Cada verano me pasa lo mismo: las calles se llenan de piel, pero no precisamente desnuda. Es piel tatuada, rotulada, marcada como si hubiera que contarlo todo en superficie. Brazos que son murales, piernas que son páginas, cuellos convertidos en listas de reproducción emocional. A veces lo miro y me digo: ¿ya no se puede tener una piel que no diga nada?
Un día, un amigo, de esos que disparan ideas como si fueran chistes de sobremesa, me soltó: “Estos tatuajes que cubren el cuerpo entero… son el nuevo burka del primer mundo”. Lo dijo con media sonrisa, pero yo me quedé pensándolo como quien mastica una piedra blanda. Porque, claro, la frase tiene algo de provocación, pero también una punzada de verdad.
El burka cubre el cuerpo por completo: lo oculta, lo borra, lo convierte en signo de obediencia, de pureza, de anonimato. Es el símbolo de una imposición exterior, de una norma impuesta con consecuencias reales. Pero… ¿y si el exceso de tatuaje funcionara, en nuestra cultura, como una imposición contraria pero paralela? No se trata de tapar, sino de mostrar tanto que ya no queda nada por ver. Saturar la piel de símbolos puede ser también una forma de no dejar espacio libre, de blindarse, de no exponerse realmente.
Decimos que los tatuajes son libertad, y a veces lo son. Hay tinta hermosa, íntima, necesaria. Pero también hay una deriva que me preocupa: cuando ya no queda un milímetro sin mensaje, sin historia, sin estilo… ¿realmente estamos eligiendo? ¿O estamos atrapados en otra narrativa de control, esta vez disfrazada de autoexpresión?
He oído muchas veces el argumento: “Cada tatuaje cuenta algo de mí”. Y me pregunto: ¿y si no quiero contar nada? ¿Y si hay algo hermoso en no ser un relato ambulante? ¿Dónde queda el derecho a tener una piel que no se traduzca, que no se lea, que no grite?
Como mujer, este tema me toca más hondo. Porque el cuerpo femenino siempre ha sido territorio disputado: que si tapate, que si mostrate, que si empoderate, que si suavizate. Y ahora, sumamos el imperativo de “representate” a través del cuerpo. Si no haces algo con él, piercing, corte, tatuaje, performance, parece que no estás diciendo nada. Y eso, curiosamente, también se penaliza.
Es una pregunta abierta: ¿cuándo la piel dejó de ser un refugio para convertirse en un manifiesto obligatorio?
Quizá estemos tan necesitados de identidad, tan hambrientos de pertenencia, que recurrimos a la carne como cartelera. Pero me pregunto si, en el fondo, no estamos ocultándonos más que nunca. Porque tatuarse sin parar también puede ser una manera de esconderse: detrás del dibujo, del discurso, del dolor transformado en arte.
Si nos hubieran dicho: “Todos deberán marcarse la piel con un símbolo personal, como prueba de pertenencia y compromiso”, ¿cómo habríamos reaccionado?

No hay comentarios:
Publicar un comentario