viernes, 9 de septiembre de 2016

Mammon


Quizás en los países latinos y concretamente en España, tierra de ironías sin fin, retranca a tutiplé y especializado en sacar punta a todo, hubiera sido mejor cambiar el nombre de esta serie por algo que sugiriera más gravedad. Las resonancias que tiene Mammon en la lengua de Cervantes sugieren a alguien “que todavía mama”, esto es, a un aprovechado de pocos escrúpulos y mucho rostro que aspira a los máximos beneficios con el mínimo esfuerzo y a despecho de cualquier consideración moral. Sin embargo, el Mammon al que se refiere esta serie es el dios de la codicia. Lo dice el evangelio de Mateo, “No podéis servir a Dios y a Mammón” y lo acaba de repetir no hace mucho Bergoglio haciéndolo comprensible a la ignorancia del siglo XXI: “No podéis servir a Dios y al dinero”. Aclarado el aspecto chusco del título en su acepción carpetovetónica, digamos algo sobre esta pequeña serie en sí misma.

Llegada de Noruega –de donde llegan en el último lustro series extraordinariamente pulidas en el último lustro; recordemos, sin esforzarnos mucho, Lillyhamer (2011) o Frikjent (2015) – Mammon pertenece a lo que se ha llamado “nordic noir” o “noir escandinavo”, aplicable a thrillers elaborados y ambientados en el Norte de Europa. Estos términos se aplicaron en primer lugar a novelas surgidas en la estela de la trilogía Milenium de Stieg Larsson, seguida hoy por dos docenas de autores de Dinamarca a Narvik y desde los lagos fineses a las soledades glaciares islandesas. Era inevitable que la industria del cine regional transformara tales bestsellers en películas y series televisivas. Mammon es una de ellas. 


En febrero de 2016 se estrenó la segunda temporada (que todavía no ha sido proyectada en canales hispanos, cuando ya se está negociando la tercera temporada). Veremos si los guionistas han sabido ajustar más la trama conjugando emoción y coherencia en las situaciones. La televisión pública noruega ha asumido la inversión y la comercialización de la serie y eso explica cierta austeridad en su desarrollo. Los medios son limitados pero están bien aprovechados.
Se trata de una miniserie de seis entregas que parte de la investigación de un periodista sobre un gran escándalo de corrupción económica. El investigado resulta ser su hermano y él mismo resulta ser quien le aporta los datos secretamente para luego suicidarse. A partir de aquí, el periodista prosigue la investigación que terminará cuando se tope con algo parecido a una secta que impone a sus miembros un alto tributo para ingresar en ella, a cambio de obtener éxitos económicos. En los seis episodios, la corrupción económica, política y moral se entrecruzan con los asesinatos, las conspiraciones y los misterios. Obviamente, todo queda resuelto en el último episodio que deja un sabor amargo, especialmente porque algunos de los protagonistas con los que el espectador ha empatizado, han sido asesinados en el curso de la trama.
La serie podría ser colocada junto a Bron/Broen (2011, El puente), serie sueco–danesa que tuvo una muy aceptable traslación a EEUU– y Forbrydelsen (2007, Crónica de un asesinato) cuya traslación a Hollywood (The Killing, 20011) estuvo muy por debajo del original danés. También los derechos de Mammon han sido adquiridos por una productora norteamericana que estará lista a lo largo de 2017. Ahora bien, si comparamos Mammon con estas otras dos muestras del “nordic noir”, deberemos situarla en un nivel inferior. En efecto, la serie empieza bien y mantiene una tensión y un interés hasta el segundo episodio. A partir de ahí, la trama se ha complicado tanto que una resolución creíble y razonable es poco menos que imposible. En los últimos episodios la trama se vuelve excesivamente conspiranoica, las situaciones forzadas y el desenlace poco verosímil. Claro está que en la historia del cine hay películas con poca coherencia interior –recordamos, por ejemplo, El halcón maltés (1941) en donde hay algún momento en que no se entiende nada de la trama– que, sin embargo, el espectador ha podido perdonar gracias al interés que ha sabido generar el guionista, las interpretaciones geniales de los actores o el buen oficio del director. En Mammon ocurre algo de todo esto, pero con alguna particularidad. 

Esta serie puede satisfacer ampliamente a los seriéfilos enganchados a las producciones nórdicas que lo verán hasta el final y sabrán encontrar los elementos narrativos y estéticos para salvarla, aun reconociendo que es sinuosa y extremadamente complicada y el desenlace poco verosímil. 
Otro de los elementos que hacen que esta serie no sea completamente convincente es que algo falta en el protagonista, el periodista “Peter Verås”, que lo hace radicalmente diferente a los protagonistas de otras series nórdicas. No es que Jon Øigarden no lo interprete bien, es que no está suficientemente perfilado su personae y no resulta lo suficientemente empático que exigiría una trama retorcida casi hasta la asfixia. Øigarden lleva casi veinte años en la escena danesa y su rostro nos empieza a sonar por su aparición en Lillyhammer. Si su rostro no deja traslucir la agresividad suficiente y el aspecto de seductor que se le exige a un periodista de investigación en el ámbito hollywoodyense, es porque los códigos de comunicación nórdicos son distintos a los anglosajones. En el fondo el protagonista de la saga Milenium, Michael Nyqvist, otro “periodista de investigación”, tampoco era un Tom Cruise o un Bruce Willis, sino que su físico respondía más bien al de un honesto padre de familia nórdico que explicaba a sus hijos historias en torno al fuego del hogar. No, el problema –como casi siempre– es que el trabajo de guionización debería haber puesto más cuidado en dibujar al protagonista. Sin esto, cualquier serie –mini o maxi– pierde siempre enteros.

En cuanto a la réplica femenina de Peter Verås, la actriz Lena Kristin Ellingsen, tiene exactamente el mismo problema: algo falta en el diseño de su papel. Y una vez más, no puede imputarse a la actriz –con buena formación teatral surgida de la prestigiosa Academia Nacional Noruega de Teatro–, la responsabilidad de la falta. 

El problema de fondo que plantea la serie –y que no debe perderse de vista– es si las grandes acumulaciones de capital, las fortunas amasadas en pocos años y contra todo pronóstico, responden a factores subjetivos (esfuerzo, capacidad de trabajo, originalidad del proyecto económico) u objetivos (situación general de bonanza económica, nuevos mercados promovidos por tecnologías inéditas), sino a una voluntad conspirativa. En el fondo, sobre Mammon planea la vieja idea de que un grupo de individuos juramentados y coaligados, sumando sus ambiciones, están en mejor condición de satisfacerlas que si cada uno de ellos caminara individualmente. Y para que la alianza sea efectiva, el juramento debe ser monstruoso y sellado con sangre. Así, el espectador entenderá a lo largo de la trama, el por qué en los suicidios que se producen en los primeros episodios, se grita el nombre de “Abraham” (si su cultura bíblica se lo permite, naturalmente).


De todas formas hay que leer el guión entre líneas para advertir algunas claves en las que el equipo que la redactó quiso insistir. Las sociedades nórdicas no son una balsa de aceite. Allí, quizás la corrupción y la inmoralidad, no sean tan evidentes como en los países mediterráneos, pero existe y está anidada en todos los niveles de la sociedad. Si aquello es el paradigma del “estado del bienestar” y de la “sociedad de la abundancia”, algo está fallando. La pesada influencia de Mammon, dios de la codicia, ha generado un clima hostil a lo humano en aquella región alejada de Europa. Hay que ver, pues, en esta serie, como en otras del “nordic noir”, una reflexión del mundo nórdico sobre sí mismo y percibir, al mismo tiempo, una profunda insatisfacción.

Mammon no es una serie que gozará de particular éxito en España. Para hacerlo debería de ser proyectada inmediatamente antes o después de un talk show, en prime–time y en una cadena con amplia audiencia. Por algún motivo que no logramos explicar suficientemente, todavía hay gente que ve televisiones generalistas, es decir, que ve, especialmente, publicidad. En España, las plataformas digitales y los canales de pago todavía no están suficientemente extendidos, sino que lo más habitual es que el público medio, encienda el televisor y se pase un par o tres de horas cambiando canales, buscando en interminablemente canales, eludiendo espacios publicitarios y terminando la jornada con el pulgar acarajotado de aporrear el mando a distancia. Hay que ver televisión de otra manera. Mammon ha pasado desapercibida en España (como casi todas las series nórdicas, a pesar de su calidad). Y hubiera merecido otro destino. Y aquí el problema es el espectador que tiene que habituarse a adaptar un nuevo modelo de ver televisión a sus preferencias y no a las exigencias del ejecutivo de TV, movido, precisamente, por el Mammon bíblico, que ve en espectador alguien al que hay que servirle sólo publicidad (y para que la asuma, como decía Carlotti, hay que ofrecer alguna programación). ¿Quiere un consejo? No pierda un minuto y vea televisión a su gusto, no al gusto de Mammon.


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