jueves, 1 de septiembre de 2016

11.22.63... “versión oficial” frente a “conspiranoia”


 En 2012 Stephen King publicó una novela sobre un viaje en el tiempo en el que astutos productores de Hollywood vieron la enésima posibilidad de convertir un bestseller de este autor en éxito televisivo. Cuatro años después, el 15 de febrero de 2016, la cadena norteamericana Hulu, retransmitía el primer episodio de esta serie producida al alimón por la Warner Bros y la BRP. En sus diez episodios se reproducen con bastante fidelidad los mensajes que quiso transmitir Stephen King. El primero de todos ellos: “El pasado se resiste a ser cambiado”. El segundo: “Lee Harvey Oswald mató a Kennedy”. Así pues –y esto quizás sea lo más importante de la novela y lo que a algunos espectadores poco interesados por la historia les puede pasar desapercibido– Stephen King nos está diciendo que no hubo conspiración para matar a Kennedy y el crimen fue la obra de un “loco solitario”, para colmo, consumado borderline. En cierto sentido, 11.22.63 es la respuesta “oficialista” al JFK (1991) “conspiranoico” de Oliver Stone.

No es la primera película sobre viajes en el tiempo. Incluso en España a los directivos de TVE les ha dado por este género otorgándole rango gubernamental (El Ministerio del Tiempo, 2015 que ya va por la segunda temporada y se habla de la tercera, adaptada por China y Portugal y plagiada en EEUU). Las cinco temporadas de Fringe: el límite (2008-2013) discurren por análogos derroteros y Viajero en el tiempo (2007) es, a la postre, otro calco a pesar de haberse cancelada a los pocos meses de su primera emisión. No tendríamos dificultades en encontrar unas cuantas series más que tomen como excusa argumental las peripecias de quienes se adentran en un tiempo que no es el suyo. 


Vale la pena, ya que estamos en esto, y sobre todo como tributo a nuestra infancia, el recordar la madre de todo este subgénero: The time tunnel (1966-67, El túnel del tiempo) en aquella televisión en blanco y negro, con pobres efectos especiales, decorados de cartón piedra y unos protagonistas que siempre terminaban arrojados como fardos a los peores escenarios históricos empezando por el Titanic horas antes de su cita con el iceberg que se lo llevó por delante o al Álamo justo en el momento del asedio… 
Y es que, en todas las series de este subgénero de ficción, al igual que en los treinta episodios de El túnel del tiempo, los viajeros nunca van a parar a momentos felices y sin historia. Otro tanto ocurre en 11.22.63 cuando un amigo del protagonista le realiza la proposición deshonesta que da lugar a la trama: “Si alguna vez quisiste cambiar el mundo, ésta es tu oportunidad. Salva a Kennedy, salva a su hermano. Salva a Martín Luther King. Evita los choques raciales. Tal vez, pon fin a Vietnam… Podrías salvar las vidas de millones”… y él, en su inmensa ingenuidad, va y pica. En realidad, de poco importa que, históricamente, el asesinato de Luther King no tuviera nada que ver con el de JFK y, si se acepta que no hubo conspiración, deberá de aceptarse también que otro “loco solitario”, incontrolable y sin conexiones con Oswald, fue quien asesinó a Bobby Kennedy. Sin olvidar, por supuesto, que fue el propio Kennedy quien inició la guerra del Vietnam o que la violencia racial se produjo justamente cuando se aplicaron las medidas de integración que él auspició. Pero, obviamente, una serie sobre viajes en el tiempo ni es el mejor método para aprender ciencia, ni mucho menos para conocer la historia. 
Así pues, si alguien creía que 11.22.63 le podría servir para saber algo más sobre el asesinato de Kenedy, se equivocaba. Simplemente dramatiza el Informe Warren, es decir, la tesis oficialista sobre el crimen. Nada más. Quizás el JFK de Stone no fuera la “pieza definitiva” para cerrar el Dossier Kennedy, pero, desde luego, se aproximaba algo más a la verdad histórica al reconocer, simplemente, el hecho de que hubo algún tipo de conspiración. ¿Por qué? Simplemente, porque un “loco solitario”, de pasado y actividades inciertas, armado con un rifle de 14 dólares, tirador mediocre, no puede cometer un atentado tan complejo en solitario. Quizás sea que Stephen King crea que le debe algo a su país y más que a su país, a las autoridades del mismo, que cuarenta años después del misterio Kennedy, tuvieron que afrontar el no menos misterioso 11-S. Porque la conclusión subliminal de la novela de King es “si en el caso JFK no existió conspiración, es que las conspiraciones no existen”


De todas formas, vayamos a los valores narrativos y a la crítica de la serie, a la vista de que discutir sobre conspiración, conspiranoia y verdades oficiales es casi ocioso. 22.11.63 es entretenida, está bien armada y la reconstrucción de los paisajes y del paisanaje de los años 60 es magistral. La interpretación de James Franco aceptable y la de Chris Cooper, bastante mejor. En realidad, Franco va afianzándose a medida que avanza la trama, como si le hubiera costado entrar en el personaje. El resto del reparto está compuesto por secundario permanentes (Kevin J. O’Oconnor del que se acordarán por su papel, entre otros, como bribonzuelo oportunista y sin escrúpulos en La Momia (1999) o aventajados (Josh Duhamel, el enrollado ex marine de la Tormenta del Desierto, novio de la hija del jefe en Las Vegas [2003-2008], aquí propietario de carnicería y, de paso, asesino). Un buen casting, en definitiva, una ambientación todavía mejor, con una fotografía y unos movimientos de cámara convencionales pero convincentes. Buena selección musical de la época y un ritmo desigual que desluce algunos episodios. 
El mensaje que transmite King en su relato y que queda igualmente patente en la miniserie es que el pasado no puede ser cambiado así como así. Se resiste al más mínimo retoque y el primer recién llegado que aparece por la puerta trasera de una cafetería de barrio, cincuenta años después, no es el titán que precisa la situación: bastará un enamoramiento, un socio tontorrón, algún malvado no inventariado en los libros de historia, o una piel de plátano, para que el protagonista se aleje de la misión que le ha retrotraído a medio siglo antes. Y para colmo, un personaje misterioso que cada vez que se encuentra al protagonista en ese tiempo que no es el suyo, lo reconoce y le suelta aquello de “Tu no deberías de estar aquí” que suena a amenaza y a eco fantasmal de ultratumba.
¿Vale la pena verla? No es una gran serie y no será recordada en unos años más que por los becarios que, de tanto en tanto, enumerarán las “10 series sobre viajes en el tiempo” para cualquier digital. Pero es, al menos, una serie entretenida, bien hecha y de las que se podrían calificar como “correcta” desde el punto de vista del espectador de televisión. A una serie se le puede pedir que entretenga (esta lo hace), que enseñe algo (y esta nos exhibe los años 60 en los EEUU) y que nos forme (y 11.22.63 apuntala la versión oficial sobre el asesinato de JFK, siendo su principal déficit). Hay series brillantes, también las hay geniales y otras, simplemente, correctas. Esta pertenece a estas últimas. 

Una última virtud de 11.22.63: tiene diez entregas. No habrá segunda temporada, ni quedan cabos pendientes. Se evita así lo que les ha ocurrido a muchas series en la última década: que siendo aceptable la primera temporada, la siguiente genere decepción y rechazo. Esto me recuerda que en España se estrenará en breve la segunda temporada de Mar de plástico a pesar de que la primera temporada fue acogida por la crítica como uno de los mayores bodrios de producción nacional. Tenía un amigo de Gerona que me decir: “Si pones una mierda seca y bien aplanada en un escaparate, seguro que viene alguien y la compra”. Afortunadamente, 11.22.63, es bastante mejor y vale la pena no arriesgarse a lo que podría ser una segunda temporada.
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