martes, 3 de junio de 2025

La piel ya no se lleva sola: tatuajes, el nuevo burka del primer mundo


Cada verano me pasa lo mismo: las calles se llenan de piel, pero no precisamente desnuda. Es piel tatuada, rotulada, marcada como si hubiera que contarlo todo en superficie. Brazos que son murales, piernas que son páginas, cuellos convertidos en listas de reproducción emocional. A veces lo miro y me digo: ¿ya no se puede tener una piel que no diga nada?

Un día, un amigo, de esos que disparan ideas como si fueran chistes de sobremesa, me soltó: “Estos tatuajes que cubren el cuerpo entero… son el nuevo burka del primer mundo”. Lo dijo con media sonrisa, pero yo me quedé pensándolo como quien mastica una piedra blanda. Porque, claro, la frase tiene algo de provocación, pero también una punzada de verdad.

El burka cubre el cuerpo por completo: lo oculta, lo borra, lo convierte en signo de obediencia, de pureza, de anonimato. Es el símbolo de una imposición exterior, de una norma impuesta con consecuencias reales. Pero… ¿y si el exceso de tatuaje funcionara, en nuestra cultura, como una imposición contraria pero paralela? No se trata de tapar, sino de mostrar tanto que ya no queda nada por ver. Saturar la piel de símbolos puede ser también una forma de no dejar espacio libre, de blindarse, de no exponerse realmente.

Decimos que los tatuajes son libertad, y a veces lo son. Hay tinta hermosa, íntima, necesaria. Pero también hay una deriva que me preocupa: cuando ya no queda un milímetro sin mensaje, sin historia, sin estilo… ¿realmente estamos eligiendo? ¿O estamos atrapados en otra narrativa de control, esta vez disfrazada de autoexpresión?

He oído muchas veces el argumento: “Cada tatuaje cuenta algo de mí”. Y me pregunto: ¿y si no quiero contar nada? ¿Y si hay algo hermoso en no ser un relato ambulante? ¿Dónde queda el derecho a tener una piel que no se traduzca, que no se lea, que no grite?

Como mujer, este tema me toca más hondo. Porque el cuerpo femenino siempre ha sido territorio disputado: que si tapate, que si mostrate, que si empoderate, que si suavizate. Y ahora, sumamos el imperativo de “representate” a través del cuerpo. Si no haces algo con él, piercing, corte, tatuaje, performance, parece que no estás diciendo nada. Y eso, curiosamente, también se penaliza.

Es una pregunta abierta: ¿cuándo la piel dejó de ser un refugio para convertirse en un manifiesto obligatorio?

Quizá estemos tan necesitados de identidad, tan hambrientos de pertenencia, que recurrimos a la carne como cartelera. Pero me pregunto si, en el fondo, no estamos ocultándonos más que nunca. Porque tatuarse sin parar también puede ser una manera de esconderse: detrás del dibujo, del discurso, del dolor transformado en arte.

Hay algo de triste en todo esto. Y mucho que pensar. Por mi parte, sigo caminando entre cuerpos tatuados que intento no mirar para no forzar el contacto visual, con dudas, y con un leve deseo de ver, alguna vez, una piel que no tenga nada que decir. Solo estar.

¿Qué habría pasado si un gobierno, un Estado, una autoridad cualquiera hubiera impuesto
 el tatuaje como obligación?

Si nos hubieran dicho: “Todos deberán marcarse la piel con un símbolo personal, como prueba de pertenencia y compromiso”, ¿cómo habríamos reaccionado?

Con rechazo, con indignación, con pancartas. Habríamos invocado la libertad individual, el derecho al cuerpo, la autonomía. Y con razón.

Pero en la actualidad, lo hacemos con gusto. Con fila en la puerta del tatuador. Con discurso de empoderamiento.

Lo que no toleraríamos como imposición, lo abrazamos como elección.

¿Es libertad, o es simplemente la presión disfrazada de deseo?. Cuando el mandato no viene de arriba sino de adentro, o peor, del grupo, parece que ya no lo vemos. Pero ahí está: en la moda, en el lenguaje, en los cuerpos.

Tal vez por eso el exceso de tatuaje me produce más inquietud que admiración. Porque no deja espacio. Porque convierte la piel en consigna. Porque, quizás sin quererlo, nos graba una consigna que no es solo nuestra.

No hay comentarios: