sábado, 27 de agosto de 2016

Ray Donovan, solucionador y padre... con bate de Baseball


 Me creo que en Hollywood exista un personaje como “Ray Donovan”. Es lo primero que hay que retener de esta serie de la que ya se está rodando una cuarta temporada: que todo en ella es verosímil. A la vista de la calidad humana, moral y de la inteligencia de algunos “famosos”, ha aparecido en EEUU y especialmente en California, la figura del “solucionador”, personaje contratado especializado en desfacer todos los entuertos en los que son capaces de zambullirse, por estupidez o ingenuidad, los famosos: rockeros, DJs, figuras de la NBA, actores de moda, empresarios, propietarios de estudios, etc. Es algo parecido al papel del “señor Lobo” de Pulp Fiction: el tipo que resuelve situaciones comprometidas y casi irresolubles.


Tal es el oficio de Ray Donovan que da nombre a la que, sin duda, es una de las mejores series que haya producido jamás Showtime y que Netflix nos ha obsequiado en este caluroso mes de agosto. Es difícil construir un anti-héroe como el protagonista, hacer creíbles, no solamente las situaciones más desquiciadas, sino también las andanzas del resto de los personajes centrales. La serie es como un bancal de cebollas en donde cada bulbo tiene una y otra capa, diestramente superpuestas ninguna de las cuales hace que el relato pierda interés. Ningún personaje, ni principal, ni secundario, es maltratado por el guionista: todos, absolutamente todos, están pintados con unos rasgos que los hacen verosímiles y dotados de unos diálogos ingeniosos, lacónicos y que no admiten tiempos muertos.


Uno de los leit-motiv de la serie son los abusos de menores cometidos por sacerdotes católicos y que parece un tema de moda en la cinematografía norteamericana (véase la galardonada Spotlight) y entre los humoristas de aquel país (John Mulaney o Anthony Jeselnik, cuyos shows son también ofrecidos por Netflix), pero el enfoque que le da esta serie tiene que ver, sobre todo, con los efectos psicológicos de estos abusos sobre las personas que los sufrieron, que ocupan un lugar central en la trama. 
Salvo el capítulo inicial en el que parecía que los guionistas tardaron en encontrar el ritmo que finalmente explotarían y daba la sensación de que todos los que participaban en la serie se sentían inseguros, a partir del segundo capítulo encuentra su tono y se convierte en una de las mejores series producidas en esta década. Así pues, hay que pedir algo de benevolencia para este primer episodio. 

Si esta serie gusta –y gusta mucho– es porque “pasan cosas”. Los personajes están en continuo movimiento, no hay descanso ni relajación para el espectador; vanamente buscaríamos diálogos inútiles o ramplones, tomas innecesarias o escenas prescindibles o que no aporten nada a la trama. Ritmo trepidante, sensación de que en caso de levantarse para ir al WC el espectador se va a perder unos segundos esenciales, son los elementos que han otorgado a esta serie un lugar en el Olimpo de las seriéfilos.

La serie está concebida en función de los distintos círculos en los que se mueve el protagonista: la célula familiar básica, esposa y dos hijos adolescentes con más problemas que una tostadora fabricada en China. En este primer círculo se generan problemas de convivencia (Donovan es de natural infiel). Luego, la familia originaria del protagonista: una ruina de padre macarrilla recién salido de prisión, especializado en generar de la nada problemas en cadena. Donovan lo quiere fuera del ámbito familiar, pero él, una y otra vez, se obstina en regresar y no tardar en generar el enésimo problema. Ray Donovan aprecia a sus tres hermanos, uno de ellos, negro (al padre le encantan “los culos negros”) y los otros dos “averiados” (uno con parkinson temprano y el otro anoréxico sexual), cuya vida se polariza en torno a un gimnasio de boxeo. En cuanto al tercer círculo está compuesto por el entorno laboral de Ray Donovan perfectamente definido: sus empleados directos, un ex agente del Mosad y una lesbiana que lo mismo soluciona un roto que un descosido, y el bufet de abogados judíos para el que trabaja; finalmente, el último círculo está compuesto por los famosos convertidos en máquinas de generar problemas que Ray Donovan debe solucionar. No le va mal: a fin de cuentas, un famoso que debería de pagar la mitad de su fortuna por una demanda de paternidad, está dispuesto a soltar gustosamente uno o dos millones de dólares para que alguien le resuelva el conflicto. Y Ray Donovan se apresta a ello eludiendo cualquier norma moral. Combinando todos estos elementos, las situaciones que se desencadenan son siempre nuevas e inesperadas. Así pues podemos calificar al planteamiento de la serie, a la construcción de los personajes en la mesa de diseño y al andamiaje de la trama, como sencillamente geniales.


Pero hay algo todavía mejor: el casting. La primera vez que Lev Schreiber –que encarna el papel de Ray Donovan- apareció en la trilogía de Scream, pensamos que corría el riesgo de ser uno de tantos actores con buen físico y mejor preparación que se perdía en papeles de poco lustre. Luego, volvimos a verlo en la miniserie Hitler: The Rise of Evil (2003, Hitler, el reinado del mal) encarnando a Ernst Hanfstaengl, amigo y colaborador de Hitler, personaje realmente existente. Pero, Schreiber se parecía a él tanto como un huevo a una castaña. Buena actuación, pero sobre un guión poco exigente desde el punto de vista histórico. Fue con el remake de The Manchurian candidate (2004, El candidato del miedo) en donde demostró no desmerecer a los demás parteners de la cinta: nada menos que Meryl Streep, Denzel Washington y John Voight. A partir de ahí, su carrera se disparó. A pesar de que no siempre ha seleccionado los papeles a representar, sus cualidades interpretativas se reflejan perfectamente en esta serie, cuyo peso recae sobre sus espaldas. Le hubiera sido fácil ejercer el papel real de marido de Naomi Watts, pero su formación dramática en la Universidad de Yale, le ha reportado premios en el campo del teatro y una carrera propia que rivaliza con la de su esposa. 

Inevitable mencionar el papel capital de John Voight en esta serie, un acto que, a sus 78 años, borda el papel de atrabiliario padre. Se nota que Voight ha estudiado concienzudamente al personaje: cada movimiento, cada gesto del cuerpo y cada expresión del rostro, sus andares, la soltura con la que desgrana sus frases, nos dicen de él que ha estudiado los tics de los expresidiarios y los modales de los macarrillas que se mueven en el entorno del famoseo, fronterizos con la delincuencia, la prostitución y el menudeo de droga. “Mickey”, el papel encarnado por Voight, es el peor enemigo para sus hijos. No es que sea una mala persona (que también…), es que se mete sin cesar en líos y más líos y, lo que es peor, hace copartícipes a sus hijos de todos estos entuertos. 

Memorable actuación de una carrera que, a pesar de la edad, empezó bien (con el ya remoto Midnight Cowboy, 1969) y está terminando todavía mejor.
Otro papel que merece mencionarse es el del londinense Eddie Marsan, un rostro particular que hemos visto ya como actor de reparto en otras muchas series y largometrajes. Recientemente apareció en la miniserie River (2015), pero llenó también la pantalla grande encarnando al “Inspector Lestrade” en las dos entregas de Sherlock Holmes (2009 y 2011). Rostro de facciones especiales, especializado en reflejar problemas psicológicos y torturas internas, encarna en Ray Donovan a uno de los hermanos del protagonista, antiguo boxeador que dirige un gimnasio de mala muerte, uno de los escenarios recurrentes de la serie. 

Otros papeles secundarios a mencionar: Elliott Gould, aquí “Ezra Goldman”, uno de los abogados del bufete para el que trabaja Donovan: judío alucinado, depresivo y sin escrúpulos, como su socio, “Lee Drexler”, interpretado por Peter Jacobson, otro actos que se ha io abriendo camino en distintas series desde sus primeras apariciones en NYPD Blue (1993) y Lew & Order (1994) para convertirse en rostro popular a partir de su interpretación en House (2006). O Hank Azaria, como director del FBI de Los Angeles que apareció por primera vez en Pretty Woman (1990), es voz habitual en Los Simpson desde 1989 hasta ahora (prestando voz a varios personajes) y que se nos convirtió en rostro habitual a partir de su papel en Friends (1994) como novio imposible de “Phoebe”, enviado a la inhóspita Minks. Y no nos olvidemos de la fugaz aparición de Paul Michael Glaser, en otro tiempo “detective Starsky” que aparece ahora como productor desaprensivo de Hollywood casado con el “culo negro” que en otro tiempo fue compañera de correrías de Mickey Donovan…

Si al casting es más que acertado, la música es, como mínimo tan brillante como la guionización (el concepto ha sido creado por Ann Biderman a quien conocíamos por las cinco temporadas de la serie Southland, 2009). En cuanto a la dirección, ha sido asumida por varios nombres todos ellos especializados en series televisivas de alto voltaje: Tucker Gates, por ejemplo, ha estado al frente de varios episodios de House of Cards (2013), Bates Motel (2013), Homeland (2011), entre otras, Daniel Attias, por su parte, ha dirigido episodios de Resurrection (2014), Homeland, Colgados en Filadelfia (2005), Perdidos (2004) o House (2004). Y así sucesivamente: cuando la dirección de una serie se confía en directores que ante han participado en los productos televisivos más notables de la última década, el éxito está asegurado.

¿Qué es lo que nos atrae de Ray Donovan?  El antihéroe que apenas sonríe, abrumado por problemas que a la mayoría de nosotros nos conducirían directamente al frenopático o a la UVI de cardiología, nos está diciendo que no hay que respetar normas, códigos ni leyes para conseguir lo que uno se propone. Allí donde la ley está de parte de los bribones, Ray Donovan aparece como más malo que la quina, chungo entre los chungos, armado con un simple bate de baseball y la inquebrantable decisión de solucionar un problema. No nos engañemos: Ray Donovan es un tipo duro que no duda en apretar el gatillo en la cara de alguien que suponga un riesgo para él o para los suyos. Pero no es un psicópata. Es simplemente, un tipo criado en Southie bostoniano, que ejerce de hermano mayor ante la ausencia y el desinterés de su padre y luego pasa a ser buscavidas de lo más granado del famoseo. Es eficiente en su trabajo y su trabajo es sucio. Se puede confiar en él a condición de pagarle sus honorarios y no tratar de engañarlo. En ese caso, el bate de baseball o la pistola automática Sig Sauer P229 de 9 mm hablan por él... y su dicción en este terreno es perfecta e implacable.

La serie, al ser retransmitida en España por una plataforma que todavía de nueva creación (la presencia de Netflix es todavía muy reciente, desde agosto de 2015, como para que haya alcanzado el techo de audiencia), ha pasado bastante desapercibida. Háganme caso: véanla, les entretendrá y les interesará desde el segundo capítulo (no lo olviden, desde el segundo). 

No se lo tomen en serio, ni tengan la mala idea de querer ser de mayores como él: Ray Donovan es televisión, es un thriller, es acción. Tómeselo como es: como un síntoma de cómo están las cosas en EEUU. Porque, no lo olvide, en aquel país existen personajes (e incluso familias) como la de Ray Donovan y su corte de los milagros.
Publicar un comentario en la entrada