domingo, 28 de octubre de 2012

Un piropo de un hombre...


Caminar por las calles donde la acera mide menos que el ancho de mi espalda es hacer malabarismos en un acantilado. Una invitación a ir por el medio de la calle como un caracol después de la lluvia.

Tenía todo el trabajo entregado en una caja de cerillas, la estafeta de correos del pueblo. Llevaba una rosa de cristal como una condecoración en mi vestido negro, medias de primavera, botas y una trenza. Ah! mi bolso transparente en el brazo izquierdo y la actitud de una triunfadora.

La calle estaba vacía, el día plomizo y deslizándose... el ruido de un coche en mi nuca. Invitaba a que subiera a la acera como quien sube el suspiro de una condena. No era el momento del reto de, luchar por el territorio. Un coche puede con mis huesitos y el pacto es ceder con naturalidad ante el... "quítate tú que paso yo".

El coche se paro unos segundos antes de que yo llegara. Bajó la ventanilla... "!cómo puede ser que haya algo tan bonito caminando!".

Desperté a la sonrisa, con los ojos, con los labios. No daba crédito, !un piropo! en los escasos 20 metros de la calle Santa Victoria.

El coche avanzó y yo seguía caminado. Vi el destello rojo de los frenos y volvió a parar para esperarme. Un hombre, !hombre! y joven. Le dije sentenciando una despedida... "Hoy me has hecho una Reina". La sonrisa de ambos no la podíamos descolgar del infinito. 

Nuestros caminos, dada la flecha azul que indicaba un único sentido, si o si, se separaron. Creo que el 90% de agua de mi cuerpo estaba vibrando como las aguas de un lago al tirar la moneda de los deseos. De nuevo el silencio confortable de un pueblo, aunque, imagino que alguien oyó... la melodía de mi corazón. 
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