viernes, 7 de octubre de 2016

Orphan Black, o la pérdida de identidad.


Orphan Black va de mujeres absolutamente idénticas, fabricadas en serie mediante ingeniería genética. Tan iguales que han debido ser interpretadas por la misma actriz que asume (otro récord del que puede alardear la serie) algo más de una decena de roles. Lo que le pone en marcha la acción, es que todas las mujeres clonadas se sienten solidarias, no solamente del mismo origen, sino también del mismo problema: la propia identidad. 

Alguien ha dicho que el siglo XXI “será el siglo de la identidad”. Todos –todos aquellos en los que el encefalograma no es completamente plano– tenemos a preguntarnos quiénes somos. No está claro. Antes mirabas a tu entorno y respondías inmediatamente: “soy fulano de tal, hijo de mi padre y de mi madre que están conmigo desde que nací; desde pequeño, ni padre me inculcó unos valores y una vocación que desarrollaré casi automáticamente; mi cultura es la de mis vecinos, otro tanto ocurre con mi religión: es la que ha sido siempre propia de mi familia, de mi pueblo y de los que son como yo…”. Hoy, todo esto ha saltado por los aires: globalización, nuevas formas de familia, mestizaje, pérdida de tradiciones, ruptura entre las generaciones, movilidad, y, finalmente, como consecuencia de todo ello, desarraigo. Nuestra identidad ya no está tan clara como podía estarlo hace 50 u 80 años. La aventura por la vida es, hoy más que nunca, una búsqueda de nuestra identidad. Y esto es lo que mueve a Sarah Maaning, protagonista de Orphan Black.



En el año 1996 se clonó por primera vez a un ser vivo (la oveja Dolly). El cine se había anticipado tres años, cuando el genio de Spielberg ya utilizó la clonación en Jurassik Park (1993) y, si se nos apura mucho, antes, en Los niños del Brasil (1978), ya apuntaba en esa dirección. Otras películas de esos años trataban sobre clones y clonación, desde luego, pero el tema nunca había aparecido en una serie televisiva.

Así pues, en principio, el problema que plantea esta serie es muy actual: tiene una dimensión científica, pero también afecta a la identidad y al arraigo. Ciertamente, tras el experimento de la oveja Dolly, se implantaron legislaciones que prohibían la investigación en este terreno con células humanas. No albergamos la más mínima duda de que un campo tan prometedor de la ciencia no puede ser cercenado por una ley aprobada por parlamentos, habitualmente constituidos por gentes que lo ignoran casi todo sobre lo que legislan. Que esas investigaciones se realicen fuera de la atención mediática es una cosa; que se hayan detenido en seco y abandonado es otra, altamente improbable. Las leyes están hechas solamente para quien quiere respetarlas. Quien no se siente obligado por ellas (y consorcios industriales con presupuestos superiores a Estados Nacionales de tamaño medio nunca se sienten obligados a abandonar capos de inversión prometedores) y decide burlarlas tiene siempre atajos y vías secundarias para seguir acercándose al objetivo buscado. Así pues, la temática de Orphan Black es completamente actual y nos sitúa en un momento en el que la clonación de humanos ya se ha realizado.

La serie se estrenó en 2013 y va por la cuarta temporada (2016). La quinta, a estrenar en 2017, será la última. En total, pues, estará formada por 50 episodios de 43 minutos de duración. Arranca bien: una chica de incierto origen y de vida completamente desestructurada, ve como se suicida otra exactamente igual a ella y decide asumir su identidad. Luego va encontrando que hay otras chicas que tienen los mismos rasgos físicos, aun cuando hayan desarrollado personalidades, vocaciones y destinos sociales diferentes. La serie se convierte en una búsqueda del origen. 


Los diez episodios de la primera temporada son magistrales y han recibido unánimemente críticas favorables. Pero, el inexorable, desgranar de los capítulos a lo largo de las siguientes temporadas, va rebajando cada vez más el interés del guión, se va perdiendo por completo la memoria de su originalidad y, finalmente, a partir de la segunda temporada ya podemos prever lo que va a ocurrir y, solo unas entregas más adelante, el guión se vuelve tan absolutamente retorcido que la sensación de “actualidad” del tema se va disipando. Los guionistas son conscientes de que están “estirando” el tema demasiado y, sustituyen diálogos inteligentes, planteamiento de problemas de fondo, por una acción cada vez más frenética y unas situaciones que van perdiendo progresivamente credibilidad. Hay momentos, a partir de mediados de la segunda temporada, en las que el espectador siente la necesidad de parar la proyección, salir a fumarse un cigarrillo o prepararse un sopicaldo para relajarse un poco. Y lo peor es que tanta histeria narrativa es que es innecesaria. La coherencia inicial de los primeros episodios se va perdiendo y, al llegar el final de la segunda temporada ya se ha disipado completamente. La serie, a partir de entonces, o es previsible –cada personaje nuevo que aparece y que no es clon, es un “controlador” destinado a vigilar a algún clon– o, sin pretenderlo, es caricaturesca. 


Desde el punto de vista de la interpretación, absolutamente todo el peso cae sobre la actriz canadiense Tatiana Maslany que contaba con poco más de 25 años cuando se filmó el primer episodio. A lo largo de las cuatro temporadas asume diez identidades diferentes. Es como una muñeca Barbie, que tan pronto puede ser la Barbie policía, la Barbie médico, la Barbie novia, la Barbie astronauta, pero siempre es el mismo muñeco cubierto con distintos accesorios. Tatiana Maslany debe de hacer otro tanto y desdoblarse en un sinfín de identidades diferentes: interpreta a Sarah Manning, la verdadera protagonista con la que arranca la serie, pero también a Helena, una asesina ucraniana, o a Rachel “proclonada” (clon consciente de sí mismo y algo majareta), o a la Alison, sufrida madre de familia, o a Cosima la científica, o a tantas otras clones que van apareciendo. Hasta ahora, solamente Peter Sellers había aceptado algo así (ser a la vez el capitán Mandrake, el presidente Merkin Muffey, el ex científico nazi, Dr. Strangelove) en Teléfono Rojo, volamos hacia Moscú (1964), pero el trabajo de la Maslany es similar, solo que multiplicado por cuatro. Sale airosa, desde luego, aunque unos papeles están mejor asumido que otros, como era inevitable. Su rostro, hasta Orphan Black era prácticamente desconocido. Había aparecido como actriz de reparto en películas y series televisivas desde el arranque del milenio, pero con muy poca proyección fuera de Canadá. Su participación en esta serie le ha aportado una quincena de premios en distintos festivales, entre otros a la mejor actriz dramática en la edición de 2015 de los Emmy.

Obviamente, el resto de papeles son irrelevantes frente al espacio interpretativo ocupado por la Maslany. El hermano de la protagonista, un gay orgulloso de serlo y que jamás conoció el armario, y una de las versiones clónicas de la protagonista, lesbiana, contribuyen a ampliar el campo de aplicación de la serie y hacerla atractiva para las minorías sexuales. 

Por lo demás, Orphan Black está bien dirigida y construida y lo único que se le podría achacar es que no se haya reducido a dos temporadas o, incluso, mejor, a una sola de no más de trece episodios. Pertenece al género de la “ciencia ficción”, aunque con más ficción que ciencia y, por tanto, gustará a sus aficionados a esta temática, pero, incluso a estos, hay que advertirles que, la dejen al final de la segunda temporada o, de lo contrario, el entusiasmo inicial irá mutando en decepción progresiva. 



La serie es de factura canadiense, ha sido filmada casi completamente en Toronto, pero los creadores se han preocupado de ocultar el acento canadiense de la mayoría de actores y de evitar que pueda localizarse en el Canadá británico. En España está siendo emitida por Netflix, aunque se puede obtener a través de “peer to peer” (en versión original subtitulada si se desea).
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