jueves, 29 de septiembre de 2016

Salamander, conspiración en Bélgica


Serie en doce capítulos de producción belga (en lengua flamenca), protagonizada por el “inspector Pablo Gerardi” (Filip Peeters) que debió tener antecedentes en alguno de los Tercios de Flandes a la vista de sus características: incorruptible, fanático de su misión, poco propenso al desánimo, incluso en las situaciones más adversas. Ah sí, y sexualmente hiperactivo. A partir de estos datos sobre el protagonista, se puede inferir que la serie es un thriller al que guionistas (Bavo Dhooge y Ward Huselsans) y director (Frank van Mechelen) han dado buen ritmo que permite compararla a las series policíacas más entretenidas confeccionadas en Europa.

Se equivocaría aquel que creyera que Salamander es solamente una serie de policías y ladrones. En realidad, la trama se inserta dentro de lo que podríamos llamar “subgénero conspiranoico”. Una banda de atracadores penetra en la bóveda de un pequeño banco de negocios e inversiones y abre 66 cajas, ni una más ni una menos, todas ellas marcadas previamente y pertenecientes a figuras de la economía, la política, las fuerzas armadas y la nobleza (incluida la Casa Real). Todos ellos forman una peligrosa asociación secreta –la Salamandra que da nombre a la serie- que ignora quien ha cometido el robo y que, sobre todo, no quieren dejar pistas de su existencia. El robo no es denunciado pero su eco llega al escrupuloso “inspector Gerardi” que, a partir de ese momento, toma cartas en el asunto.


Si hemos de comparar la serie con otras producciones, recuerda mucho a Mammon (2014) por su tema y a las series nórdicas por su concepción y desarrollo, pero se trata solamente de parecidos circunstanciales, en absoluto de copia o adaptación. También podría compararse a 24 (2001-2010), si bien Salamander es menos efectista y se preocupa bastante más en diseñar las situaciones y los personajes (es más europea, en definitiva). Las complicidades y tentáculos de la red Salamander son desconocidos, inicialmente, por el “inspector Gerardi” que, a lo largo de los diez episodios se verá perseguido, criminalizado y confrontado con los escalones más altos de la nación.
Para los que conocen la capital belga, esta serie les proporcionará un repaso visual de los lugares más emblemáticos de la ciudad: los encuadres están buscados con precisión milimétrica y son un catálogo de la arquitectura capitalina (y en esto, es posible que se inspiraran en la serie austríaca Comisario Rex (1994-2004) cada uno de cuyos episodios estaba ubicado en algún lugar emblemático de la capital austríaca). Los que no conozcan Bruselas, podrán ver en Salamander la estación de trenes, el Hotel Metropole, el Palacio del Cincuentenario, los exteriores del parlamento, el Egmont Park… es decir, todo lo que vale la pena ver de Bruselas. El acompañamiento musical de la serie es discreto y similar al de las series nórdicas: acompaña a las imágenes, sin superponerse a ellas, ayudando a crear un estado de ánimo en el espectador.
Los papeles protagonistas están asumidos por actores muy conocidos en la escena belga, como Koen de Bouw protagonista de la peli Het Vonnis, pero desconocidos en el resto de Europa. Los productores han tenido mucho cuidado en seleccionar sus perfiles y su físico que reflejaran el equilibrio inestable que tenía la sociedad belga en el momento en que se filmó la serie, cuando el país corría el riesgo de partirse en dos: Flandes y Valonia, la parte germánico-holandesa y la parte francófona. Es normal, pues, que unos actores nos evoquen el cine francés y otros el alemán y tengan los perfiles físicos asociados con cada grupo étnico. 
Frank van Mechelen, director de la serie, se siente atraído por el cine de trasfondo político. . Incluso en su comedia, Groenten uit Balen (2011) nos trasladó a un escenario de huelgas y luchas obreras. Con posterioridad a Salamander, filmó W. – Witse de film (2014) basado en una serie policial producida y emitida por la televisión belga (Witse [2004-2012]) que nos muestra a un policía que se enfrenta a no importa quién con tal de resolver sus casos. De hecho, sus dos películas más conocidas fuera de su país (De indriger [2005] y Hell in Tangier [2006]) tienen que ver con el género negro, pero siempre deslizando alguna crítica social y política.


Es inevitable aludir al título de la novela de Morris West que arrasó en ventas en 1973 y terminó siendo llevada al cine en 1981 (una buena idea original para una película alta en sus aspiraciones pero modesta en su resultado final, basada, sobre todo, en un reparto de campanillas: Franco Nero, Anthony Quinn, Christopher Lee, Claudia Cardinale, Eli Wallach). Peviamente Alan Tanner nos obsequió en 1971 con una película del mismo título. Precisamente, la existencia de esta cinta fue lo que obligó a la producción de 1981 a modificar el nombre original de la novela de West, añadiendo color al batracio: La salamandra roja. Se trata de un huraño animal que siempre ha fascinado a los humanos. En la Edad Media se decía que era incombustible y el mítico Preste Juan, cuentan las crónicas, regaló al Emperador Federico I Barbarroja un abrigo de piel de salamandra para protegerlo contra el fuego. Es significativo de esta reverencia que le depararon los antiguos, el que sus nidos, prácticamente invisibles, reciban el nombre de “castillos de salamandras”. Mitos a parte, esta asociación de la salamandra con el fuego (incluso determinado tipo de estufas de hierro forjado reciben el nombre de salamandras) procede de su color (amarillo) y de su caminar (sinuoso y evocador de las llamas). Todas esta hermenéutica hace proclive al simpático animal para evocar poder inaccesible, misterio y comunidad secreta que, a fin de cuentas, es de lo que va esta serie.
Gustará a los amantes del cine policíaco y de las conspiraciones, de los thrillers de acción y de quienes amen especialmente las series europeas sobre las norteamericanas. En su conjunto, la serie es creíble y realista, nos sitúa ante el interrogante de si realmente quienes gobiernan lo hacen fuera de los circuitos democráticos y de la voluntad popular y constituyen una especie de mafia selecta que mueve los hilos y hace y deshace a su antojo. Tema conspiranoico por excelencia pero que está ahí en el imaginario popular y, quien sabe, sino en la realidad.
En el momento de su estreno en Bélgica alcanzó un 50% de share, lo que en estos tiempos constituye algo más que un éxito: es casi un milagro celestial. Poco después la BBC Four lo emitiría subtitulada tratándose de la primera serie belga que se proyecta en el Reino Unido. Netflix la ha proyectado en algunas plataformas nacionales (en España andaos a la espera). La serie, allí donde se ha proyectado, recibió críticas muy favorables y su nivel de aceptación entre el público fue alto o muy alto hasta el punto de que se están realizando varias adaptaciones en Alemania, Estados Unidos y Canadá. 

La serie no ha sido proyectada en España, si bien se la puede encontrar a través del consabido “peer to peer” subtitulada con más o menos corrección. Y es una pena que haya que recurrir a estos medios minoritarios para una serie que, de proyectarse en prime time, hubiera generado un vivo interés en la audiencia. Se rodó a partir de 2011 y se estrenó a principios de 2013: así pues, el retraso en proyectarse en España es incalificable y seguramente se debe a la bisoñez de la industria belga de las teleseries y a su falta de circuitos adecuados de comercialización.  La serie puede calificarse globalmente con un 7-8 sobre diez. 
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