lunes, 12 de septiembre de 2016

Into The Badlands


Hay series bien hechas pero que aportan menos que un cerebro de mosquito al mundo de la filosofía. Es el caso de Into the Badlands que es como Juego de Tronos, pero ambientado en otra época igualmente improbable. Casi estamos tentados de cortar aquí la crítica porque, a partir de esta idea, el que quiera valorar esta serie ya sabe a qué atenerse y conoce nuestra opinión. No es que la serie sea mala, esté mal hecha,  pobremente interpretada o simplemente mal armada: es que es algo que ya hemos visto en demasiados ocasiones anteriores. Y no basta introducir algunas coreografías nuevas en peleas a espada como para que se nos pueda disipar esa sensación de déjà vu que nos invadió desde las primeras escenas de Into the Badlands. Por otra parte, hay que reconocer que la serie solamente brilla con luz propia solamente en las escenas de acción que, por otra parte, no muestran nada más que los mismos efectos especiales de Matrix, sólo que mejorados (y que han pasado casi 20 años desde que se estrenó la primera entrega de esta saga, ¿cómo diablos no iban a mejorar estas técnicas?). Unos estarán más predispuestos a condenar la serie al ostracismo y otros, en cambio, a partir de lo dicho, se interesarán por ella. Es lo que tiene la TV en 2016, que uno puede ver o rechazar aquello que más sintoniza con sus gustos personales.

Grupos feudales enfrentados entre sí en un extraño mundo post-apocalíptico en el que el petróleo sigue siendo algo importante –ese petróleo que va camino de agotarse en cada día que pasa– y en el que cada freiherr (señor libre o barón) dispone de un equipo de clippers (literalmente tijeras o cizallas), soldados profesionales, que defienden sus derechos y hostilizan a sus enemigos. Encontramos a herederos, a hombres de confianza (“regentes”) de poderosos (“barones”), a pobres pringados y a mujeres hermosas. Hasta aquí todo recuerda al mundo distópico de Juego de Tronos. Y el hecho de que uno de los “regentes” se mueva en chopper antes que a caballo es el único gran hallazgo de la serie. 


Indudablemente, el futuro imperfecto de Into the Badlands estaba, en cierto sentido, implícito en la serie Mad Max y resulta, en cualquier caso, significativo que la idea de filmar la serie haya seguido al remake de la que fue objeto en 2015. Algunos de los protagonistas, hartos del clima de violencia y de su sumisión al “barón”, intentan huir en busca de un territorio en el que los hombres sean libres y dueños de su destino. Tampoco aquí encontramos nada original. Lo curioso de esta serie es que, a pesar de estar encuadrada en un futuro posterior a la “gran catástrofe” que debió arruinar a la civilización de nuestros días, no hay ningún elemento que recuerde ni las destrucciones que debieron producirse, ni siquiera que tuviera lugar. Error de guionización. Y de los gordos. Hubiera sido mucho más fácil ambientar la trama en un espacio temporal indefinible antes que en un pulido y alambicado tiempo post-apocalíptico en el que no hay ni rastro de las destrucciones previas y la trama parece ambientada en el sur de los EEUU antes de la Guerra de Sucesión, cambiando el cultivo del algodón por el de amapola.

En cuanto a la estética, ¿se sorprenderán si les decimos que tampoco es original? El palacio del barón casi remite a la casa señorial que vemos en la lítica, Lo que el viento se llevó; las murallas que la circundan recuerdan a las que aparecen en cualquiera de los remakes de King-Kong, pero estas similitudes circunstanciales palidecen cuando nos damos cuenta de que lo que estamos vientos en imágenes de teleserie es apenas un manga de aluvión. La estética intenta realizar una síntesis entre Oriente y Occidente (algo que ya se vio en Kill Bill hace doce años), quizás para hacerla tentadora para las televisiones asiáticas. El hecho de que el protagonista sea un actor Daniel Wu, de nacionalidad estadounidense pero de rasgos orientales y padres chinos, abunda en esta consideración. Así pues, estamos ante una serie de Hollywood pensada para el mercado asiático y para satisfacer a lectores empedernidos de cómics japoneses.  


En el historial de Wu se lee que ha trabajado en más de cuarenta filmes desde su debut en 1998. Fan de Jackie Chan, fueron sus películas los que le indujeron a estudiar wushu a los 11 años. El tener la flexibilidad que proporciona este arte marcial china y un físico que, siendo chino, parece menos chino que los chinos de China, es lo que le ha abierto las puertas de esta serie. ¿Problema? Que pertenece a esa extraña raza de actores absolutamente inexpresivos que transmiten menos que un teléfono móvil sin baterías. Falta emoción, falta sentimiento, falta intensidad en su actuación, no es raro que solamente deseemos verle en escenas de acción para olvidar que Wu tiene tanta expresividad en el rostro como Darth Vader.

No se cansen intentando entender las situaciones que van apareciendo: nada es coherente, asumible ni realista. Los errores de guionización se suceden uno tras otro, los rasgos contradictorios de los personajes están a la orden del día. Todo en esta serie termina pareciéndonos una vana e increíble superchería poco convincente, escasamente perfilada, a ratos aburrida, lenta-lentísima entre dos coreografías de peleas que es lo único que, a fin de cuentas, nos libera del sopor en el que se nos induce a caer.  

En ocasiones, una serie resulta frustrante por la incompetencia de los guionistas: aquí lo que falla es el concepto. Desde La frontera azul (1976), aquella que se desarrollaba en el Lian Shan Po, o la inefable madre de todas las series de este género, Kung-Fu (1972-75) en donde David Carradine nos introdujo en el mundo de las artes marciales, no era necesario pasar, ni por Walker, Ranger de Texas (1993-2001) para zambullirnos aún más en el mundo de las bofetadas orientales, que es lo que, a fin de cuentas resulta lo único válido en Into the Badlands. Y si de lo que se trata es de transmitirnos “filosofía oriental”, bastante tuvimos con el Yoda de La Guerra de las Galaxias

Sobre Into the Badlands se ignora si habrá segunda temporada. De momento ha quedado como “mini-serie”, rótulo oportunista con el que los productores esperan ver si económicamente es una mina o sus resultados son mediocres y actuar en consecuencia. Lo sorprendente es que los premios Awards la han nominado para optar al premio a la Mejor Serie de Género.



Pero dediquemos un último esfuerzo final para ver a quién podría gustar esta serie: en principio a aquellos atraídos por las artes marciales, luego a lectores con los ojos quemados por leer interminables relatos de manga, para adolescentes que hayan llegado tarde a las primeras temporadas de Juego de Tronos o para aquellos otros especializados en distopías. ¿Alguien más? Los seriéfilos, sin duda, se cansarán de esta serie al segundo o tercer episodio. Los amantes del cine de acción verán en ella demasiados momentos en blanco en los que no ocurre apenas nada. Los que se suelen sentir atraídos por planteamientos nuevos o ideas originales, comprobarán a los pocos minutos de proyección de la primera entrega, que la propuesta hace aguas por todas partes. Y en cuanto a los críticos deseosos de machacar a una serie esos sí se sentirán satisfechos. El público que quiere ver algo nuevo y original, en cambio, experimentará una sensación de decepción próxima al hastío.
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