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miércoles, 21 de diciembre de 2016

Lucifer, casi un diablillo con complejo de Edipo


Llevamos en 2016 acumulación de series sobre satanismo, así que dudamos bastante antes de ver otra más. El nombre determina el contenido y una serie que se titule simplemente “Lucifer”, es como el título de Titanic: sabemos de qué va a ir e intuimos cómo puede terminar. Y sin embargo, cuando vimos los primeros episodios de Lucifer nos dimos cuenta de que era un producto con personalidad propia, bien diseñado, correctamente diseñado, interpretado de manera aceptable y, sobre todo, entretenido. En esta serie el “satanismo” es lo de menos. De hecho, hace falta un esfuerzo para recordar que el protagonista es el príncipe de las tinieblas.

LA MALDAD NUESTRA DE CADA DÍA

Hagamos memoria y situemos la figura de Lucifer: es el “ángel caído” cuyo nombre mismo indica su origen, Lucifer = portador de luz. Siendo el primero entre los ángeles era también un rebelde, es de lo que “quieren ser como Dios”: por eso es arrojado al abismo. A partir de ahí se convierte en el “gran tentador”, el rival de Dios. Su primer éxito se escenifica ofreciendo a Eva una manzana. De todas formas, es preciso distinguir sutilmente entre “Lucifer” y “Satanás”. El segundo es asimilado al Diablo, terrible y cruel, es el que gestiona directamente las calderas del infierno. El rojo es su color y el fuego su eterno acompañante. Lucifer es otra cosa: su papel se limita a tentar mucho más que a castigar. Es casi una potencia de la mente, el estímulo psicológico que nos lleva hacia el “mal” o hacia la vía más simple, egoísta y desaprensiva.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Ascension, reality show espacial



Desde que en el inicio del milenio se estrenó la primera edición de Gran Hermano, los realitys shows se han convertido en el pan nuestro de cada día televisivo. Parece imposible huir de ellos y, antes o después, estamos casi obligados a engancharnos a alguno o, de lo contrario, puede ser que incluso nos encontremos desplazados de conversaciones y considerados por algunos de nuestros amigos y familiares como “raros”. Porque el reality show no consiste sólo en exponer el minuto a minuto de un pequeño grupo social cuya vida transcurre en el interior de una caja de cristal, sino en fijar la atención del espectador, hacer que empatice con los enclaustrados y, finalmente, convertir el teatrito en el centro de atención de un amplio grupo social que lo convertirá en el eje de su ocio e incluso de su vida: comentará entre su familia, en su trabajo, entre sus compañeros de estudio, con amigos y vecinos, las peripecias y evoluciones de los protagonistas y al cabo de pocos días, estos pasaran a formar parte de la vida del espectador. De paso, se aprovechará ese interés constante para encajarle sobredosis de publicidad. Eso y no otra cosa es un reality show. Verán porqué les contamos todo esto.