinión pública mundial alberga sobre eso que se ha dado en llamar “terrorismo internacional”. La guerra civil en Siria ha redoblado las sospechas sobre la existencia de vínculos entre los servicios de inteligencia norteamericanos y el origen del ISIS, Estado Islámico (sospechas compartidas por Rusia que obligó a este país a intervenir en defensa del de El-Assad). 

Lejos quedan los tiempos en los que la opinión pública norteamericana aceptaba sin fisuras que Al-Qaeda era una organización dirigida por un tipo barbudo escondido en una inhóspita montaña afgana y capaz de derribar las Torres Gemelas como quien tira un castillo de naipes. Esa misma opinión pública, no reacciona ni protesta, pero tampoco se cree la versión oficial. Si Obama dio carpetazo al asunto Bin-Laden escenificando su muerte en Pakistán, fue porque las preguntas se acumulaban en torno a esta figura y nada encajaba. Por cierto que, las “fuerzas especiales”, los Navy Seals que liquidaron a Bin Laden, fueron, a su vez, liquidados en bloque no mucho tiempo después (su helicóptero cayó o fue derribado). Y este tema, exactamente, es recogido por American Odyssey al término de su primer episodio. A medida que avanza la serie da, incluso, la sensación de que alguien de la productora está diciendo a determinadas esferas del stablishment norteamericano: “sabemos lo que hicisteis con el terrorismo internacional”. 


El tema que planea a lo largo de toda la trama es que dentro de los EEUU, algunos sectores influyentes han colaborado estrechamente con el yihadismo y lo han promovido. Incluso, no dudando en generar bajas entre sus propios militares y asesinar en el propio territorio norteamericano a quien se opusiera o hubiera investigado este tipo de operaciones. Así pues, la trama discurre en dos escenarios completamente diferentes: un lugar del norte de Malí (en la llamada Franja del Shäel, uno de los lugares más inestables del planeta y en donde hay un abundante repertorio de “Estados frustrados”), con gran agitación yihadista en estos momentos y, por otra parte, en el territorio norteamericano en donde asistimos a un tira y afloja entre los que sospechan que algo no anda bien y aquellos otros que tiran de los hilos para mantener el secreto. 

El planteamiento inicial es el siguiente: un grupo especial de las fuerzas armadas norteamericanas logra localizar y eliminar a un dirigente yihadista, pero cuando revisan sus pertenencias encuentran en el ordenador del islamista extrañas transferencias de abultadas cantidades económicas que implican a una empresa norteamericana. Una de las integrantes del comando oculta en su pendrive algunos de estos documentos. Poco después todo el material es requisado por otra unidad de “contratistas de defensa” (empresas de seguridad en las que el Pentágono ha externalizado parte de sus necesidades) y el comando regresa a su base, pero un dron liquida a todos sus componentes. Solamente, por puro azar, la protagonista logra salir casi ilesa y emprende la huida. A partir de aquí la trama queda encarrilada y hará las delicias de todo conspiranoico que se precie.

Obviamente, en este tipo de series no podemos encontrar nada que sea rigurosamente histórico. Se trata de una serie de ficción, de cierto interés. Su nivel es inferior a la primera temporada de Homeland, pero no por ello está carente de interés. Series como ésta, lo que hacen es demostrar que un sector de la opinión pública norteamericana tiene asumido que “el enemigo está dentro” y que existe una colusión de intereses entre determinados consorcios económicos y el “terrorismo internacional”. De hecho, si en la actualidad, la opinión pública norteamericana ya no está tan fascinada por el misterio que envuelve al asesinato de Kennedy como cuando Oliver Stone compuso su memorable JFK: caso abierto (1991), se debe a que el 11 de septiembre de 2011, perdieron la vida en un extraño atentado casi 3.000 personas y la explicación oficial cada vez suscita más perplejidad y dudas.


Anna Friel, la actriz protagonista, encarna el papel de “Odelle Ballart”. La Friel viene apareciendo desde que cumplió 13 años en distintas series televisivas y producciones para la pantalla grande. Después de filmar esta serie ocupó el papel protagonista en Marcella (2016-2017) que actualmente puede verse también en Netflix. Era un rostro que recordábamos de algún episodio de aquella serie casi histórica que fue Cuentos de la Cripta (1995). Su expresividad está adaptada para películas dramáticas y en las que recibe más palos que una estera, aunque resulta algo difícil ver en ella a un “soldado de élite”. Sea como fuere, hace un buen papel. El resto del reparto, no impresionan, pero cumplen. Merece destacarse, eso sí, por su larga trayectoria profesional, a Treat Williams que desde su primera aparición como protagonista del Hair (1979) de Milos Formann, consiguió llenar la pantalla. A recordar que la serie Everwood (2002-2006), en gran medida, se mantuvo gracias a él. En esta ocasión Williams forma del lado de los malos-malísimos que se pasan las 24 horas del día tratando de impedir que se sepa que la “soldado Ballart” ha sobrevivido al ataque del dron.

Si se trata de avaluar el ritmo narrativo, es inevitable constatar que las escenas que remiten a la Franja del Shäel y a su exotismo, incluso a la riqueza de los personajes, tengan bastante más atractivo y ritmo que las que discurren en territorio norteamericano. Y este es el problema: que, así como la parte exótica tiene giros que sorprenden al espectador e incluso en algunos momentos (la caravana que avanza por el desierto con destino a Bamako) muestran una gran riqueza visual, en cambio, en la otra parte, el relato se vuelve demasiado complicado, y retorcido. Incluso hasta lo indescifrable. Aligerar los misterios y las conspiraciones en esa parte hubiera sido de agradecer. En esa parte se superponen demasiadas tramas y personajes que desdibujan lo que debería ser el elemento central de la serie: las dificultades para volver a casa de una superviviente dada por muerta en su país. Pero si la trama ha resultado tan retorcida es porque deliberadamente sus promotores quisieron hacer un producto en el que entraran todas las “teorías de la conspiración”, incluso con calzador, que circulan por la opinión pública norteamericana.  


La serie fue encargada y emitida originariamente por la NBC y por Calle 13 Universal, entre abril y junio de 2015 y está desde septiembre de 2016 incluida en el catálogo de Netflix-España. Se compone de 13 episodios de 45 minutos y fue cancelada después de terminar la primera temporada. En EEUU tuvo una acogida desigual: tuvo tantos partidarios como detractores. El último episodio tiene gracia porque registra la llegada de la protagonista a Barcelona después de fugarse de Malí y llegar hasta Argelia. La gracia viene porque algunos barrios de la Ciudad Condal, en la actualidad, reproducen el colorismo de Tombuctú y el abirragado paisaje urbano de Bamako. La protagonista debió creer por un momento que seguía en “territorio hostil”…
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