Hay series que se han convertido en míticas con el paso del tiempo y otras que lo han sido prácticamente desde su nacimiento, a medida que se iban emitiendo capítulos. Seinfeld pertenece a estas últimas. A partir del término de su tercera temporada ya había entrado en ese Olimpo de la gloria reservado a unas pocas producciones televisivas. Visualizada a casi treinta años de la emisión del primer episodio, conserva toda su frescura, los gags siguen suscitando sonrisas (o carcajadas) y los personajes muestran perfiles caricaturescos que se corresponden con modelos humanos actuales. Y es que lo absurdo nunca pierde actualidad. Pero hay algo mejor que todo eso. El leit-motiv de la serie es… nada.
Así como Frasier (1993-2004) sigue las aventuras y desventuras de un psiquiatra en su programa de radio y las peripecias de su núcleo familiar, de la misma forma que Big Bang Theory (2007-hoy) tiene como eje las excentricidades de “Sheldon Cooper” y de sus amigos, en Friends (1994-2004) las interrelaciones entre cuatro amigos, lo sorprendente de Seinfield es… que no es una serie sobre Seinfield, ni sobre nada en especial. En uno de los episodios cuando “Georges Constanza”, uno de los protagonistas, asumiendo el espíritu de esta producción, presenta a una productora un proyecto de serie, lo primero que le preguntan es sobro qué va el proyecto: “Sobre nada”, responde. “¿Nada?”. “Sí, nada”. Pues bien, Seinfeld va sobre nada. Lo que cuenta no es la vida de Seinfeld, el cómico que da nombre a la serie, tampoco biografía a sus tres compañeros, “Georges Constanza”, “Elaine Benes” y “Kramer”, es, más bien, una sucesión de anécdotas , siempre absurdas, situaciones grotescas en las que se ven implicados por protagonistas.

