martes, 24 de mayo de 2016

Sant Pol de Mar... de un pueblo pijo a un pueblo al que llegan los ladrones



Sant Pol de Mar... robos, robos, robos

Copio el texto escrito por mi esposo contando el incidente del que ha sido protagonista hace unos instantes. 

El otro día, paseando por mi pueblo (3.000 habitantes) me veo el espectáculo de la pareja que regenta el Todo a Cien, chinos por supuesto, histéricos porque les habían intentado robar. 

La tienda de al lado, un Clarel (franquicia del grupo DIA), con la cajera desconsolada: la habían robado. 

Y, para colmo, justo a 30 metros, delante de la estación, a la policía municipal con dos mujeres de aspecto romaní, esposadas. Blanco y en botella: primero intentaron robar a los chinos, luego robaron en el Clarel y finalmente, tan tranquilas se fueron a tomar el tren, justo enfrente para seguir robando en cualquier otro pueblo. Total, es su rutina. 

Años y años, detención tras detención y nunca, nunca, absolutamente les pasa nada.

Hoy me ha tocado a mí. Estaba haciendo flexiones y abdominales en el parque público y he dejado la mochila justo al lado. Cuando he terminado con las flexiones me doy cuenta de que mi mochila (cartera, móvil, tablet) ha desaparecido. Eran las 13:45 así que era normal que no hubiera mucha gente. Veo a unos 20 metros a un tipo con lo que parecía una mochila y me digo: “¡A por él”. El tipo empieza a correr. Por su aspecto era evidente que solo podía ser romaní o magrebí. Al ver que me abalanzo hacia él y, sobre todo, al oír mis gritos donde le digo de todo menos bonito, el tipo aprieta a correr, tira la mochila y se lleva el tablet que había dentro. Así que sigo tras él. A unos 50 metros, el tipo, a la vista del riesgo, opta por tirar el tablet al suelo. Y a seguir corriendo. 

He ganado yo. Pero no me gustan este tipo de victorias: en principio porque la seguridad es el primer derecho humano (sin el cual, ningún otro puede ejercerse). Y descuideros como éstos pulverizan la seguridad y crean un clima de intranquilidad y alerta entre la población de este pequeño pueblo de Sant Pol de Mar.

Al individuo cruza un puente de madera y va a encontrarse con dos mujeres de su misma etnia… de ahí que pueda afirmar que eran romanís (los romanís roban ellos y entregan la “merca” robada a sus mujeres o a sus hijos para que los detengan sin el “consumao”, mientras que los magrebíes se lo montan ellos solos). ¿Testigo? Un jardinero que se percata de todo.

Así que me voy a poner a ver a la policía municipal para denunciar el hecho. Los chorizos iban en dirección a la estación, para proseguir su “jornada laboral” en el siguiente pueblo de su ruta. De hecho, por la dirección y dada la pequeñez del pueblo, han pasado por delante de las dependencias de la guardia urbana. Notifico el hecho, doy la descripción de los chorizos… pero la comisaría de los Mossos d’Esquadra está a 10 kilómetros y es allí donde debo presentar la denuncia que, total, no va a servir para nada. Pura pérdida de tiempo. Por lo demás no me han robado nada y los hurtos en grado de frustración no merecen ni siquiera el abrir la pantalla del Windows… De hecho, lo único que pretendía yendo a la policía municipal era que tuvieran constancia de que los romanís están operando en esta zona y que, o se les pone coto haciéndoles la vida imposible, o vendrán más y más a ejercer el mismo oficio.


¿Y la seguridad de la ciudadanía? Siempre por detrás de los derechos humanos de los chorizos. Off curse…
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