domingo, 3 de enero de 2010

Avatar... Avatar navideño

No es desde luego una gran película –si por gran película se entiende una síntesis de argumento excelente, realización correcta e interpretación brillante– ni siquiera es una película que merecería pasar a la historia del cine salvo por ser la primera rodada en el nuevo sistema Real D, ni, por supuesto, es la primera que puede ser calificada como de “ciencia ficción ecológica”, tampoco es la película más larga, si bien sus 162 minutos resultan en algún momento extenuantes, aunque sí es la mas cara; otras películas han contado con los mismos o más efectos especiales (incluso algunas como Beowulf son un producto completo de la realidad virtual)… pero aún así Avatar es una película que conviene ver y, sobre todo, reflexionar sobre ella.
Todos estamos familiarizados con el término “avatar”: una representación gráfica, generalmente de un rostro que identifica a su usuario. Apareció a finales de los 80 en distintos videojuegos (Habitat y Shadowrun) y alcanzó fama mundial en la novela de Neal Stephenson, Snow Crash: a más estatus social, más calidad en la imagen… dicho de otra manera, a menos nivel social, el avatar era más burdo e irreal. Si entramos en Second Life todos podemos construir nuestro propio avatar. Pues bien, Avatar ha dado nombre a la película más vista durante las pasadas fiestas de Navidad.Un argumento casi planoEn tanto que “representación gráfica de un usuario”, el avatar es sin duda el nombre que conviene a la película estrenada el pasado 17 de diciembre dirigida por James Cameron.
En un remoto satélite, Pandora (una luna del planeta Polythemis), en un tiempo ubicado en 2154 cuando la Tierra ya ha sido completamente devastada, una megacorporación capitalista, extrae un mineral extraño, el unobtainium, enfrentándose a los humanoides que pueblan el lugar: los Na’vi. Hasta ese satélite es enviado un grupo de marines para reforzar la seguridad, uno de los cuales, Jake Sully, es inválido. Su misión es sustituir a su hermano en la conducción de un clon –el “avatar”– hecho a imagen y semejanza de los Na’vi, a fin de poder entrar en contacto con ellos de manera más directa y conocer su cultura y sus costumbres. Un complicado proceso transfiere la conciencia del “piloto” al “avatar”, activándolo. Sully, a través del avatar, se siente liberado de su minusvalía y ya desde la primera experiencia entra en contacto con Neytiri, la hija del jefe de uno de los clanes Na’vi, que reconoce en él al “guerrero sin miedo”, de “corazón fuerte”, al que instruye en las artes y conocimientos de su tribu.
A partir de aquí el argumento se hace completamente previsible: los intereses de la corporación industrial entran en conflicto con los de los Na’vi y Jack Sully debe elegir entre servir a su raza o a la de quienes lo han admitido como uno de los suyos. Optará, por supuesto, por la segunda opción. Los “buenos”, como es habitual, triunfan y los “malos” abandonan el planeta. Sully, transfiere definitivamente su personalidad al avatar, integrándose por completo entre los Na’vi. Fueron felices y comieron los frutos de Pandora…Un nuevo tipo de hacer cine.
Si esto fuera toda la película cabría decir que, estrenada el 18 de diciembre, difícilmente habría llegado a Año Nuevo. No hay en el argumento nada original, ni siquiera, fascinante. Cambiar el unobtainium por el turminio, Pandora por Marte y los Na’vi por la raza mutante y tendríamos Desafío Total sin Schwarzeneger, pero con Sigurney Weaver, habituada desde Alien a surcar las galaxias en las más desmadradas naves espaciales para terminar ante los monstruos más conspicuos.
Tampoco habría grandes novedades si sustituimos la retórica new age (culto a la madre tierra, guerreros defensores de la tierra, nexo entre el uno y el todo, etc.) de Avatar por lo que ya hemos visto en Bailando con Lobos o Pocahontas. En el fondo, la película está encarrilada por la senda de los movimientos místicos de la new age de manera casi escandalosa. Es fácil reconocer al “guerrero” surgido de las novelas de Carlos Castaneda, al “espíritu de Gea” de James Lovelock o la filosofía de baratillo que oscila entre el Curso de Milagros de Marianne Williamson. Las nuevas revelaciones de James Redfield o algunos trabajo de Deepak Chopra de quien hemos seleccionado una frase que resume todo el tema de la película: “Nuestros cuerpos están contenidos dentro de nuestra conciencia, y no nuestra conciencia está contenida dentro de nuestro cuerpo”…
El fondo ideológico de la película no es más que un amasijo de tópicos de la new age, y ni siquiera es la primera que apunta en esa dirección. No, el interés de la película deriva en cómo se ha hecho: es una síntesis de efectos especiales masivos realizada en Real 3D que pulveriza literalmente a los antiguos sistemas de proyección tridimensional que se mantenían apenas sin variaciones notables desde los años 50.
El éxito de Avatar en este sentido recuerda al del Cinerama de los años 50 y 60, cuando no importaba qué cosa se proyectara por tres cámaras de 35 mm sincrónicas daban una indudable espectacularidad a la película… Ayer en Cinerama como hoy en Real 3D el sistema filmación y el efecto visual obtenido es más importante que lo filmado. Tendrá que pasar aún tiempo antes de que el Real 3D logre hacer “buen cine”. Por el momento el título que mejor le corresponde a Avatar es sin duda el de “película más cara de la historia”: 237.000.000 de dólares en costes de producción. Cine versus Videojuegos. De hecho, Avatar está concebida como un videojuego.
En los últimos 20 años, poco a poco, la industria del videojuego ha terminado moviendo más dinero que la del cine, todos los espectadores que ha perdido el cine, los ha ganado el videojuego; así pues, era inevitable que, antes o después, ambas industrias terminaran confluyendo. Avatar se encuentra en el punto de unión.
En Avatar no se ha experimentado nada que no se hubiera experimentado antes en determinados videojuegos que llevan entre cinco y siete años en fase de comercialización: texturas, capas de nubes y nieblas, etc. La misma concepción de la película, con un ejército de marines espaciales disparando a diestro y siniestro lo debe todo al videojuego, especialmente a los de alta gama que precisan el concurso de 300 ingenieros informáticos, miles de terabytes de potencia y de presupuestos superiores a las películas más caras de la historia. Piénsese en dos juego tan diferentes como Splinter Cell o Sturmovich IL–2, únase esto a la concepción de los viejos “juegos de plataformas” (los famosos Arcade de los años 80 y 90) y se tendrá la concepción gráfica de la película Avatar, cuyos “creadores” no han hecho nada más que sintetizar técnicas de realidad virtual ya existentes, nunca aplicadas al cine, pero si reiteradamente a la industria del videojuego. La influencia de los Arcade es evidente, por ejemplo, en las “montañas volantes” que aparecen en las películas y en los saltos que los humanoides Na’vi dan de unas “plataformas” a otras como si se tratara del viejo conocido Super Maro Bross. En cuanto a la influencia del video juego de simulación aérea Sturmovich IL–2 (uno entre muchos) es particularmente visible en las escenas de combates y bombardeos desde helicópteros, explosiones y desplazamientos de aeronaves a través de brumas. Y, finalmente, las técnicas desarrolladas en Splinter Cell y similares evocan directamente las persecuciones en las selvas, los ataques inesperados y ultraviolentos y los monstruos mecánicos blindados manejados por marines.
Con Avatar, estamos asistiendo al nacimiento de la gran alianza entre los dos colosos del entertainment actual: la industria del cine y la de los videojuegos.¿Un fondo oculto en Avatar?Los Na’vi tienen encomendado salvar al planeta Pandora (todo él concebido como la Madre Tierra) tal como los judíos tenían encomendado recordar la presencia de Jehová en el nuestro. Hay, efectivamente, alguna similitud entre los Na’vi y el pueblo de Israel, que no es tan rara a tenor del reconocido peso de los judíos en Hollywood. Seguramente no es por casualidad que los Na’vi tengan un perfil bovino que recuerda el del carnero con el que se identifica el pueblo judío. Seguramente tampoco es por azar que el color de los Na’vi sea el azul propio de la bandera de Israel y del sionismo. Y, finalmente, tampoco puede tratarse de una casualidad el que en lengua judía el “nabi” (pronunciado exactamente como Na’vi) encarnara a la imagen del profetismo. En el judaísmo, hay dos tipos de profetas: el rôeh (muy similar al equivalente en el mundo greco–latino) y el nabi (exaltado, gesticulante, alucinado e iracundo). En el libro Primero de Samuel (IX, 9), se alude a ambos: "Aquel que hoy se llama nabi, en una época se llamaba rôeh".A decir verdad, el carácter de “pueblo elegido” asumido por el judaísmo a lo largo de su historia encaja perfectamente con el de los Na’vi de esta película: su misión es redimir a la especie humana que haya asumido sus valores (la película termina con el reembarque de los humanos que han luchado contra los Na’vi y la transferencia de conciencia –a modo de recompensa– definitivamente de quienes han colaborado con ellos desde su estructura humana hasta su avatar correspondiente.
La influencia de la new age es evidente como para que insistamos. De ahí surge la mixtura híbrida de temas neopaganos, casi caricaturescos (la conexión con los antepasados se realiza bajo las ramas del “Árbol Sagrado” de manera física cuando unos filamentos de la cola de los Na’vi se aferran a sus flores… o cuando tras matar accidentalmente a un animal, los Na’vi rezan por él una plegaria a modo de expiación). El metal que está en el fondo de toda la trama, el unobtainium, tiene la forma de mineral de plomo, el más denso y pesado de todos los minerales, símbolo de lo que es opaco, denso, grosero, esto es, de lo más alejado de la espiritualidad de los Na’vi. Y es lo único que interesa a la corporación capitalista que explota las minas de Pandora.En cuanto a la ecología la película puede ser, calificada como “ciencia ficción ecológica”. No es tampoco ninguna novedad. Desde hace 30 años, cuando se publicó la trilogía de Dune, este tipo de argumentos son suficientemente conocidos. Quizás en esta ocasión, la cumbre de Copenhague sobre el cambio climático (con su consiguiente fracaso) ha contribuido a actualizar más un argumento que es tratado en la película forma somera, más que a pinceladas a brochazos Hay también cierto sincretismo cultural que no deja de disgustar: la vidente, esposa del jefe de la tribu Na’vi evoca extraordinariamente el estilo de las mujeres musulmanas de África subsahariana, Neytiri que instruye a Jake Sully en la cultura Na’vi, refuerza esa sintonía cuando realiza esos gritos agudos guturales propios de las mujeres árabes. Los guerreros Na’vi, por su parte, parecen extraídos de los relatos de pieles rojas avasallados por los blancos y sitiados en sus reservas. Ninguno de todos estos personajes resulta odioso, solamente los terrícolas, todos ellos de aspecto anglosajón, asumen roles negativos hasta el punto de que cabría repetir a los guionistas y diseñadores de la película lo mismo que el “coronel Quaritch”, el malvado entre los malvados: “¿Qué se siente al traicionar a tu raza?”… Dicho sea, naturalmente, sin ánimo de ofender.
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